Por: Laura Devia López

Un grupo pequeño en Univalle, pañuelos verdes y morados.
Un círculo en plena calle, calor humano y atmosférico.

Mujeres, diversidad de relatos y similares violencias tatuadas en el cuerpo.

«Estoy aquí por mi hija, que fue violada hace 11 meses».
«Estoy aquí por mi hermana, que fue asesinada el año pasado y, a pesar de la denuncia, el tipo sigue libre».
«Estoy aquí porque tengo miedo de que mi hija viva esto algún día».
«Estoy aquí porque tengo rabia contra la Policía».
«Estoy aquí porque sentí que tenía que estar».
Estoy aquí.

El feminismo genera caminos interesantes. Yo no conozco a ninguna de las mujeres que me rodean hoy, a alguna la he saludado en una actividad o en una reunión, no más; pero ahí estamos todas, en el circulito bajo el sol, compartiendo cada cicatriz propia o ajena, llenándonos de fuerza, sintiéndonos poderosas juntas.

Y siempre aparece el aliado despistado que quiere hablar y no entiende que hay espacios donde el protagonismo es de las mujeres. Explica cómo debemos luchar y hasta nos recita fragmentos de una Constitución que conocemos y que no ha logrado que nos violenten o nos maten menos.

Pausa colectiva.

«Gracias, pero no necesitamos que nos expliques nada. No te lo hemos pedido. Aprende a acompañar». No entiende o tal vez sí, pero tiene que revirar para no sentirse aplastado. No sé. No me interesa mucho saber.

La marcha pequeñita sale.
En la cabeza todas tenemos a Allison.
17 años.
¿Quién a los 17 no ha ido a una marcha?
¿Quién a los 17 no tiene una injusticia que le molesta?
¿Quién a los 17 no tiene su sexualidad a flor de piel?
Quizás así era Allison. Quizás por eso, pese a tener un papá policía, apoyaba el Paro. Quizás por eso esa tarde no estaba marchando, pero sí mirando a quienes marchaban.

En nuestra marcha, la de hoy, Allison no pudo estar. Tampoco en toda la resistencia de Popayán, la ciudad donde estaba.

Porque en aquella tarde, en aquella marcha, la de ayer, cuatro uniformados no preguntaron mayor cosa antes de llevársela arrastrada, por la fuerza. Tampoco preguntaron mayor cosa antes de manosearle «hasta el alma», como relataría, en redes, unas horas después.

Y ya eso debería bastar para que se nos queme el corazón y salgamos a romperlo todo; pero antes de que pensáramos alguna acción por ella, o por las casi 20 mujeres que han denunciado agresiones sexuales por parte de la Policía en el marco del Paro, Allison ya había lanzado un último grito desgarrador quitándose la vida.

Y hoy, en Cali, en la marcha, todas gritamos que no murió, que la mataron, que la mató el Estado, porque no podemos hablar de acciones aisladas o de «manzanas podridas».

Hablamos de una institución cubierta por una impunidad asquerosa, con una doctrina de odio, que solo puede llevar a niveles inesperados la violencia patriarcal.

Cuerpos de mujeres, luchando por no ser territorio de guerra.
Cuerpos de mujeres, todavía «tierra del olvido» para el Estado.
Cuerpos de mujeres, ignorados por la ley.

Cuerpos de mujeres que miramos atónitas cómo en el pliego mínimo de exigencias del Paro no hay nada que nos hable directamente a nosotras, más allá de las exigencias generales, que son innegablemente valiosas.

Por eso cantamos «Canción sin miedo» una y mil veces. La primera nos salió desafinada; pero dicen que cuando varias voces cantan, se afinan, y así es. O así nos sentimos.

Y una gente sale a los balcones y a las ventanas. Aplaude, ondea banderas. Se implica. Otra comienza a caminar con nosotras, a gritar y a cantar; a ser en colectivo, a compartir la rabia y la fuerza.

El calor parece apelmazarnos en la calle. Aparece una moto con dos policías y sale del pecho de todas: «El que no salte es tombo». Y saltamos. Y ellos arrancan asustados. Y ahora no nos para nadie.

Y en otros espacios del Paro hay gente que dice que la Policía nos agrede y el Ejército nos cuida, pero la memoria de nosotras recuerda que las mujeres y niñas en el campo son violadas y asesinadas por militares.

Caminamos, gritamos y cantamos hasta uno de los puntos de bloqueo más icónicos de este Paro en Cali. En el andar nos miramos cómplices, viendo crecer nuestra magia, reconociéndonos sin conocernos, por encima de nasobucos y pañuelos. Llegamos a Puerto Resistencia, en donde el 29 de abril el barrio sacó a piedras al ESMAD, el Escuadrón Antidisturbios, la fuente de la mayor violencia estatal contra la protesta social en las ciudades de Colombia.

Y ahí, en medio de la gente que nos recibió con tanto ánimo, volvemos a gritar el nombre de Allison y de tantas mujeres que nos habitan, que nos hacen caminar y pensar que estamos aquí… por ellas, que ya no pueden gritar y por nosotras, que no podemos dejar que nos callen.

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Tomado de: https://telegra.ph/Cimarronas-05-16