Rubín Morro

Anteayer, el presidente Duque ordenó un despliegue militar de la Fuerza Pública para tomarse la capital del Valle y desbloquear sus vías de acceso. Horas después, el dueño del Ubérrimo dijo que confiamos plenamente en la autoridad legítima del Estado para que las Fuerzas Armadas hagan un total “copamiento” de la ciudad de Cali. Estas dos órdenes llevan claros propósitos de la utilización desproporcionada de la fuerza. En cambio, Álvaro Uribe, empeoró la situación y habló de “copamiento” que en lenguaje militar se conoce como: ataque, sometimiento, arrasamiento total.

¿En dónde quedó la promesa del presidente Duque del diálogo nacional con los marchantes para levantar el justo estallido social? Del dicho al hecho hay mucho trecho. Una cosa es la teoría y otra muy distinta es la práctica. Es acá donde está el meollo de problema. Comenzó reuniéndose con sus amigos, otras personalidades que no representan a quienes han estado en el despertar de la calle, que solo las caminan en ocasionales marchas para hacerse al favor popular. Ojalá no sea ésta otra salida del gobierno para dilatar. Mientras tanto, la ebullición social crece haciéndose más endémica y complicada la solución mediante la potencia de la palabra y el consenso.

La situación en Cali socialmente es desastrosa, permeada por el narcotráfico, el paramilitarismo, la delincuencia, un inmenso ejército de campesinos desplazados de la región del Pacífico. Se habla de un empobrecimiento y hambre que supera el 50%. Estos colombianos y colombianas que le huyen a la guerra en sus territorios no tienen recursos para comer. Estas causas vitales, graves realmente, desbordan cualquier manifestación social. La gente está desesperada por tanta crisis social que el establecimiento no ha resuelto y menos con enviar a esta zona un enorme dispositivo militar del Estado. Qué miopía política tan vergonzante, pretender solucionar los problemas sociales con la devastación militar. Esto nada resolverá.

Según informaciones de noticieros y de indígenas, el domingo 9 mayo salieron los habitantes de los condominios aledaños, “gente de bien”, a la Panamericana entre Jamundí y Cali, donde se desarrollaban las protestas pacíficas de la comunidad, intentando levantar las barricadas porque, según ellos, se sentían secuestrados. Estos habitantes privilegiados declarados activos participantes de las dinámicas uribistas y paramilitares, con camisas blancas, con armas y aliados con la policía en el sector de Pangones, sobrevolaron por varias horas la protesta, generando pánico en la comunidad. En el sur de Cali se pudo ver cómo habitantes de Ciudad Jardín hirieron varios indígenas de la minga, nuevamente con el apoyo de la policía y el ESMAD. Esto son atentados gravísimos contra los derechos humanos y el libre derecho a la protesta. Estos casos deben ser investigados y judicializados por los organismos correspondientes.

Esta nueva aventura militar del presidente puede traer consecuencias desastrosas. Si se recurre a la fuerza desproporcionada, como lo reflejan los resultados en vidas humanas en estos 11 días de agitación social, cómo será ahora con una orden perentoria del presidente de desbloquear las vías de Cali con toda la legitimidad que se otorga las Fuerzas Armadas. Da la sensación de que se está enviando un mensaje a las grandes ciudades para que se conserve el “orden social vigente”, so pena de que se implanten medidas de fuerza de similares proporciones , las cuales tendrán afectaciones letales en muertos, heridos, desaparecidos, en violación de derechos humanos.

El presidente tiene toda la autoridad emanada de la Constitución Política de Colombia y de quienes lo eligieron para gobernar el país. Por favor, desmárquese del Centro Democrático, cumpla con la idea inicial de resolver esta explosión social por la vía del diálogo, buscando el consenso nacional con todos los sectores que hoy permanecen en las calles, con razones por las que luchamos todos los colombianos y colombianas, sobre todo la juventud, hombres y mujeres.

Descarte todas las medidas de fuerza militar. No siembre vientos para recoger tempestades. Presidente, no se olvide del Acuerdo de Paz de La Habana. Si se hubiera implementado integralmente este pacto de vida, construcción de la paz estable, duradera y la reconciliación, no estuviéramos viviendo esta crisis social que visibilizó la pandemia del covid-19, donde más de la mitad de la población sufrimos una pobreza extrema. Rectifíquele el curso a la nación, escuchándola y resolviendo sus necesidades civilizadamente.

La condena internacional es gigantesca en contra de las medidas de fuerza militar desatadas por el Estado: la violación sistemática y espantosa de los derechos humanos (asesinatos, heridos, torturados, desaparecidos, violaciones, sexuales etc). Titulares macabros e imágenes evidentes son la divisa hoy ante el mundo. Igualmente, expresan su solidaridad con el pueblo en lucha en las calles, como jamás había acontecido. Ha despertado la calle.