Rubín Morro

Hoy, para muchos de nosotros, el Acuerdo de Paz se parece más a la muerte que a la vida. Especialmente para aquellos cuyos nombres son casi anónimos, mujeres y hombres de a pie, y hoy sin botas de guerra, personas que jamás estarán en los titulares de los diarios, hasta el día que mueran, asesinados en cualquier calle o rincón de Colombia. Nosotros sabemos en carne propia lo horrorosa que fue. Sabemos, aceptamos, reconocemos y lamentamos el sufrimiento que provocamos a muchos, incluso a inocentes. Es un puñal en el pecho. Lo recordamos tanto como el Acuerdo de Paz. Recordamos la guerra demasiado bien

Timo

¡Un llamado urgente, humano y doloroso, un grito de auxilio que atraviesa el alma! escribió una ferviente defensora y amante de la paz en su Twitter hoy en la mañana. Un desesperado llamado a que paren las masacres. Es un mensaje de auxilio de todos quienes estampamos la firma de la paz creyendo en la vida, derrotando la guerra y confiando en la palabra empeñada del Estado y de toda la institucionalidad.

Es verdad, ya no estamos con las botas de guerra puestas, hoy somos anónimos de un sueño, de una esperanza que sucumbe ante el grito fugaz de la intolerancia. Solo nos nombran cuando caemos con la frente erguida con aquellas manos extendidas con ramos de olivo, que se han tornado en coronas luctuales para el último adiós.

Viene a vuestra memoria aquel 2 de octubre, cuando dudamos de que era mejor construir la paz y estúpidamente preguntamos que si la queríamos y cuando pudo más pretender que la irracionalidad hiciera “trizas la paz”, millones de amigos de la vida y de la paz lloramos como niños y la incertidumbre nos acongojó ante el hecho trágico de herir mortalmente el naciente proceso de paz.

¿Dónde quedó aquel clamor patriota por la paz amenazada? Sin duda pudieron más las mentiras, las razones infundadas, el miedo fabricado para gobernar, imponiendo los odios, la venganza y el estigma, para hilvanar un nuevo ciclo del horror y el asesinato sistemático y aleve contra quienes firmamos la esperanza y por la vida en contra de la muerte y contra quienes construyen patria en medio de los obstáculos y las vicisitudes.

Hoy la realidad ante la muerte violenta debe sacudirnos a todas y todos los colombianos. Somos la mayoría de este país que sufrimos las consecuencias de una guerra que persiste y cuyas causas radican en la NO implementación total e integral del Acuerdo de Paz. ¿Dónde están las multitudes que apoyaron el proceso de Paz? ¿Dónde están los defensores de la vida y los que plantearon en La Habana una amplia y participativa democracia en Colombia?

Unos estamos firmes hasta la muerte, es la verdad. Más de 255 asesinados, desplazados, desaparecidos y amenazados nos dan la autoridad para decirlo y seguir sin doblegarnos en esta tarea por la vida. A otros y otras las consumió el miedo, el chantaje, qué contradicción. Es que no es tan fácil luchar por la paz en Colombia. Y en el tercer grupo encontramos a quienes persisten mantener el país incendiado, donde el asesinato político acecha desde las sombras y en los territorios cunde la anarquía por el control de las rentas ilegales a sangre y plomo.

Toda la nación, hace cuatro años, vibró, soñó. Se formaron carnavales callejeros. Los grafiteros hicieron gritar las paredes. Millones de personas lucieron la camiseta de paz. Los abrazos de propios y extraños se fundieron como el acero. Las risas, el cántico y el goce se desbordaron en improvisadas caminatas, era el saludo a la paz y era posible el sociego de millones que jamás hemos tenido la dicha de ser felices, con una paz estable y duradera.

Hoy la realidad tiene un sabor metálico, a hollín tóxico. La incertidumbre que hoy nos cobija, necesita de unos líderes y una sociedad que se levante como un solo puño, un solo corazón que clame una paz completa, que nos tomemos las calles y plazas de Colombia, entonando nuestro himno y en cada pecho con el coro de millones de voces, le cantemos a la vida, a la reconciliación de la familia colombiana.

Las mayorías debemos movilizarnos para parar esta barbarie. Basta de masacres y asesinatos. Basta de odios y estigmas. Basta ya de venganzas. Basta de exclusiones, muerte y dolor. Necesitamos solidaridad de la comunidad internacional. No dejemos escapar nuestros anhelos de paz. Protejamósla como el más preciado derecho universal. Estamos a tiempo todavía, todavía podemos acariciar un nuevo sol. Abracemos el Acuerdo de Paz, es lo único que tenemos que nos puede salvar. Colombia no puede estar sometida eternamente a vivir en la guerra por cuenta de los dueños del poder, por los señores de la guerra. Aún podemos hacerlo, detengamos la muerte.