Por: Óscar Pineda

Si nuestros muertos hablaran, dirían UNIDAD, UNIDAD, UNIDAD. Ninguna otra consigna sería más urgente que esa, precisamente ahora que los perros y halcones quieren morder el rayito de esperanza que ha traído el acuerdo de La Habana.

El gran Martín Caballero diría que no hay mejor manera de luchar contra la injusticia que hacerlo juntos. Que cualquier diferencia puede saldarse si el horizonte que se tiene no es otro que brindarse al pueblo sin reservas.

Iván Ríos también diría lo suyo: enfrentar al enemigo con ímpetu y valentía solo servirá si se mantiene la línea de la perseverancia en concordancia con una férrea voluntad de unirnos aun en las condiciones más extremas.

Cristian Pérez sin duda hubiera puesto su voz y sus melódicas canciones al servicio de la causa de la unidad como siempre lo hizo, visionando nuestro partido, vistiéndose constantemente con los colores vivos de sus flores perijareñas de las que tanto habló y que resultan ser los mismos colores de la esperanza y la dignidad.

El camarada Raúl Reyes se hubiera manifestado en la misma dirección: la mejor manera de fortalecer un proceso revolucionario es hacerlo construyendo unidad. No se puede concebir un partido que aspire a ser alternativa de poder sin esa condición.

La camarada Lucero Palmera no lo dudaría un instante y con su voz en modo resistencia nos exhortaría a dialogar sin antipatías de sordos, con la certeza de no tener la verdad absoluta, fuera de mesianismos absurdos, contrarrevolucionarios y dañinos, que con beneficio de inventario capitalizan los enemigos de la paz.

“El mono”, con su bravura y su integridad a prueba de fuego, gritaría: unidad, unidad, unidad. Con soles de primavera pondría su propio ejemplo de consecuencia entre pensamiento y acción para decir que entre mayor sea el grado de unidad que tengamos, mayor será la posibilidad de alcanzar los fines que nos hemos propuesto como partido.

El camarada Alfonso Cano invocando el nombre de Bolívar y su enorme legado señalaría -con el empecinamiento que solo él sabía tener- que la dialéctica de la historia enseña que la táctica del avasallamiento que se producen por las luchas intestinas solo sirven de combustible para que terceros intencionalmente transformen la crítica en linchamiento político y contra eso enarbolaría las siempre optimistas banderas de la unidad.

Por su parte, Jacobo, con su inteligencia perspicaz y su irreverencia marcada, tomaría sin dilaciones el camino de la unidad. Él, que en sus disertaciones más elocuentes creía que ella era el poderoso elemento que nos hace invencibles y entendía que ninguna fuerza sobra a la hora de intentar romper las cadenas de la opresión y el oprobio, en ese mismo sentido incansable, elevaría su verbo en favor de la unión de todos los que ayer como un solo cuerpo combatían juntos.

Nuestro Manuel sería el primero en ponerlos cara-a-cara. Con la sabiduría de un padre escucharía, con la astucia de sus años hablaría la voz de su experiencia. Exigiría unidad. Bajo su mirada imperturbable de maestro de vida y su corazón rebelde alumbraría el camino de la sensatez. Sus manos sumarían y no restarían en la causa de la justicia donde siempre militó. Recordaría que un partido revolucionario es guía de su pueblo y en el manantial de su sapiencia convocaría a no dejarse llevar por personalismos. Jamás claudicaría en el empeño de vernos siempre unidos, siempre leales, siempre combativos como hermanos, como revolucionarios que nunca dejaremos de serlo.

UNIDAD, UNIDAD, UNIDAD, eso reclamarían en estos momentos nuestros muertos.