Rubín Morro

Cuando firmamos el Acuerdo de Paz, lo hicimos para no ver más jóvenes despedazados, para no ver desaparecer sus cuerpos, esparcidos sus extremidades en cientos de metros, con sus humanidades atravesadas por esquirlas de 80 y 100 centímetros. Nos recuerda esto cuando no encontrábamos ni el rastro de nuestros compañeros, ni siquiera una gota de sangre, perdidos en las fauces de aquellos huecos profundos de hasta de 30 metros de diámetro, árboles inmensos arrancados de raíz, partidos a la mitad. Son bombas de TNT, de 250 y 500 kilos de poderoso explosivo que provoca devastación de la naturaleza afectando, además, la biodiversidad. Conocí de ataques aéreos en el Chocó de flotillas de cinco aviones supertucanos de hasta 10 toneladas, con destrucción de 20 a 40 hectáreas de montaña. Luego llegaban los helicópteros artillados a ametrallar sin piedad acabando, rematando con lo que hubiera quedado con vida. Acá no existe la proporcionalidad del Estado, es la locura contra la vida. No hay razonamientos, solo la hecatombe.

La verdad, esta persistencia de la guerra nos está poniendo ante nuevos acontecimientos, los cuales creíamos que terminarían con el Acuerdo de Paz. El Estado no puede darse el lujo, afincado en la soberbia, de descartar ningún interlocutor violento. Necesitamos la paz completa con todos los sectores involucrados en esta nueva fase de la guerra, por la que creímos haber superado. Hoy la realidad es cruel y persistente.

Es bien aterrador esta modalidad de combate. Cuando usted escucha el avión en picada, ya ha lanzado las bombas. Es fugaz, y en un solo instante de milésimas de segundo, mueres o de suerte quedas con vida. Estos detalles los conocemos quienes hemos regresado de ese infierno para contar la historia. Omito detalles macabros de cómo quedan los cuerpos en respeto por los caídos. Una verdadera carnicería indescriptible, que aún hoy no puedo olvidar. Como nos sucedió en el año 2012 sobre el río Andágueda, Chocó. Nos bombardearon a las 04:00 de la mañana. Junto a un inmenso árbol derribado por la explosión, estaba Carmenza, una guerrillera, atrapada bajo aquel follaje caído. Traté de sacarla y me fue imposible. Me dijo, “no me dejes”. Son instantes difíciles, o ella, o yo. A los tres días volvimos a este sitio y solo encontramos un mechón de su hermosa cabellera y su moño rojo tirado. La habían rematado estas tropas atacantes. Esto no puede seguir pasando en Colombia, salvajismo y sevicia.

La utilización de los bombardeos aéreos en los conflictos armados internos es una medida equivocada y desproporcionada en el uso de la fuerza. Su idóneo campo de batalla son las guerras convencionales y no los conflictos internos. No nos alegra para nada que sigan muriendo colombianos que, como todos, tienen anhelos y sueños que cumplir.

Los bombardeos tienen dos finalidades fundamentales: de un lado, aniquilar fácilmente al contrincante y, por el otro, diezmar la moral del enemigo, con sus también efectos psicológicos complejos, en ocasiones irreparables. Solo una alta moral a toda prueba mantiene en alto la templanza de los bombardeados. Nosotros aguantamos la mayoría de estos ataques traicioneros en la oscuridad, pero mucha de nuestra guerrillerada optó por separarse de la lucha armada.

Los ataques aéreos necesitan excepcional inteligencia de combate para que los objetivos primarios no deriven en daños colaterales como, por ejemplo, impactar contra la población civil o incluso contra las propias tropas amigas. La inteligencia de combate en la selva tiene sus limitaciones, a menos de que haya infiltración en la fuerza atacada. No existe otra forma de conocer la composición de los objetivos blancos del ataque. Cuando se toma la decisión de un ataque aéreo, se pueden estar cometiendo grandes errores de afectaciones mortales, como ha estado aconteciendo con estas acciones militares sin medir las consecuencias. Lacónicamente, dice el ministro de la guerra que “no había forma de verificar si habían niños”. Pues no ataquen, nos hubiéramos evitado estas muertes lamentables, de acuerdo a las normas internacionales por no tener precaución y clara distinción del objetivo.

El Estado y sus Fuerzas Armadas deben saber, como gobierno nacional y por sus redes de inteligencia, el rango de edades reclutables por estos grupos armados y, antes de ordenar estos ataques, debe tomar todas las precauciones posibles y la distinción humanitaria, analizar la eventualidad de la presencia de niños y niñas en estos objetivos en la selva. Ya van varios ministros de defensa cometiendo idioteces, los mismos errores. Y lo que primero declara Diego Molano, ministro de la guerra, es que, así sean menores de edad, son objetivos militares. Los califica de máquinas de guerra. Esto nos está indicando que las concepciones de Estado se aplican, independientemente de quién esté al frente de la institución.

El nuevo ministro de la guerra, Diego Molano, fue director del ICBF. Qué paradoja, ahora los niños y niñas que este señor defendió e impulsó, dicho en sus envalentonadas palabras, que “eran máquinas de guerra justificando con este esperpento la matanza de estos jovencitos. El artículo 44 de la Constitución, la Convención de los Derechos del Niño y su protocolo facultativo sobre la protección de los niños en los conflictos armados, usted más que nadie conoce el código de infancia y adolescencia (Ley 1098 de 2006). Usted sabe de las normas del Derecho Internacional Humanitario que protegen civiles en medio de conflictos armados internos y obligan al Estado a tener un especial cuidado con niños, niñas y adolescentes, incluso aquellos que han sido reclutados por grupos armados”. (Acápite de la carta de Jorge Rojas R, ex secretario de Integración Social de Bogota Humana, enviada al ministro de la guerra Diego Molano).

El bombardeo como método de combate es lícito; no obstante, para que sea legítimo, requiere el cumplimiento de unos presupuestos señalados por el Derecho Internacional de los Conflictos Armados, con el fin de preservar los principios de Necesidad Militar, Humanidad, Distinción, Proporcionalidad, Limitación’, al tiempo que ofrezca una Ventaja Militar concreta y directa.https://repository.unimilitar.edu.co/bitstream/handle/10654/11042/trabajo%20bombardeo%20y%20DIH%20%281%29.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Los signatarios de la paz no queremos más guerra en Colombia. Sin importar la razones y las justificaciones en esta nuevas muertes de menores de edad en otro infame bombardeo, solo me resta decir que: demósle la importancia al Acuerdo de Paz para que cesen todas estas violencias, vengan de donde vengan. Demósle una oportunidad a la vida, a la esperanza y a los sueños apagados a estos hijos menores de Colombia. No más estupideces en el fácil juego de la guerra.