Rubín Morro

Una nación que no se eduque para construir la paz, con humanismo, solidaridad y amor por la vida, será muy complejo construirla. Debemos pasar la página de los odios y la venganza producto de las secuelas de la confrontación armada y el estigma de quienes se oponen a la paz y la reconciliación nacional.

Muchas personas se han dedicado a criticar el Acuerdo de Paz, no pensando en lo positivo que es para el presente y el futuro de Colombia. Lo hacen amarrados a las subjetividades, de lo que pudo haberse firmado y no fue. No creamos que las extintas FARC-EP, pensaban que tanto las conversaciones, el acuerdo y su implementación sería como una luna de miel. Hubo limitaciones, salvedades que el gobierno que no quiso discutir, según eso, por “razones de Estado”. Fue precisamente por estas circunstancias que el Acuerdo Final fue blindado y hace parte de la Constitución Política de Colombia.

El Acuerdo de Paz tiene múltiples interpretaciones y lecturas, unas razonadas. De entrada, se reconoce la terminación de una guerra de más de 53 años. Si no hubiera sido por el proceso de paz, estaríamos contando 57 años de confrontación armada.

El abandono de las armas de más de 13.000 guerrilleros y guerrilleras, la dejación de 9.224 armas, la destrucción de 48 toneladas de explosivos que nunca más volverán a la acción bélica, la reincorporación a la vida civil de toda la militancia de la otrora insurgencia armada, la visibilización por primera vez de un universo de siete millones de víctimas. Con el Acuerdo de Paz se han salvado miles de personas. Esto es lo tangible y la esperanza de construir un nuevo país con unas herramientas básicas que le permitan con toda seguridad a la nación colombiana transitar el camino de la paz completa, la reconciliación, la convivencia, a pesar de las gigantescas dificultades en la implementación del Acuerdo Final de Paz.

Con el Acuerdo de Paz pudimos mirar hacia el pasado y preguntarnos ¿Por qué nos pasó esta horrible noche? ¿Cuáles fueron las causas y las heridas por las que hoy debemos ocuparnos todos y todas? Es monumental este proceso de paz, nos ha permitido reencontrarnos en la diferencia. ¿Por qué hoy queremos minimizarlo? ¿Será que nos hizo falta más guerra? Fueron cinco décadas, varias generaciones. ¿No será que ya es suficiente?

Para otros existen otras lecturas, incluso para los que se hacen llamar “eruditos en la materia”. Que fue un acuerdo de paz imperfecto, cuando la comunidad internacional dice que fue un ejemplo y una enseñanza para la humanidad. Que se negociaron impunidades y que se le entregó el país a las FARC, cuando para evitar impunidades se creó El tribunal para la paz, la Comisión de la Verdad y la Unidad para la Búsqueda de Desaparecidos. Que muchos ex guerrilleros están nuevamente en armas y el mismo Gobierno reconoce que hay más de 10.000 ex guerrilleros en el proceso de paz . Que la extinta guerrilla no ha entregado los bienes producto de su economía de guerra, pero el Estado el pasado 15 de diciembre subastó a través de la SAE la 255.040 mil gramos de oro por valor de U$ 11’285.643, más de 40.630 millones de pesos. Y ¿cuanto será el valor de las 390 toneladas de armas destruidas certificadas por la ONU en la cual participaron también las Fuerzas Armadas colombianas? Este es el mayor aporte en términos de valores monetarios aportados a la paz.

Acá en estas lecturas sobre el Acuerdo de Paz pueden haber varias cosas. Una, los que saben qué significa una confrontación armada, la han vivido, son víctimas y valoran el Acuerdo de Paz como una oportunidad para la vida y la construcción de un país amable. Otros que fungen de sabiondos no saben qué es la guerra y la añoran, no la han vivido, no son víctimas, jamás han vivido en los territorios y les importa poco la violencia, que entre otras cosas persiste de múltiples formas. Y finalmente, tres, nos falta toda la pedagogía de paz del mundo. Muchos no conocemos o no aceptamos el nuevo momento político. Nos importa muy poco los asesinatos contra quienes construyen patria.

Los avances en este proceso de paz son muy importantes. No es como fue planeado y concebido, pero también los adversarios de la vida han hecho de este Acuerdo de Paz una venganza contra quienes como la otrora insurgencia le apostaron a la paz. Pareciera que hubiese un solo actor, mientras hay cientos agazapados, pidiendo “justicia ejemplar” contra solo una de las partes. Ya no tomando como base una justicia reparadora y prospectiva, sino una venganza política.

¿Por qué deformaron lo acordado en La Habana? ¿Por qué separaron a los ex presidentes de comparecer ante la JEP? Si no deben nada, como dicen ¿por qué tanto miedo a la verdad? ¿Por qué tanto miedo del presidente a que venga Mancuso a aportar verdad? ¿Qué saben acaso estos ex jefes paramilitares?

La verdad y el reconocimiento de responsabilidades en el marco del conflicto social y armado debe ser de todos los múltiples actores, esa es la paz completa. No se trata solo de exigirle a una de las partes y tampoco se trata de que descarguen las responsabilidades en policías y soldados rasos y de baja graduación, quedando por fuera los altos mandos policiales y militares, los cuales dieron las órdenes. Sin duda, la pedagogía de paz debe comenzar por quienes tienen que implementar el Acuerdo Final de paz y el mismo Estado en sus más encumbrados representantes.

Finalmente, debemos hacer una valoración sensata de la importancia de la paz. Quienes despotrican del proceso de paz calificándolo de imperfecto deben pensarlo bien, porque es mejor un acuerdo de paz imperfecto que una maldita guerra perfecta que nos desangró por más de medio siglo. Y aún persiste porque el Estado no ocupó las zonas dejadas por la extinta guerrilla y por no implementar lo acordado en La Habana. Es apenas justo esta reiteración. Por eso, cuando elaboré mi primera columna en este espacio, escribí: “que los que tenemos la oportunidad de escribir sembremos la cultura de la paz, que la gramática sea el escudo de la reconciliación, que les escribamos a la paciencia, a la cordura, a la sensatez y a la justa causa del sendero de una nación reconciliada en un nuevo país de oportunidades y democracia participativa”.