Maykol Quintero Arias y Raúl Ernesto Albán

Subcomisión Distrital Ambiental

La manera en que las catástrofes ambientales afectan la vida de la humanidad no es homogénea ni equitativa; mucho menos lo es la responsabilidad que cada ser humano tiene en su origen.

García Linera

En el contexto mundial actual dividimos de manera indiferente lo natural y lo humano debido a una herencia desafortunada de discursos como el positivismo, mecanicismo y el dualismo cartesiano. Esta visión se replica en la concepción ciudad – campo, y nos ha conducido a un conflicto que hace de la ciudad un espacio determinado para la homogenización cultural que favorece el control político de toda sociedad. Esta configuración homogenizante de la vida en la ciudad se encuentra además enmarcada en el sistema económico dominante, el capitalismo. Este sistema, a su vez, evidencia la crisis de manera concentrada en las ciudades, ya que es el espacio donde se acumula la explotación, el capital y el despilfarro energético, situación que nos conduce al cambio climático acelerado, la constitución de ejércitos de mano de obra disponible para el capital, la muerte de millones de trabajadores por problemas asociados a la calidad del aire, sanidad, acceso a servicios y también disponibilidad de alimentos. Es decir, la ciudad es la expresión evidente de la contradicción del capital y la naturaleza. En consecuencia, los habitantes son conducidos a un estado de alienación en el que se desconoce su dependencia plena a los ecosistemas, condición muy funcional para continuar en el mito prometeico del “desarrollo” o “progreso” sin límites.

Observamos cómo las ciudades se expanden territorialmente, consumiendo comunidades rurales, territorios campesinos, incluida su cultura, transformando las relaciones ambientales (cultura-ecosistema), sin tener previstas las limitaciones de su entorno (límites ecosistémicos), ignorando e “independizándose” de la naturaleza y sus procesos, perdiendo así la consciencia del territorio (como espacio dinámico entre el ser humano y el ecosistema). En estos escenarios donde el nivel de supuesto aislamiento de la naturaleza es tan grande, sus habitantes no conocen el nivel de dependencia de los bienes comunes, ni los niveles de extracción de bienes naturales para su sobrevivencia, ni los daños ambientales generados por sus residuos. Ignoran también la relación de explotación entre humanos y la presión a la que se somete el ecosistema para mantener la insostenible ciudad. Por estas razones, se puede evidenciar cómo esta “idea de desarrollo” produce una crisis civilizatoria, una evidente contradicción entre el capital y la vida.

La crisis civilizatoria se pone en evidencia hoy de diversas formas: la crisis alimentaria, en la que fallecen miles por inanición mientras se desechan millones de toneladas de alimentos; la crisis climática que cambia progresivamente los fenómenos extremos climáticos alrededor del mundo afectando casquetes polares, páramos, ecosistemas de alta montaña e incrementa el nivel del mar; la pérdida de la biodiversidad y la cultura que genera conflictos socio ambientales y territoriales, entre otras. Es así que tenemos comunidades enteras luchando por su territorio, por sus ecosistemas, por su economía, por autonomía. Esto dentro de un modelo económico que da privilegios a las transnacionales en la explotación de los bienes comunes de la patria, generando una avalancha de nuevos conflictos, problemas y situaciones que son enfrentadas por las comunidades a diario. Ejemplo de ello pueden ser las organizaciones campesinas del sur del Meta contra las petroleras, el campesinado del Magdalena Medio contra los palmeros o las comunidades de Ituango contra la explotación del río Cauca por HidroItuango.

Con el objetivo de comprender con más detalle el problema, se debe entender que la dimensión ambiental, es decir, lo ambiental, son las múltiples interacciones que suceden entre los ecosistemas y las culturas que los habitan y los transforman, interacciones que generan tensiones por los intereses que se enfrentan en el desarrollo del capitalismo, ya que, como lo plantea Álvaro García Linera, la manera en que las catástrofes ambientales afectan la vida de la humanidad no es homogénea ni equitativa; mucho menos lo es la responsabilidad que cada ser humano tiene en su origen, y esto precisamente viene configurando desde hace unos años ya un campo de organización y movilización que nos señala un espacio de trabajo que muchas veces es subestimado. Es innegable la crisis ambiental en la que estamos inmersos, pero lo que no es tan evidente ante la sociedad son las raíces de esa crisis ambiental y el carácter clasista que tienen sus impactos en nuestras comunidades.

Se han construido modelos de interpretación de esa crisis ambiental funcionales a intereses del statu quo, interpretaciones que se reducen a visiones tecnicistas que ubican el problema en tecnologías contaminantes o en la sobrepoblación, ocultando o desconociendo el papel del capitalismo en la depredación de la base material de subsistencia de toda la especie humana y, por consiguiente, de todas las especies en la tierra. En el caso colombiano, estos conflictos evidentemente se han intensificado ante la avanzada minero-energética y el agro extractivismo que han impulsado los gobiernos de nuestra patria, y que tienden a profundizarse a medida que aumenta nuestra dependencia a la deuda y a los designios del capitalismo trasnacional.

El agua, la biodiversidad y los múltiples usos del suelo son entregados sin misericordia a la construcción de los mega proyectos de infraestructura, de desarrollo, minería, gentrificación y muchos más, afectando históricamente a nuestras comunidades, las cuales han avanzado en la organización en torno a reivindicaciones puntuales de defensa del territorio, su entorno y su cultura, luchas que acompañamos y que acompañaremos mientras se mantenga esta errada imposición del “desarrollo”.

Definitivamente las nuevas formas de hacer política nos exigen asumir debates que están vigentes en nuestra sociedad y en el mundo, y que por diferentes razones no hemos podido dar con el juicio y el detalle que requieren. Por ejemplo: ¿Es necesario el Fracking en Colombia?, ¿Es compatible en el campo colombiano las ZIDRES y las ZRC?, ¿Se debe aprovechar la energía potencial de nuestra gran riqueza hídrica?, ¿Se debería construir otro puerto con mayor capacidad en el Pacífico?, ¿Debemos tener Parque Naturales Nacionales sin campesinos? ¿Qué ordenamiento territorial necesitan nuestras ciudades? Estas y muchas otras preguntas son el vivo ejemplo de la necesidad de discutir lo que entendemos por desarrollo y sus consecuencias. Por este motivo, buscamos a través de estas reflexiones llamar la atención de la militancia sobre la necesidad de leer y construir más elementos teóricos para interpretar la compleja situación que afronta la gente del común ante el evidente deterioro eco sistémico que produce el paradigma del desarrollo y el crecimiento ilimitado del capital.

Consideramos en esta discusión un elemento central la conceptualización de lo ambiental, desde lo integral y desde lo sistémico para ajustar un discurso y expresar de manera acertada nuestra propuesta política que, si bien cuenta con un reconocimiento de la importancia de la base material de la vida, adolece de elementos teóricos y discursivos acordes a nuestra identidad política e ideológica. A partir de esta premisa, es importante comprender que el ambiente, medio ambiente, ecología, naturaleza, tierra, vida silvestre o salvaje, ecosistema y un sinfín de conceptos más son diferentes y su uso no puede ser indiferente. El acumulado histórico de las ciencias naturales, la ecología, el marxismo, los debates que se han propiciado desde el ambientalismo, el activismo ambiental y nuestras experiencias organizativas comunitarias nos permiten hoy sintetizar este propósito que proponemos abordar en próximos documentos.