Por: Gabriela Méndez

Mientras ustedes estaban tranquilos en sus casas, con la única molestia de los habituales trancones para dirigirse a sus iluminadas oficinas, recibiendo atención personalizada incluso para un dolor de muelas, saliendo a vacacionar cada vez a un paraíso diferente, en playas de brillante arena y helados daiquiris; mientras sus hijos recorren Europa en primera clase y estudian en La Sorbona, algo muy oscuro y trágico ocurría justo más allá de sus narices, afuera de su burbuja. No me juzguen mal, suele decirse que quien vive bien, al nivel en que ustedes lo hacen, es porque se lo merece y eso no se los discuto. El asunto es que quien vive mal, quien a duras penas sobrevive -que en este paisito somos inmensa mayoría-, no es que merezca este sino.

Sin ir más lejos, les mostraré un botón: La vida y muerte de alguien que conocí más que a nadie porque su corazón fue el único hogar que tuve alguna vez. Mi abuela nació en 1934, trabajó toda su juventud y buena parte de su vida pegada al pedal de una máquina Singer haciendo uniformes; ordeñando vacas y cocinando en fogón de leña para los jornaleros de las haciendas; limpiando pisos y preparando tintos en una oficina; de pie en un lavadero ocho horas al dia lavando montañas de ropas ajenas, lo que fuera para poder criar a los siete hijos que parió. El sueldo de mi abuelo, mecánico en un taller del gobierno, era casi una ofensa, y aún así lograron sobrevivir comiendo una o dos veces al día, poniendo un remiendo tras otro a sus ropas, usando los mismos zapatos hasta que se descuadernaban solos e incluso volviéndolos a remendar cuando eso ocurría. El abuelo caminaba cada día, hora y media hasta su trabajo y el mismo tramo de vuelta, pues no podía darse el lujo de pagar transporte. Una de sus hijas murió siendo muy niña, de disentería; y, aunque la abuela nunca lo decía, sé que la abrumaba haber traído tantos seres a sufrir al mundo, hundidos en la miseria. Una vez me contó que, cuando era joven, no sabía que existía la planificación familiar, que en su época nadie hablaba de eso porque «era pecado» y una señora debía aceptar con alegría los hijos que Dios le permitía como una bendición. Eso le decían, aunque en el fondo ella se sentía estafada, no entendía cómo traer tantos muchachitos al mundo a pasar necesidades y vivir sin esperanzas podía considerarse bendito. Cuando el menor de todos, el más querido, tenía diez años y ella ya «estaba saliendo de criar», llegué yo.

Mi madre había intentado abortarme un par de veces, por su cuenta, sin mucho conocimiento y obviamente sin éxito, por lo cual se vio repitiendo la historia de mi abuela, apenas a los dieciocho y ya con una bendición que no había pedido, con un encarte no solicitado, que venía a complicar su difícil vida de estudiante que luchaba por salir de la pobreza. Los últimos meses del embarazo perdió el cupo en la universidad, pues la abuela, en un intento desesperado por cumplir los designios divinos, la encerró en casa, sin permitirle volver a clases siquiera. Me odió desde entonces y no la culpo, yo no estuve en sus planes y mi nacimiento frustró todos los sueños que había atesorado. Se desentendió pues, de este conflictivo paquete entregándolo a su madre y se fue lejos, a la selva, a trabajar en lo que llamaban entonces «territorios nacionales». No pondré aquí mayores detalles de su vida o la mía, que se desarrollaron en direcciones diferentes, porque el post se haría demasiado extenso y no hay caso.

El hecho es que por 1995, después de 44 años de convivencia, lucha y desesperanza, de repente, mi abuela se vio sola. A su esposo, que llevaba pocos años pensionado, se lo llevó un infarto mientras echaba una siesta, un martes en la mañana, con la ironía de que apenas ese lunes, había recibido los resultados de su último chequeo, sazonado con el pronóstico médico que le prometía una larga y apacible vida, que duró apenas un día. Después de dos años de lucha legal con Cajanal, que puso todos los reparos posibles habidos y por haber, empezó a recibir la pensión de su difunto esposo, que ella suponía le iba a permitir vivir con dignidad y sin apuros en su casa.

Su casa, cuya cuota inicial había financiado con el producto de la venta de cuatro marranos y dos vacas que recibió por toda herencia de mi bisabuelo, y habían terminado de pagar quince años después exprimiendo al máximo los tres pesos de sueldo del abuelo y pasando mil penurias para poder cumplirle al Inscredial. Pero esa casa, que era todo cuanto poseía en el mundo, empezó a caerse a pedazos casi al mismo tiempo que su cuerpo, extenuado por tantos años de duros tratos y máxima exigencia.  A mediados de los ochenta, la abuela había tenido cáncer en la matriz, le habían extirpado esta y los ovarios, la habían radiado e inyectado quimio, en una proporción tal, que quemaron completamente su vejiga, por lo cual, padecía intensos dolores a causa de una cistitis aguda. Desde entonces, el dolor la acompañó cada día, sin tregua, sin descanso, como una bestia adormecida a punta de barbitúricos que desplegaba por momentos sus garras para torturarla hasta quitarle el aliento.

Padeció por décadas, yendo religiosamente a sus controles y acudiendo a urgencias y a citas con especialistas que se especializaron en justificar su padecimiento para no invertir mayor cosa en pruebas diagnósticas, tal como se los condicionaba el flamante sistema de salud. Así las cosas, el diagnóstico siempre fue cistitis aguda ocasionada por radiación excesiva, y siempre lo trataron de manera paliativa, con opiáceos. Para cuando volví a vivir a su lado y estuve cuidándola, mi abuela llevaba ya veinte años de tortura, padeciendo dolores indescriptibles, sin poder comer con normalidad y a veces sin poder dormir, tomando hasta veinticinco gotas de morfina, sin que esto produjera mayor efecto. Acudí con ella muchas veces al servicio médico, solicité citas con especialistas, que siguieron apegados al mismo criterio: su dolor era «normal» dadas las circunstancias y solo podían formular calmantes, paliativos. Cada vez subía la dosis prescrita, eso sí, hasta que llegó a cincuenta gotas, que ella tomaba como si fuera agua, y apenas la calmaba unos minutos. La familia incluso empezó a considerarla adicta a los fármacos, y a creer que los dolores eran producto de la compulsión; hasta yo lo creí alguna vez, o llegué a pensar, como los demás, que quizás estaba tratando de llamar la atención. Creímos, eso sí, a pie junto en los doctores que la atendieron, en el sistema de salud, en la EPS, porque además, no teníamos otra opción: La abuela sólo contaba con su pensión, que no era mucha, y hubo siempre que pagar medicamentos que en la EPS escaseaban o el POS no garantizaba. Había también que hacer reparaciones ocasionales a la casa, y yo, que la cuidaba, aseaba una estación de policía en la madrugada y recibía un pequeño pago por turno, tres veces a la semana. Mi marido trabajaba en construcción y con su sueldo comprábamos los víveres, pero las cuentas no daban. Siempre llegábamos a duras penas a fin de mes, mientras seguíamos viendo 24/7, la agonía de la abuela. Alguna vez pregunté opciones, averigüé sobre medicina prepagada, pero al escuchar los costos entendí que eso era para otra clase de gente, que vivía realidades diferentes a la nuestra.

La abuela empezó a tener recaídas más constantes, pasaba días vomitando y sin recibir bocado a pesar de mi insistencia, con el consabido viaje a urgencias y hospitalización. Pasábamos más tiempo en las clínicas que en la misma casa y finalmente, en octubre de 2012, tuvo que ser intervenida de emergencia por una obstrucción intestinal. Para colmo de males, mientras esperábamos al cirujano, le repetí lo que la médica me había dicho unos momentos antes: se le habían pegado las tripas por no comer y ahora iban a tener que operarla por eso. Nunca voy a olvidar su mirada entre adolorida y furiosa cuando me reprochó entre dientes: «o sea que esto me lo ocasioné yo, es MI culpa, y estoy sufriendo así es porque yo quiero». El cirujano salió luego de la operación, a contarme que el cáncer había invadido todos sus órganos y estaba totalmente descompuesta por dentro, que era prácticamente un milagro que hubiera llegado caminando por su propio pie. Ese espíritu férreo que la mantuvo erguida a pesar de su propio cuerpo, se extinguió cuatro días después, legándome el dolor de saber que el sistema de salud la dejó morir, tal como también en parte lo hicimos nosotros.

Así que cuando sus mercedes, en medio de su burbuja, no encuentren una razón lógica para que tantos jóvenes estén en las calles y les parezca absurda su decisión de persistir incluso arriesgando la vida, recuerden a esa anciana, que nunca pudo saber el significado de la palabra «vacaciones», que jamás conoció el mar, como tampoco lo hemos hecho nosotros, recuerden que ella trabajó muy duro toda su vida para apenas sobrevivir, pasando penurias y carencias, para que el maldito sistema de salud la dejara morir después de agonizar por años. Entiendan que ésa es la suerte a la que hemos estado condenados millones de nosotros y ya tuvimos suficiente. Entiendan que, si somos pobres no es porque queramos. Entiendan que, si hoy estamos en las calles, es porque luchamos por una vida diferente, una que podamos disfrutar y no solo padecer.