Por: Óscar Pineda

Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero esta guiado por grandes sentimientos de amor”: Ernesto Guevara

El revolucionario verdadero es aquel que está dispuesto a darlo todo a cambio de nada”: Jacobo Arenas

Estas dos frases que sirven de paráfrasis a este artículo podrían ser la proclama ideal para un nuevo himno a la alegría o una oda a la esperanza, quizás los lados nucleares de algún desiderátum que invite a la praxis desinteresada, pero no por ella menos comprometida con sembrar futuro.

Fuera de cualquier sentimentalismo beckeriano, los revolucionarios entendemos el amor como un ejercicio de entrega personal por y para el pueblo humilde, ese desposeído que el gran capital exprime hasta en su intimidad más genuina. Pero, para llegar a ese nivel de compromiso, es necesario entender a profundidad -más allá de la indignación natural intuitiva- las categorías que dan vida al quehacer político y esto de por sí implica hacer un análisis crítico, no con los afanes de intelectualismo vacíos de contenido, sino más bien para con ello ilustrar el hilo conductor que guía nuestra acción revolucionaria, pues es claro que no se puede concebir un revolucionario sin acción política.

La filosofa alemana Hannah Arent conceptualiza la acción política como el espacio vital de confluencia entre la práctica generadora de utopías y los ideales de “vida buena”, queriendo imponerse discursiva y fácticamente, que en constante lucha con un orden superpuesto mercantilizado conviven en la dimensión del espacio público. Lo público entonces es la dimensión donde la acción revolucionaria se concreta, se produce y repercute para transformar.

La acción política en definitiva conlleva a tomar partido, a no quedarse quieto, a trascender la lógica del maná caído por la dialéctica desbordada de un volcán en erupción.

Decir acción política y acción revolucionaria es un pleonasmo. Esa acción revolucionaria llevada a los límites se expresa en el sacrificio por dignificar a las gentes del común, esas que como moneda de cambio nos proporcionan racimos de cariño, una extensa cadena de afectos… el amor que con amor se paga.

La acción política no puede sino estar signada por un alto contenido ético, la ética sustantiva de la palabra empeñada para cumplirse, que siente mejor compañía cuando comparte el canto y el llanto con los desterrados residuos globales del sistema.

La acción política cumple su función llenando de contenido a la política misma. Solo así con la transparencia de un cristal, desprovista del ropaje de las corruptelas y de las perversidades del ¿cuánto hay para mí? El revolucionario la brindará sin más ganancia que la del reconocimiento popular. Es en ese ejercicio que vale la pena ofrecerla, la acción política se transforma en amor cuando se usa para reivindicar al pueblo.

Amar la política tiene su contraparte sofistica que opera cuando se politiza el amor. En esto hay que hacer un paréntesis. Politizar no es en sí ni malo ni bueno, es un mecanismo que debieran tener todas las sociedades que se apelliden democráticas. Aquí lo censurable es la utilización que los grupos de poder hacen de la forma más intencionada para aprovecharse de la causa popular.

El amor se politiza de la misma manera que se ensucia la política, en la práctica mezquina del burocratismo rampante, en los padrinazgos soterrados del tráfico de influencias y en los nepotismos malsanos de las castas oligárquicas.

Politizar el amor lleva implícito una carga discursiva interesada en la manipulación, en la visión de solventar el hambre de esperanza del pueblo a corto plazo sin sonrojarse por ello, mientras triunfa los ceros a la derecha de sus cuentas bancarias.

Quien politiza el amor se presta impávido a instrumentalizar la acción política para provecho propio, edulcorando la mecánica de la jerarquía, usufructuada por las elites políticas al compás del soborno, del delicioso “Tenga lo suyo” que enriquece su pseudo-moral.

Quien politiza el amor no entiende de mayores sacrificios que el que le exige la retórica del menor costo mayor beneficio, máxima ética que desnaturaliza su condición pero que le representa gozar exponencialmente de las mieles del poder.

Quien politiza el amor escoge la politiquería como modelo de negocio, pues esto le representa enormes dividendos, básicamente en dos aspectos. El primero tiene que ver con los altos niveles de ego personal al que accede quien la ejercita, ese sentimiento inefable de sentirse imprescindible. Por otra parte, el inevitable beneficio pecuniario, a expensas del erario público, que como falso derecho aspira a traspasar a su parentela, el eterno retorno de la corrupción.

Ante esto, los revolucionarios tenemos la obligación de superar la politización del amor. Las secuelas que ha dejado esta práctica ha contaminado el tejido social, de tal manera que incluso su “modus vivendi” se naturaliza y se promueve desde los centros de poder, generando un rechazo a todo aquello que intente poner en tela de juicio la toxicidad pública de su proceder, señalándolo por demás de anómalo y que en consecuencia merece ser exterminado.

Nuestra acción política debe aceptar el desafío de aquellos que han mercantilizado el ejercicio político, sobreponiendo ante todo el amor al pueblo, ser conscientes de que no puede haber mayor enriquecimiento que aquel que se obtiene cuando se entrega de lleno a él, para estar en sintonía con lo que afirma Jacobo: dar “todo a cambio de nada”. De nada material pero el todo espiritual que nos impulsa empecinadamente a trabajar por limpiar la política con el propio ejemplo de vida, de aquel que con firmeza ha transitado el camino con honestidad.