Por Gabriela Méndez

Tenía los ojos más verdes que había visto hasta entonces. Eso y una piel perlada de tono similar al de un biscuit de porcelana de Sèvres, un perfil indiscutiblemente greco romano y una estatura considerable. Así, resultaba a todas luces incongruente haberla visto donde la vi y escucharla hablar de su vida. Su nombre de guerra era Vanessa y nunca conocí otro nombre por el cual llamarla. Su cabello rubio ensortijado y una voz aguda y algo chillona complementaban una personalidad dicharachera y encantadora. Según me dijo, tenía siete hermanos y dos hermanas más y sus padres eran campesinos de avanzada edad.

La conocí en las cabeceras del río Siquila, sur del Tolima, en el campamento de la emisora, a cargo del comandante que llamaban Moisés. Había hecho algunos intentos en la locución, pero donde mejor se desempeñaba, definitivamente era tras los micrófonos, en la consola. Además, daba buenas ideas sobre fondos musicales para las noticias y cuando empecé a diseñar impresos, me ayudaba a encontrar las imágenes adecuadas para edición. Me gustaba trabajar a su lado, era algo así como tener a una Venus d’Arles hablándome, siempre con las ocurrencias más disparatadas.

Una tarde cualquiera, me comisionaron para ir a rendir informe ante el coordinador del comando conjunto, distante de la emisora un par de días. Había tenido constantes desacuerdos con Moisés sobre la manera en que este trataba a sus subordinados y yo, sin ser comandante -al haber sido delegada por Iván Ríos como apoyo para la labor de la emisora-, me sentía con voz suficiente para hacer sentir mis opiniones, lo que a Moisés, viniendo de una simple tropa, le molestaba sobremanera. Así las cosas, empaqué todos mis bártulos en el equipo de campaña y me despedí de Vanessa y otras compañeras, a sabiendas que mi decisión era no volver jamás. Y así sucedió. El coordinador me escuchó, atentamente, y la tarde siguiente me ordenó volver a la emisora, a lo que contesté que no lo haría. Algo sulfurado, indicó que tal conducta era considerada insubordinación y yo le dije, muy decidida, que me asumía a la sanción correspondiente con gusto, pero me negaba terminantemente a tener que pasar un sólo día más bajo órdenes de Moisés.

Finalmente, mi terquedad se impuso y no volví a esa unidad. Pasé un año en la guardia del comando, a órdenes de Jerónimo, su coordinador, quien me delegó entonces labores de alfabetización. Estando allí, fui asignada como instructora de la escuela de formación Hernán Murillo, y empecé a recorrer con esta unidad cada frente del sur del Tolima, enseñando cartografía. Al cabo de un tiempo, llegamos al Joselo Lozada, frente del cual originalmente habían enviado a Vanessa como cuota unos años para la emisora. No bien llegamos, pregunté por ella, anhelando volver a ver esa portentosa escultura andante contando anécdotas entre agudas carcajadas. Pero no contaba con lo atroz de su destino: un año atrás, la comisión en la que estaba, compuesta por un puñado de jovencitos, había sido asaltada por el ejército. Vanessa se había resguardado en un matorro espeso, desde el que dio batalla como pudo, hasta quemar el último cartucho. La capturaron viva, según supe, herida en una pierna y en un brazo, y la violaron entre todos hasta dejarla agonizando, luego la remataron con un tiro de gracia y subieron su cuerpo inerte al helicóptero. Por entonces, sus padres ya habían muerto, de ancianos, y sus hermanos, al ser informados en su vereda de lo ocurrido, prefirieron no ir a reclamarla, por temor a que los involucraran en algún montaje judicial.

No sé por qué hoy la estuve recordando. Ha de ser porque saber que 87% de los resultados del coronel Hernán Mejía en el batallón La Popa, corresponde a asesinatos y desapariciones forzadas, me llevó a recordar el infausto sino de muchas mujeres campesinas, desarmadas o alzadas en armas como ella, ya que para efectos prácticos, en las más remotas zonas rurales, resulta siendo lo mismo.