Por Gleidys Martínez Alonso

Hoy, 21 de marzo es el Día de la Lucha Internacional contra el Racismo. Me levanté temprano y una foto de Ángela Davis saltó a mí vista: “En una sociedad racista, no es suficiente no ser racista, hay que ser antirracista”, decía.

Me ha llamado la atención, con profundo dolor, cómo, en muchas ocasiones, estas posturas, llamadas de radicales, sacan roncha a muchas personas, que digo yo, no entienden, ni se comprometen con este llamado. ¿Qué nos quiere decir Ángela Davis? A lo largo de mi vida personal y profesional he visto a muchas mujeres enojarse porque les dicen feministas blancas, o se alude al feminismo blanco o pensamiento blanco. Una postura que creo, es igual a cuando un hombre se ofende porque una canción que hace una apelación a la conciencia masculina y patriarcal colectiva les recuerda: “el violador eres tú”.

Me hace pensar en aquel recurso apelativo del que hablaba Althusser en el libro Aparatos Ideológicos del Estado. Si alguien se siente llamado ante un “¡Ey tú!” general, gritado en el vacío, es porque hay un gancho dominador que hace que cualquiera de nosotros/as pueda voltear la cara. Y esta es, precisamente, la cuestión. ¿Por qué nos ofendemos cuando alguna compañera de lucha o amiga nos llama feministas blancas, o en general alguien nos acusa de blancos?

Yo, que me socialicé como una mujer blanca, no podría decir otra cosa. Varias veces me he visto interpelada por mis compañeras de lucha, y no solo en el sentido racial, también heterosexual y clasista. Y, aunque me crie en Cuba, pienso que soy hija de Ochún, y siento que en mi corazón hay tambor africano, esto no es suficiente. No tengo las experiencias corporales del racismo, ni comparto las condiciones sociales de vida de las mujeres negras e indígenas, ni de muchas otras.

Tengamos en cuenta que un estudio reciente (2018)[1] sobre las violencias que sufren las mujeres en el Distrito de Santiago de Cali revela que las vivencias entorno a esta problemática se concentra en un mayor grado en la zona Oriente (56,4%) y en el conglomerado Centro-Ladera-Rural (67,8%), territorios donde, sabemos, se concentra el mayor nivel de población racializada y empobrecida. Desde el punto de vista del autoreconocimiento racial, las mujeres indígenas presentan las prevalencias durante toda la vida más altas en las violencias de control (43.4%), emocional (41.4%), física (33.3%) y sexual (14.1%). Las mujeres afrocolombianas les siguen en el padecimiento de la violencia de control (42.9%) y física (29.0%).

Poniendo en consideración estas variables en el marco del arreciamiento de las violencias durante la pandemia, ya sabremos cuáles fueron las mujeres más afectadas. Es importante notar que, en este sentido, seguimos contando con un subregistro en los componentes étnicos raciales, al no ser tenidos en cuenta, muchas veces, en los procesos de denuncia y atención.

El mismo estudio refleja que un porcentaje muy bajo (solo el 13.1 %) acude a alguna instancia para buscar apoyo y protección, de una muestra de 2500 mujeres. Sumemos a esto que uno de lo trabajos más vulnerados por esta coyuntura internacional fue el del cuidado que presentó de un 47%, este sector ocupa 6,7% del total de las trabajadoras colombianas, y allí 91% de la población ocupada son mujeres, entre ellas 14% son indígenas o afrodescendientes (Espino y Arenas)[2].

Y estas son cifras. ¡Qué decir cuando escuchamos las experiencias! Recientes y horribles denuncias se realizan aquí en Cali y también en muchas ciudades de Brasil concernientes a la necropolítica, como un régimen de muerte para nuestras niñas y jóvenes afrocolombianos/as y afrobrasileros/as.

No podemos seguirnos quedando con el conocimiento, seguramente muy necesario e importante, debemos actuar. Uno de los principales síntomas del pensamiento blanco es no hacer nada, quedarnos en nuestras camas calentitas pensando el mundo, no solidarizarnos, no empatizar, no comprender y hacer en el mundo desde el zapato de los otros y la otras.

Entonces no me enojo cuando una amiga, conocida, compañera alude a que una parte de mi discurso o mi acción sigue siendo excluyente o reduccionista. No puedo negar que me entristezco, porque reconocer la crueldad de una misma es muy duro. Pero por esto no dejo de reconocer que este es un primer paso para ennegrecerse, para feminizarse.

Un texto de Sueli Carneiro, famoso entre los feminismos por su denuncia a la exclusión del pensamiento de las mujeres negras, se titula así: “Ennegrecer el feminismo”. Yo digo, sí, hay que ennegrecer los feminismos, pero debemos ennegrecernos todos y todas. Es una perspectiva que, sin dudas, te obliga a mirarte por encima de tus condiciones de vida y de existencia. Pero si los seres humanos y humanas no podemos hacer esto y si, en específico, las mujeres en su diversidad no lo hacemos, si no reconocemos que por allí se nos cuela el patriarcado, el racismo y el capitalismo, ¿quién lo hará por nosotras?


[1] Salud y Experiencias de Vida de las Mujeres. Subsecretaría de Equidad de Género. UNIVALLE. OMS (2018).

[2] La crisis por la COVID19 en Colombia: Oportunidad o retroceso para la autonomía económica de las mujeres. Bogotá: Friedrich Ebert Stiftung, 2020. http://library.fes.de/pdf-files/bueros/kolumbien/16653.pdf.