Rubín Morro

Colombia asiste hoy a una gigantesca explosión social. El despertar de multitudes en las calles es un estallido que demuestra ante el gobierno de turno y ante la comunidad internacional un descontento que se ha visto anidando a través de muchísimos años en que los gobiernos no han resuelto nada. Solo han repotenciado los ya gigantescos privilegios sociales, ahondando el empobrecimiento, reprimiendo a quien piense distinto o recurra a la protesta social, la cual es norma constitucional colombiana.

El Paro Nacional evidencia los medulares problemas sociales y un odio visceral contra la clase dominante. El pueblo se cansó. También la espontaneidad ha cundido en miles de jóvenes sin oportunidades, sin esperanzas, en un país con un Estado voraz insensible y explotador que les ofrece un oscuro futuro.

Se siente y se ve un rápido escalamiento de las intervenciones militares en las actividades de la protesta popular. Cada día se va pareciendo más a una guerra. Los marchantes también van mejorando su defensa ante el ataque de los químicos y ante las balaceras. Son batallas campales, como el 13 de mayo por la noche en Buga y transmitida por redes sociales. Es un juego de guerra. O una guerra de verdad. La Cancillería acaba de producir un largo documento, distribuido a la prensa internacional, donde en buena parte responsabiliza a los grupos armados ilegales de la organización de estas acciones de hecho que alteran el orden público, desconociendo que hay causas por miles para la protesta.

Esta ascendencia de acciones violentas de la Fuerza Pública, y por una minoría de integrantes de estas movilizaciones populares, es preocupante y sumamente peligrosa. Bien puede desencadenar una masacre que traería consecuencias fatales para el país. Por eso, es urgente un diálogo útil y con mucha voluntad del establecimiento. Con soluciones estructurales prontas. Solo se necesita leer la realidad objetiva y no seguir mirando para la vecindad.

El gobierno no puede negar la justa razón de los colombianos y colombianas. El pueblo raso está de alguna forma unificado contra el gobierno y sus equivocadas políticas, porque nunca han escuchado a las mayorías de este país, siempre ausente de su legítima acción política. Los ánimos de todas las partes están exaltados. Entre más demore una negociación seria, más cerca estamos de un desastre impredecible. Presidente, no pretenda dividir el descontento popular. No pase a la historia como nunca lo imaginó. Es urgente negociar ya. Aún tenemos tiempo.

Cumple este Paro Nacional 18 días, tiempo en el cual hemos visto de todo, obviamente participando en las marchas en forma pacífica. Mal hubiésemos obrado cuando son la juventudes de Colombia quienes enarbolan las banderas de un país saturado, cansado de los abusos, desigualdades sociales, violencia exacerbada, pobreza extrema, exclusión e incumplimientos de un Estado acomodado en su nicho gigantesco de privilegios, que no está dispuesto a abandonarlos. Y para esto recurre a la defensa a través del uso desproporcionado de sus Fuerzas Armadas.

En estos 18 días hemos visto desfilar por las carreteras, calles de las grandes y pequeñas ciudades miles de hombres y mujeres colombianas, liderados por nuestra juventud. Los parques y plazas se han visto repletas de música, folclor de todo tipo, banderas de Colombia como símbolo de nuestra nacionalidad, cánticos a la vida, a la esperanza, a la libertad, pero también refranes populares y coros ensordecedores contra los dirigentes políticos tradicionales, esencialmente contra Uribe y Duque, entre otros. Gritan las paredes, los puentes y las calles. La pintura y los mensajes inundan de inconformidades sobre los muros, las piedras, los vehículos y hasta una avioneta en los cielos de Miami hondeando un “piropo” para el odiado Álvaro Uribe.

No todo ha sido color de rosa. Los asesinatos, los heridos, los desaparecidos y hasta las agresiones sexuales en medio de la protesta han sido numerosas y evidentes. Las sindicaciones son muy serias contra la Fuerza Pública. Las muertes han sido por “disparos letales”, no por efecto de los gases. Han utilizado hasta helicópteros para gasear las multitudes de personas. Van regresando de nuevo, como en el pasado, personas vestidas de civil armadas, “gente de bien” con armas cortas y fusiles como los que observamos en Ciudad Jardín en Cali el 9 de mayo, disparando contra los manifestantes, en compañía de la policía, según versiones de varias personas en notas de voz y vídeos. Si esto no es verdad, ¿por qué no existe ni un detenido? Incluso son modelos en redes y sin tapabocas.

Creo que estamos ante una guerra. La gran diferencia es que solo el gobierno está armado y, teniendo en cuenta los anteriores indicios, con la ayuda de la gente de bien.

No podemos justificar ninguna de estas violencias, incluso las provocadas por algunos integrantes del Paro Nacional. Muchas personas alegan que hay acciones de hecho de los marchantes que son condenables. Claro que lo son. Tampoco las autoridades son “pera el dulce”. Los actos cometidos por la policía y el ESMAD son graves como institucionalidad. Cualquier ciudadano podría pensar que las autoridades esperan la noche para provocar las agresiones.

La situación de enfrentamientos va escalando. Se radicalizan peligrosamente las posiciones de las partes. Se ven procedimientos similares a la guerra: despliegue de aviones de guerra en vuelo rasante sobre las marchas cuyas armas son pancartas, banderas blancas y tricolores. Esto provoca a quienes hacen uso legítimo a la protesta, que el gobierno debe acompañar, garantizar, no crear zozobra y no atacarlas. Todo esto parece una guerra, si no es que ya estamos en ella. Se debe negociar pronto con acompañamiento internacional, incluida la Segunda Misión de la ONU en Colombia.

El Estado, como siempre, hizo oídos sordos al clamor nacional. No atendió sustancialmente el Acuerdo de Paz, el cual ha querido hacerlo trizas. No escuchó sus recomendaciones en puntuales herramientas políticas para salir de esta crisis, puesto que todas las demandas sugeridas por el Paro Nacional están ahí en el acuerdo de La Habana. Ahora enfrenta una situación muy compleja que cada día adquiere nuevas dimensiones políticas y militares.