Rubín Morro

Sin duda alguna, llegó la hora de hablar con las multitudes rasas de nuestro país. El Estado, antes que el gobierno, debe iniciar ya, no aplazar más, este diálogo vital con los y las marchantes, hombres y mujeres colombianas, sobre todo la juventud, buscando consensos de acciones políticas para reconstruir nuestra nación, que yace en la desesperanza y la incertidumbre. Lo que está ocurriendo en las calles es una explosión social como nunca se había visto en el país.

Están pasando ocho días de agitadas manifestaciones a lo largo y ancho del país, con resultados gravísimos como asesinatos aleves de la policía y el Escuadrón Móvil Anti Disturbios (ESMAD). Leamos estas fuentes y sus resultados de la investigación:Defensoría del Pueblo, organizaciones sociales y defensores de derechos humanos, tales como Temblores ONG, Red DDHH Francisco Isaías Cifuentes, Campaña Defender la Libertad de Prensa, entre otros. Datos desde el 28 al 4 de mayo: 31 personas asesinadas, otras en verificación, 1220 heridos, que podrían ser más, según registros audiovisuales, 9 casos de violencia sexual contra mujeres, 87 desaparecidos, 18 víctimas de heridas en los ojos, 200 agresiones por la policía, 1.565 hechos violentos. Estos datos con toda seguridad aumentaron en las movilizaciones populares del día 5 y 6 de mayo. Sin embargo, no se pueden ocultar las acciones violentas de alguna minoría que hizo presencia en las marchas contra la ya moribunda diabólica “Reforma Tributaria”.

Además, hay otras problemáticas sociales profundas que hoy vivimos todos y todas en Colombia, sobre todo la población vulnerable que pasa de los 30 millones, asfixiada por el enorme empobrecimiento, el desempleo extremo, por unas equivocadas políticas neoliberales, en que los directos favorecidos son los grandes conglomerados económicos, cuya mezquindad ha negado de plano una “renta básica” para mitigar el hambre y la miseria en tiempos de pandemia a los más pobres que los hay por millones.

El establecimiento no puede seguir gobernando en contra de los anhelos de las mayorías, porque somos nosotros, el pueblo, la verdadera nacionalidad. Ese diálogo prometido por Iván Duque no puede ser una dilación más, una táctica para nuevamente violar lo acordado. Los incumplimientos, unos tras otros, son la causa de la ira desatada. La nación ha venido intentando encontrar un espacio de Pacto Nacional hace muchos años con el gobierno y no ha sido posible. Realmente los gobiernos, porque no es solo el de Duque el que solo escucha a sus áulicos. Por esto la nación colombiana está en “cuidados intensivos”. Se cansó la sociedad civil, se rebozó la copa y corrió por todas las calles y campos de nuestra geografía nacional.

Estas movilizaciones no terminan acá. La población está exaltada. Ha perdido los miedos. No le teme al ESMAD. Está enfrentando a piedra a unos policías armados que el gobierno no quiere controlar. Es hora del diálogo abierto con la gente que está en las calles. La salida no es militar. La fuerza armada no es buena consejera. Nos ha traído desastres. Por eso estamos como estamos.

Ahora asoma otro esperpento, el cual se ambienta desde las alturas del poder, en otra salida completamente equivocada: la posibilidad de decretar el “estado de conmoción interior”. Sería fatal para este país, tal burda opción de represión y más derramamiento de sangre. Esperamos que, luego de firmado el decreto de este “inmenso orangután” por el presidente y sus ministros, sea declarado inexequible por la Corte Constitucional y rechazado por todas las fuerzas democráticas que luchamos por la paz y vida digna.

Se solidariza la comunidad internacional con la lucha de la nación colombiana y en contra de la represión estatal: Las Naciones Unidas, La Unión Europea, el gobierno de los Estados Unidos, la Federación Mundial de Mujeres Cubanas e importantes personalidades y organizaciones del mundo.

Esto apenas comienza. Esperamos del Estado y del gobierno un gesto sincero, un diálogo abierto con nuestra sociedad, solucionando los conflictos por consenso, con la fuerza de la palabra. No a las salidas militaristas que sería nuevamente el retorno de los fusiles, alcaldes y gobernadores militares, la persecución, la detención por sospecha, la restricción del derecho a la circulación y la residencia. Duque podría asumir el control de televisión, radio y redes de comunicación. Podría suspender todas las leyes que afecten al Estado de Conmoción, otorgar funciones transitorias de policía judicial (culpar a su antojo), ordenar la aprehensión “preventiva” de quien se tenga indicios de perturbar el orden público. Sería volver a los tiempos de la tortura, a los tiempos tenebrosos del Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala y otros episodios similares.

Nos apena ante el mundo esta situación interna del desconocimiento de la vida humana. El irrespeto de las autoridades que son a las que por norma constitucional le corresponde la obligación de preservar la ‘Honra, vida y bienes de todos los colombianos y colombianas’. Nos ruboriza este vergonzoso trance histórico del Estado colombiano ante las sociedades modernas y democráticas del planeta. Pero también sabemos que saldremos adelante como país, construiremos una nación amable, soberana y justa, como es la inspiración y el contenido del Acuerdo Final de Paz de La Habana.

PD: Hace apenas unas pocas horas escuchamos la declaración de las Altas Cortes con el gobierno, en reunión citada por el presidente Iván Duque. En pocas palabras, fue un respaldo total al gobierno en el manejo de la pandemia y del Paro Nacional. Implícitamente la declaración avala los atropellos, los abusos y los asesinatos contra los marchantes. No hubo separación de poderes. Al contrario, la Corte constitucional, principal órgano de control jurídico de la nación, hizo de juez y parte. Muy grave lo acontecido, mientras el planeta condena los asesinatos contra los colombianos que luchan en las calles por sus derechos básicos. Como está la situación, sigue la ambientación para desembolsar del Ubérrimo el ‘Estado de Conmoción Interior’ y, con seguridad, la Corte Constitucional declarará su exequibilidad. ¡Qué tristeza!