“…os recomiendo una cosa, sabio legislador: las mujeres…

¿Por qué dentro de un gobierno democrático la mitad de los individuos, las mujeres,

no están directamente o indirectamente representadas,

mientras que sí están sujetas a la misma severidad de las leyes

que los hombres hacen a su gusto…?

Francisco de Miranda Rodríguez[1]

Por: Isabel Fonseca

El trasegar de las mujeres colombianas, en esa historia común que venimos escribiendo, tiene su rúbrica en el Pacto Histórico que múltiples partidos y organizaciones han acordado, como fórmula de unidad entre quienes apuestan a una democracia real para las mayorías, y al cese de la guerra fratricida, por vía electoral.

El Pacto Histórico sucede, tras infinidad de movilizaciones populares que evidenciaron anhelos de cambio, desde la diversidad; configurando como vanguardia a un sujeto colectivo que adelantó el paso y demarcó camino a los autosuficientes vanguardismos partidistas e individuales.

Desde ese contexto que forma y dirige esa gran convergencia política electoral, a las mujeres se nos alienta la esperanza y empezamos a encender las antorchas sobre el territorio de sombra, tendido para legitimar la inequidad de género y sus consecuenciales violencias.

Es bueno recordarle al Pacto Histórico que todas las utopías que se aspiran materializar, transformando a Colombia en una verdadera república, tienen un sustrato mujer en su base. Empezando porque heredamos el ideario republicano de la Revolución Francesa, detonada por la Marcha sobre Versalles de 1789, hecha por seis mil parisinas que se convocaron para detener a la reina y al rey. Asimismo, porque la independencia está marcada con infinidad de mujeres que ofrendaron su vida, ideas y acciones, para expulsar al yugo español.

Y, porque todo este tiempo de santanderismo en el poder, de bipartidismo oligárquico, de lumpenización gubernamental, ha sido resistido y confrontado por mujeres, sobreponiéndose a todas las exclusiones, injusticias y violencias, dirigidas sistemáticamente contra nuestro sexo y género.

Tenemos esperanza de que este Pacto Histórico nos incluya sustancialmente. Creemos que no se repetirá la historia de las parisinas marchantes, desoídas en su petición de abolir, tanto la aristocracia masculina, como los privilegios de los hombres; ni mucho menos, la tragedia de Olimpia de Gouges, quien por redactar la “Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana” fue guillotinada.

Tampoco, creemos que se reeditarán los patrones patriarcales que nos han impuesto los legisladores colombianos, desde el Congreso de Angostura, en 1819, hasta la Constituyente de 1991.

Estamos mirando al Pacto Histórico en perspectiva violeta, desde esa tonalidad nos pensamos una plataforma que empieza con la inclusión paritaria en las listas al Senado y Cámara; y con una fórmula presidencial dual.

Más allá, nos vemos aprobando una reforma constitucional que reconozca el trabajo doméstico como generador de riqueza nacional y establezca un mecanismo idóneo para su compensación económica; al mismo tiempo, que ordene la implementación de espacios para la comunitarización del trabajo del hogar, así como del cuidado de niñas, niños, personas de la tercera edad y en condiciones de discapacidad, recaídos fundamentalmente sobre las mujeres.

Una reforma constitucional que enuncie la paridad obligatoria, tanto en organizaciones políticas, como en cargos de elección popular y responsabilidades de Estado y gobierno.

Una reforma constitucional que genere institucionalidad para la promoción, protección y desarrollo de los derechos de las mujeres; suba a la Carta Magna la obligación del Estado de luchar contra el patriarcado en todas sus manifestaciones; consagre la soberanía que tenemos sobre nuestros cuerpos; tipifique todas las formas de violencia de género y transforme leyes, procedimientos y protocolos, que traban la prevención de estas violencias e impiden una penalización debida del feminicidio y la agresión sexual.

En ese orden, diferenciar los ataques sexuales contra los cuerpos feminizados que presentan carácter de tortura y se ejercen con objetivos políticos, de aquellos que se generan desde la psiquis patriarcal social.

Desde la perspectiva violeta, también nos soñamos destronando la heteronormatividad, reconociendo la sexualidad como diversa y agrandando el parámetro de familia para admitir que esta célula social supera los lazos consanguíneos y la binaridad hombre-mujer.

No es demasiado lo que aspiramos con el Pacto Histórico, simplemente, reclamamos pasar la página de la historia que transforma a medias y para unos cuantos, sobre el sacrificio y el trabajo pleno de otros y otras muchas. ¡Ya nos hartamos de ser las proletarias del proletariado!

¡Hasta la próxima!


[1] Precursor de la Independencia en la Patria Grande, en carta dirigida al Alcalde de París, el 26 de octubre de 1792.