Consejería departamental de educación. Comunes – Antioquia

Resumen

La muerte de Gaitán es hasta hoy un símbolo de las millares y millares de víctimas que caen a diario, desde esa noche de nuestra historia colombiana que se sucede por décadas.» – Departamental de Educación – Comunes Antioquia. #9DeAbril
  • Tabla de contenido:
  1. Gaitán: un símbolo histórico de las víctimas del conflicto armado interno.
  2. Brevísima vida política de Gaitán.
  3. Ideas políticas básicas de Gaitán.
  4. El Bogotazo.
  5. Consecuencias del 9 de Abril.
  1. Gaitán: un símbolo histórico de las víctimas del conflicto armado interno

Este 9 de abril se conmemoran los 73 años del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en el cruce de la carrera séptima con Avenida Jiménez, en Bogotá. Su cuerpo fue abaleado de tres tiros, dos en la espalda que atravesaron los pulmones y uno que dio en la base de su cráneo.  Era la una y cinco minutos de un día lluvioso. Los acompañantes, entre los que se encontraban el político Plinio Mendoza Neira y el médico Pedro Eliseo Cruz, arrastraron el cuerpo casi sin vida a un taxi que los llevó a la Clínica Central. Allí falleció, por parte médico, a la 1 y 55 de la tarde, poco antes de la hora en la que tendría una cita con el líder estudiantil Fidel Castro. Entretanto, la muchedumbre desconcertada y como huérfana, se volcó sobre el homicida que trató de refugiarse en una droguería al frente, en vano. Fue linchado y su cuerpo arrastrado desnudo por cuadras, por la rabia incontenida.   

La muerte de Gaitán es hasta hoy un símbolo de las millares y millares de víctimas que caen a diario, desde esa noche de nuestra historia colombiana que se sucede por décadas.  Es por eso que la ley 1448 del 2011, en su ARTÍCULO 142 versa:El 9 de abril de cada año, se celebrará el Día de la memoria y Solidaridad con las Víctimas y se realizarán por parte del Estado colombiano, eventos de memoria y reconocimiento de los hechos que han victimizado a los colombianos y colombianas [y agrega que…] el Congreso de la República se reunirá en pleno ese día para escuchar a las víctimas en una jornada de sesión permanente.”

2. Brevísima vida política de Gaitán

Jorge Eliécer Gaitán nace en Bogotá el 23 de enero de 1898 y crece el en barrio La Cruces, en las laderas de la cordillera oriental, en el seno de una familia que se venía a pique. Su padre, Eliécer Gaitán, era un aspirante de historiador frustrado que vendía libros de viejo y su madre, Manuela Ayala, una modesta maestra de escuela con sus pretensiones sociales. Por razones económicas, es decir, desclasados, pasan a vivir al barrio vecino de Egipto, donde el hijo mayor (entre otros cinco hermanos) crece entre esa plebe barrial. Por razones de instinto de sobrevivencia social, su padre impulsa a su hijo a una profesión artesanal, mientras su madre a los ideales más encumbrados de una profesión intelectual. Desde los primeros años y medio enfermizo, Jorge Eliécer cursa su primaria y pasa luego al colegio, de origen liberal, Simón Araujo, donde se destaca por su rebeldía y su elocuencia.   

            En 1917 apoya a Guillermo Valencia, en su aspiración presidencial contra el ultraconservador Marco Fidel Suárez. Dos años después participa activamente en la huelga de sastres que protestan contra la importación de uniformes norteamericanos. Para 1920 ingresa a la Universidad Nacional a estudiar derecho, lo que significaba algo excepcional para un joven de origen familiar humilde y tez aindiada. Allí se hace nombrar director de Centro Cultural que luego organiza un ciclo de conferencias en el Teatro Colón. En 1922 apoya la candidatura presidencial del general liberal Benjamín Herrera y al año siguiente es elegido a la Asamblea Departamental de Cundinamarca, gracias a los votos de sus adeptos de Girardot. Escribe su tesis doctoral para la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Las ideas socialistas en Colombia en 1924.

Viaja a Italia entre 1926 y 1928, donde estudia con Enrico Ferri, uno de los más prominentes criminalistas italianos, ya adepto a Mussolini. Regresa a Colombia donde es elegido para la Cámara de Representantes. Se destaca su denuncia por la masacre de las bananeras en Ciénaga (Magdalena). Cada día a las cinco de la tarde, en el Capitolio, denunció por semanas el horrendo crimen contra los trabajadores de la compañía norteamericana United Fruit Company. En esas memorables intervenciones, asegura Milton Puentes, historiador del Partido Liberal, mostró “[…] restos humanos [que…] pertenecían a las víctimas de pocos años asesinadas por los fusiles oficiales”. Se hizo enormemente popular en toda la nación. Muchos niños de campesinos son bautizados en los departamentos de Cundinamarca y Tolima en esos años con el nombre Jorge Eliécer.

En 1933 forma la Unión Izquierdista Revolucionaria (UNIR), que rompe con el Partido Liberal oficialista. Trata de establecer un movimiento partidista que se distancia del Partido Liberal, que había ganado las elecciones en 1930, bajo el entendido de que “[…] liberales y conservadores dirigentes se hallan de acuerdo”. Era pues UNIR una tercera vía en las luchas entre los partidos dominantes tradicionales y un desafío en el tiempo al Partido Comunista.  

Se reintegra en 1935 al Partido Liberal y es nombrado alcalde de Bogotá ese mismo año. Renuncia al cargo por la oposición de los taxistas que él desea obligar a prescindir de la tradicional ruana. Se presenta a las elecciones presidenciales de 1946, con un Partido Liberal dividido (su opositor es Gabriel Turbay: “fino, sutil, imaginativo”). Gana la presidencia el conservador Mariano Ospina Pérez

3. Ideas políticas básicas de Gaitán

Jorge Eliécer Gaitán escribió en 1924, como ya dijimos, Las ideas socialistas en Colombia, como tesis de doctorado en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional. La tesis tiene la peculiaridad que el título no corresponde al contenido, es una mezcla hábil pero muy peculiar, de un resumen del materialismo histórico de Marx y Engels y sus apreciaciones de la situación o coyuntura política sin un corte analítico muy preciso entre los temas. Hay en ella erudición temática, sagacidad argumentativa y retórica sugestiva derivada de su intensa actividad partidista.  Sus referencias bibliográficas (más de treinta textos) son exclusivamente de la tradición científica centroeuropea.

En esta prima opera intelectual Gaitán explaya sus ideas, por demás agudas, del cuerpo central del materialismo histórico, de las obras de Marx y Engels y sus comentadores posteriores. La tesis central es que el capitalismo en su expansión planetaria crea una dinámica perversa en la que el duelo del capital determina las condiciones del trabajo, explota inmisericorde al obrero y determina su salario de hambre. Hay lugares en que capta con toda claridad la tesis de la alienación del obrero analizada por el joven Marx. 

La tesis se sostiene durante más de una centena de páginas y la ilustra con el ejemplo de la situación del trabajador nativo: “En Colombia los trabajadores no solo carecen de lo que en otros países son elementales derechos, sino que en su contra existe aquello que ya ha sido abolido del derecho universal. En Colombia todavía existe la esclavitud. Los colombianos de la Guajira, del Putumayo, etc. son cambiados por artículos, como lo saben cuantos han viajado; y públicamente, sin que la conciencia nacional –que parece tener alientos del cáncer- se estremezca, son regalados los hombres.”   

Ante estos estremecedores hechos (que José Eustasio Rivera denunció literariamente en La Vorágine por esos mismos años), se trata de restablecer el equilibrio, de contener esa avalancha destructora de nuestra idiosincrasia. La contradicción del capital y el capitalismo —es la tesis central de Gaitán— debe ceder en Colombia ante la circunstancia de su desarrollo incipiente. La tensión no es marxista, como sabe quien ha leído a Marx. Si en Europa se ha desarrollado un capitalismo maduro, entre nosotros la ventaja comparativa es el atraso; ante el atraso podemos resolver nacionalmente el asunto: no con la revolución socialista, sino con una transición que socave esa concentración letal. Colombia es un país atrasado (subdesarrollado, se diría décadas después), que antes que emprender el modelo de la modernización económica europea debe ensayar sus propias vías: las llama “idiosincrasia mesológica”: en términos más sencillos, cultura nacional.  

Concluye su texto, en que el lector está esperando una solución hacia alguna postura radical (es decir, si se declara leninista o anti-leninista, en fin), con un sorprendente enunciado: De lo que se trata es de un proceso de selección de los mejores. Es decir, de un darwinismo pasado por la criba de don José Ortega y Gasset. Citamos textualmente para que no haya equívocos: “¿Qué sucede hoy en día? Ciertos hombres llegan a la vida por el privilegio. Una gran herencia que ellos nunca laboraron… Y si nacen con un privilegio absurdo, no es menos evidente que en su desarrollo esa riqueza adquirida sin base les presta armas de predominio también inmerecido”. Es decir, se trata de igualar las fortunas y las condiciones, no para compartirlas como un sistema ideal del socialismo utópico (sint-simoniano o fourerista), sino como un punto base de arranque igualitario para saber quién es quién. 

Su plataforma del unirismo, en el año 1933, complementa sus ideas, es decir, su haz de posibilidades interpretativas de sus ideas políticas. En la entrevista más conocida (El manifiesto del unirismo, para el primer ejemplar del periódico “El Unirismo”), Gaitán aduce tesis complementarias. Lo novedoso no es la distinción escolástica entre programa y plataforma sino la declaración más tajante de que en Colombia no hay lucha de clases. Y no hay lucha de clases, porque no hay conciencia de clases. En otros términos, el incipiente capitalismo colombiano apenas ha elevado a un ápice de conciencia a su hombre del campo, o artesano u obrero asalariado, exiguo a luchar por sus intereses en un capitalismo germinal. No se precisa pues dar el salto al socialismo o comunismo, sino crear las condiciones —diríamos en la terminología marxista, sin ser aducida expresamente— para que se dé esa conciencia. ¿Cuándo y por quién? Pues, tácitamente queda expresado. Por Gaitán mismo. No por el Partido Liberal ni menos Conservador, ni Comunista.  Solo Gaitán puede ser el hombre de selección (otra vez tácito Ortega y Gasset) para dotar a esa clase explotada de su destino. Muy hábilmente llega a una cita de Marx quien decía (lo que debe ser además consigna de todo buen marxista): “Nuestro programa no es un dogma, es una pauta”. Esto le daba la libertad de escurrirse ante los compromisos extremos, de zigzaguear entre las ideas y no dejarse encasillar. 

Si volvemos a pensar con detenimiento porqué Gaitán renuncia en 1933 al partido Liberal, es fácil decir: por vanidad propia, por egolatría política. Esto es posible, pero a condición de que sopesemos el panorama político, no solo nacional. Gaitán es un político con visión internacional, un cosmopolita (muy lejos, pese a todo, al excepcional peruano José Carlos Mariátegui, quien también había vivido en Italia por esos mismos años). Gaitán podía ver el panorama mundial, no ajeno a su personalidad: en Italia, había triunfado Mussolini, con el ejemplo del poeta D’Annunzio (a quien admiraba Gaitán, como muchos en Colombia); en España la República estaba en vilo, sobre todo a partir del destructor discurso de Ortega y Gasset (indisputable eminencia intelectual de España) en diciembre de 1931; en Alemania, sobre todo, Hitler subía al poder sobre las ruinas políticas de la República de Weimar. Así era claro: el liberalismo era un cadáver en toda Europa y sepultarlo en Colombia era otra posibilidad viable. La aventura de Gaitán en Colombia no era pues impredecible ni impremeditada. Luego de su fracaso unipersonalista (los campesinos clamaban para que se reintegrara al poder tradicional), volvió al redil de los ofrecimientos burocráticos (alcaldía de Bogotá) en 1935 del presidente López Pumarejo.

 Si queda algo por discernir de su trayectoria y sobre todo de su ideario, esto salta a la vista: Gaitán dignifica al pueblo, su voz poderosa, sus ademanes cautivantes, como un poderoso chamán de las multitudes, atraía de modo inconfundible. Los desheredados de la tierra sabían y sentían quién era su representante; su verdadera voz que clamaba justicia en este valle de lágrimas. Por eso Gaitán, nacido de las entrañas del bajo pueblo, del común, supo transferirles su mensaje de esperanza social. Él les habló con altivez, para que despertaran de su sueño de humildad y entrega a sus amos de siglos.  Cada discurso público les llegaba al alma, les hablaba como nadie antes les había hablado (como Chávez habló a los venezolanos). Solo por esa calidez inconfundible es Gaitán lo que él mismo dijo de sí. “Yo no soy un hombre, soy un pueblo”. 

4. El Bogotazo

El prestigioso parlamentario y litigante penalista Jorge Eliécer Gaitán fue ultimado de tres balazos por un hombre anónimo a la salida de su oficina en el centro de Bogotá hacia la una de la tarde del día lluvioso del 9 de abril de 1948. Todavía parece retumbar el tiroteo cuando, al ver la pequeña placa de mármol, se acerca el transeúnte o paseante por esa esquina entre la carrera séptima y la Avenida Jiménez, las dos arterias más importantes de la ciudad en esa época. Cayó el hombre prominente en esa esquina, entre el estupor de los cuatro amigos que le acompañaban, y sin lograr pensar ninguno de ellos (el primero era el mismo tribuno popular) que podría ser cosido a tiros, como un perro más.

Cayó Gaitán sin conciencia, conforme los testigos; trató de ser auxiliado en vano, mientras una onda de estupor y desconcierto rodeaba una escena indescriptible. Poco a poco, como en susurros imperceptibles se fue elevando la voz popular que hacía eco a lo imponderable. Mataron a Gaitán.  El susurro de los primeros testigos, sin dar crédito a lo que veían, se fue trasmitiendo de voz a voz, como una consigna macabra, que se expande y aglutina primero a unos y luego a multitudes iracundas, incrédulas y que claman la venganza. Eran pocos los que fueron testigos directos y luego dan la voz de alarma los miles de huérfanos que, en principio, no saben a dónde ir y pronto tratan de direccionar su accionar colectivo al epicentro que consideran el culpable del drama: el palacio presidencial. Algún otro, piadoso, empapa su pañuelo de la sangre derramada del caudillo.

La multitud obra, en ese primer momento, de modo predecible: lincha al homicida, lo patea sin misericordia, casi descuartiza, lo desnuda y así lo arrastra como trofeo atroz para exhibirlo al frente del Palacio presidencial. El hombre del pueblo que se viste de luto y cae en una ebriedad colectiva, demanda venganza. Es una reacción colectiva mecánica, en cadena. Entre tanto, Gaitán fallece y los pocos y privilegiados presentes en el deceso se toman fotos con el occiso, para su posteridad. Son miles de escenas simultáneas que han sido mil veces narradas, de las horas que siguieron al asesinato, que apenas vale repetir. Esto era todo menos una maniobra leninista, calcada de la toma del Palacio de invierno. 

Solo se sabe que el presidente, Mariano Ospina Pérez y sus ministros más cercanos estaban espantados, su mujer Bertha Hernández, se disfrazó de hombre para no ser violada, se maniobró para proteger lo principal: la sede de gobierno, los bancos, las iglesias y las escuelas católicas. Se quemó, no obstante, el palacio arzobispal, el ministerio de justicia (y se liberaron los presos: gracias a Dios), el Palacio de San Carlos (el lujoso Ministerio de Relaciones Exteriores), el Instituto de la Salle, El Siglo (periódico del energúmeno franquista Laureano Gómez)… y otras dos centenas de establecimientos de comercio de la carrera séptima. Fue la hecatombe; el derrumbe institucional… Se salvaron los clubes Jockey y Gun, de chiripa. Los heridos agolpaban los hospitales, por machete o bala de Mauser. En los días siguientes se traían los muertos al cementerio, centenares para ser reconocidos por familiares y amigos.

Gaitán fue llevado en silencio esa madrugada (en ataúd sencillo conseguido en una funeraria cercana), entre pocos y muy selectos familiares, hasta su casa en Teusaquillo unas treinta cuadras de distancia. La neblina, tan común en el páramo, secundó esa desolada caminata en una mísera zorra que, triste, marcaba el paso a su última morada.   

5. Consecuencias del 9 de Abril

Para la multitud enardecida, el responsable del asesinato de Gaitán es inequívoco. El gobierno conservador. Es pues, más bien Laureano Gómez, que era el enemigo público de Gaitán (a pesar de llevar una relación cordial entre ambos). Los godos eran los responsables de la muerte de Gaitán. Para el gobierno los asesinos eran otros: los comunistas que, para sabotear la Conferencia Panamericana que se celebraba en ese momento (con presencia del Secretario del Estado Americano el general Marshall), habían urdido el plan macabro y desestabilizador de un régimen débil. La viuda de Gaitán, Amparo Jaramillo, aducía que el crimen era obra de Santos y López. Todos tenían una porción de verdad a medias, de esa política de la verdad condicionada a intereses no del todo esclarecidos. Pues la verdad es múltiple, pero no doble.    

Económicamente, los beneficiados del desastre y quemas de edificios, fueron la Congregación de Hermanos Cristianos, la Universidad Javeriana Femenina y Laureano Gómez quien cobró una suma multimillonaria, desproporcionada, por perjuicios económicos, privados y comerciales.  El gobierno con el agua al cuello, tenía que decidir los apoyos que provendrían de los gaitanistas o los liberales moderados. Darío Echandía fue elegido, en horas aterradoras, como representante común. Ospina Pérez ofreció a los liberales un gabinete binacional, una unidad interpartidista, a cambio de su no renuncia.  El pacto del diablo duró algunos meses, pocos, mientras la furia de venganza se apoderaba de los ánimos sectarios. 

Al año siguiente, como se ha historiado ya con mucho detalle, se desató una violencia política sin precedentes. Los campos fueron copados por bandas de agentes del Estado para reprimir, asesinar, liquidar a los liberales, a los enemigos de la nación colombiana. El terrorismo de Estado encontró su respuesta en la resistencia política de los liberales que se armaron como guerrillas anti-gubernamentales. Se cuenta que dos años después había 20.000 hombres armados para proteger su vida, sus propiedades, su territorio. Se cerró el Congreso (fue una verdadera dictadura). Al momento en que Laureano Gómez (íntimo del régimen totalitario del generalísimo Francisco Franco), se presenta a las elecciones, los liberales renuncian a la contienda electoral, por falta de garantías. Gómez gana en solitario. El primer año de su presidencia contabiliza unos cincuenta mil muertos, la más alta cifra hasta hoy de violencia política en un país que adolece crónicamente de la cólera pública para dirimir, de la manera peor, sus diferendos ideológicos. Fue el Monstruo, como se le calificaba públicamente, una pesadilla colectiva y de larga duración: “el Caudillo de los Difuntos”, como lo califica con su tremenda metafórica Jorge Zalamea. En Antioquia ha documentado extraordinariamente esa masacre el libro A sangre y fuego de Mary Roldán. El film Cóndores no entierran todos los días de Francisco Norden puede ser una aleccionadora imagen de lo que deseamos decir.      

        Bibliografía mínima

Braun, Herbert. Mataron a Gaitán. Vida pública y violencia urbana en Colombia. Prisa ediciones. Bogotá, 2013.

Gaitán, Jorge Eliécer. Las ideas socialistas en Colombia. FARC. Bogotá, 2017.

Ortiz Márquez, Julio. El hombre que fue un pueblo. Carlos Valencia Editores. Bogotá, 1980.

Osorio Lizarazo José Antonio. Gaitán: vida, muerte y permanente presencia. Buenos Aires, 1952.

Puente, Milton. Gaitán. Editorial ABC. Bogotá, s. f.

Valencia, Luis Emiro. Gaitán. Antología de su pensamiento social y económico. Ediciones Desde Abajo. Bogotá, 2012.

Zalamea, Jorge. El Gran Burundún-Burundá ha muerto. Festival de libro colombiano. Caracas-Bogotá-Lima, s.f.