Rubín Morro

Esta semana recibí un mensaje de un oficial de las Fuerzas Armadas que hizo parte del Mecanismo de Monitoreo y Verificación del Cese del Fuego entre el Estado colombiano y las extintas FARC-EP. Ambos fuimos contrincantes y firmantes del Acuerdo de Paz. Leí varias veces este mensaje desentrañando lo que quería decir este oficial, ahora en uso de buen retiro, como la mayoría de soldados y policías que hicieron parte de este mecanismo garante del Cese del Fuego Bilateral y Definitivo. Qué coincidencia, casualidad o conveniencia que le hayan dado la baja a muchos. A otros los han sacado o enviado lejos. Lo primero que me escribió fue:

—No sé como logramos, Martín, el Acuerdo de Paz, porque el coro que nos hacían repetir en los entrenamientos era, “guerrilleros mataremos y su sangre beberemos”. Y agrega — yo nunca entendí esa consigna, señor Cruz, y menos cuando fui designado a participar en este mecanismo de paz. Terminó escribiéndome…

—Martín, “solo sé que fue un imposible logrado y debemos protegerlo. Felicitaciones”.Por eso, quiero hoy con esta espontánea columna homenajear este mensaje que me abrazó el alma…

Sí, un imposible hecho realidad. Luego de 53 años de confrontación armada, lo habíamos logrado. Firmamos el Acuerdo de Paz. Los combatientes de ambos lados lo concebíamos como un sueño muy complejo de realizar, puesto que la acción bélica crecía todos los días, aumentaban sus efectivos, tanto guerrilleros como soldados. Se introducía tecnología de punta a la maldita guerra. Asimismo, la guerrilla elevaba el combate a otros niveles. Así es la dinámica de la guerra, la lucha por sobrevivir. Nos enseñamos a las detonaciones, a los disparos, nos acostumbramos a ver la mueca de la muerte. Eran normales los caídos, los heridos, los desaparecidos bajo las poderosas bombas de la confrontación. Hoy éramos y ya mañana apenas un recuerdo. El sacrificio de jóvenes colombianos, hombres y mujeres, que hacíamos fuego en la distancia, sin saber quién había al otro lado. Solo un propósito, un ideal, que nos llevaba momentáneamente a una efímera victoria o la muerte segura. Vivir o morir era la disyuntiva. Por lo tanto, dar este paso hacia la construcción de la paz no fue nada sencillo para ninguna de las partes.

No fue nada fácil llegar a este acuerdo de vida. Un largo camino en medio de la guerra, en la que ilusamente llegamos a pensar que derrotaríamos al adversario. En eso nos comprometimos las fuerzas enfrentadas, una por imponer la concepción del Estado y la otra por resistir y avanzar para derrotarlo, con una idea digna de país, la equidad y la igualdad social. Espinoso y laberíntico el sendero para llegar a la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera. Marquetalia, La Uribe, Cravo Norte, Tlaxcala, El Caguán y finalmente la mayor de las Antillas.

Fuimos y somos actores políticos, no delincuentes comunes. Eso quedó muy claro en el Acuerdo Final de Paz. A los delincuentes se le aplica la justicia ordinaria. El sistema integral o Tribunal para la Paz nos ofrece sanciones propias si aportamos verdad plena, reconocemos nuestros delitos y si nunca más volvemos a la guerra. Nunca regresaremos a esta horrible noche.

Sabíamos que las guerras siempre terminaban en una mesa de conversaciones, excepto algunas pocas excepciones. ¿Pero cómo allanar esta posibilidad? Cuando los odios, el estigma y la guerra psicológica en la contienda militar era igual de mortal que la misma metralla.

Y lo más importante, nunca nos imaginamos los combatientes dar cuenta de nuestros actos a la sociedad, principalmente a los ocho millones de víctimas por nuestras afectaciones. Nunca nos imaginamos estar inmersos en el reconocimiento de responsabilidades y aportando verdad plena y, sobre todo, garantizar la No repetición. Aceptando y esperando las sanciones restaurativas, reparadoras y prospectivas en el marco del Derecho Internacional Humanitario (DIH).

Para los que vivimos inmersos desde muy jóvenes en el torbellino de la guerra, hace 40, 30, 20, y 15 años, era impensable entender hace 10 años que hoy estaríamos en una nueva vida, un nuevo espacio de lucha abierta y legal. El Acuerdo de Paz nos había cambiado para siempre la vida incierta de la guerra por la esperanza. Se había impuesto la palabra contra la muerte, contra las dudas. Hoy la palabra y el consenso es más poderoso que los fusiles.

El proceso de paz es una inmensa acción política como ninguna otra lograda en los últimos 100 años. El Estado colombiano y la otrora insurgencia de las FARC-EP habíamos decidido terminar con la guerra. Siempre fue nuestra bandera encontrar una salida civilizada a la muerte entre colombianos. Y esta premisa de paz sentó a militares y guerrilleros alrededor de una enorme mesa y un tablero para construir la teoría sobre el tercer punto del Acuerdo Final de Paz, Fin del Conflicto. Gran paso dado en la construcción de una Colombia reconciliada y en convivencia.

Nuestra delegación de paz en La Habana cumplía un mandato de todo el colectivo de nuestra organización expresada en las Conferencias Nacionales Guerrilleras: construimos con el Estado este Acuerdo de Paz, ambas partes éramos conscientes del daño causado y por eso nosotros mismos creamos el Sistema Integral de Verdad, Justicia, reparación y No Repetición (SIVJRNR); y nos comprometimos sin dilación a reconocer nuestras responsabilidades, aportar verdad plena y en buscar las personas dadas por desaparecidas en el marco del conflicto social y armado.

No se entiende por qué ahora se escandalizan los múltiples actores o intervinientes en la guerra, no solo quienes empuñaron las armas, sino quienes la financiaron, quienes inspiraron y organizaron el paramilitarismo, los que dieron las órdenes, los expresidentes, senadores, empresas, los llamados terceros, que son los de primera línea, quienes le huyen a la Jurisdicción Especial, quienes quieren acabar con la JEP, a los que desvían la atención para guarecersen en sus inmunidades de una justicia impune, preclusión, vencimiento de términos para burlar sus responsabilidades en la ejecución de sus atrocidades contra los DDHH.

Definitivamente Colombia atraviesa uno de los momentos más importantes de su historia, construyéndose como una nación moderna, democrática y participativa. Con un proceso de Paz asimétrico, con adversidades institucionales en su eficaz implementación. Hemos avanzado aunque no tanto como está concebido en lo pactado. La construcción de la paz está sobre inmensas columnas que la sostienen. Tenemos profunda fe en este nuevo proceso político, creemos que la sociedad en su conjunto conquistará la paz. Estamos subordinados a los mandatos del Acuerdo Final de Paz.

La firma del Acuerdo de Paz nos ha permitido escudriñar en la historia y sacar nuestros lastres a la superficie, establecer las causas, los efectos de una contienda militar que cercenó la vida de millones de personas y mutiló los anhelos de varias generaciones, ahogadas en las desgracias de la intolerancia. Hoy reconstruimos nuestro tejido social. Nada fácil ha resultado. Lo sabíamos por eso, es mejor un proceso de paz con dificultades que una guerra perfecta.

Nuevamente llamamos a todos los múltiples actores de la pasada confrontación armada a comparecer ante la JEP y la CEV. No pongamos obstáculos a la paz. Asumamos el reto de construir una nación amable y soberana. No claudicaremos, seguiremos aceptando nuestras responsabilidades porque esto fue lo que firmamos en La Habana. Respaldemos a la JEP. Nunca nos imaginamos construyendo la paz junto a la sociedad, como siempre lo soñamos. ¡Un imposible hecho realidad!