Rubín Morro

Aún yacen ocultas miles de verdades bajo el lodo del silencio de quienes tiemblan ante sus responsabilidades. Es el pacto de echarle tierra a todo lo que pasó en el marco del conflicto social y armado en Colombia por una buena parte de la institucionalidad. Unos aún estan vivos, otros determinadores han muerto y en su nombre y su “memoria digna” les han construido avenidas, bibliotecas, centros educativos, monumentos, altares adorando al “Todo poderoso’, absolutos ejemplos inmaculados como verdaderos padres de la patria. Todos estos oscuros personajes han sido instrumentos del Estado para reprimir al pueblo e imponer su ley en defensa de la casta en el poder, preservando hasta hoy sus privilegios, su linaje para gobernar, ‘haciéndose pasito’ en lo fundamental; hartándose de esa gran torta burocrática… el poder, donde han enriquecido sus cuentas en el banco y ensanchado sus haciendas.

Es aberrante, sistemático y cruel las verdades que van saliendo a la superficie, como los cementerios de los “falsos positivos”, centenares de jóvenes que fueron asesinados e hicieron pasar como guerrilleros muertos en combate para mostrar resultados. Era la exigencia de altos mandos de las Fuerzas Armadas y del ejecutivo nacional. Se le puso precio a los cadáveres, a las prendas militares que fueran obtenidas en los combates con personas amarradas. Los estímulos por estas acciones criminales a tan ‘honroso servicio’ prestado a la patria’ fueron ascensos, condecoraciones, permisos, licencias, etc.. Lo importante era mostrar resultados para obtener todos los beneficios por combatir la insurgencia en Colombia.

Las verdades emergen de otros actores, muy distintos a la ex guerrilla, aquellos a quienes les corresponde velar por la vida de los colombianas y colombianos. Dicho de otro modo, los ‘crimenes de Estado’. Hace pocos días hubo unas revelaciones que vinculan al Estado colombiano y sus FFMM en el genocidio de la Unión Patriótica. Un baile de sangre que arrojó a las tumbas los anhelos de paz de un partido político naciente. Colombia obstenta otro célebre, si así lo podemos llamar, record guinness: haber exterminado un partido político nacido producto de los Acuerdos de paz de la Uribe en 1984, bajo la presidencia de Belisario Betancur. Se acabó con toda una generación de revolucionarios y patriotas íntegros, cuyo único delito era construir la paz y una patria amable y democrática. Verdades ocultas y sepultadas como la matanza en la ‘Escombrera’ en pleno centro urbano de Medellín y miles de masacres que comprometen a altos funcionarios del Estado como carniceros de su propio pueblo.

Está claro y así lo demuestran muchas organizaciones defensoras de derechos humanos y otras investigaciones muy reconocidas en el mundo y las víctimas, que en Colombia hubo una verdadera cacería anticomunista y contra la lucha social, bajo la égida de la tenebrosa Doctrina de Seguridad Nacional, auspiciada y dirigida por los EEUU, en manos de las FFMM y los organismos de seguridad colombianos.

Nuestro país, desde hace 70 años, está envuelto en esta vorágine de asesinatos, llanto y dolor. Cada gobierno ha impuesto su ley de persecución, judicialización, desplazamientos forzados, cárcel, el asesinato político, y con suerte el exilio. Como si esto no fuera suficiente, el contubernio con el paramilitarismo como herramienta contrainsurgente, que se ensañó fundamentalmente contra la población civil, contra los supuestos colaboradores de la guerrilla. Una verdadera carnicería. Ésta ha sido una pandemia congénita del establecimiento en nuestro país. Sí, bien lejos estamos de un país reconciliado y en paz.

Hay muchos interrogantes que debe resolver el Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición a la luz del Acuerdo de Paz entre el Estado y la ex insurgencia de las FARC-EP. De ahí lo esencial es que todos los actores del conflicto social y armado acudan a este tribunal de la paz, aceptando responsabilidades y verdad plena. De no ser así, con seguridad caeríamos al abismo de un nuevo fracaso en la construcción de la paz estable y duradera.

Los interrogantes son infinitos: ¿Cuál fue la causa real del ataque a Marquetalia el 27 de mayo de 1964? ¿Quién ordenó el genocidio de la Unión Patriótica?, ¿Quiénes recibieron las órdenes y quién las ejecutó?, ¿Quién ordenó los “falsos positivos” y quiénes los ejecutaron?, ¿Quién ordenó el asesinato de los candidatos presidenciales Jaime Pardo Leal y Carlos Pizarro, José Antequera, Manuel Cepeda, Miller Chacón y miles más de dirigentes y militantes anónimos echados al olvido en las fosas comunes?

¡Todo aquello pasó, todavía hoy acontece y nada pasa contra los autores materiales e intelectuales! ¿Hasta cuándo? Pasan a la posteridad entre soleados aplausos y nos quieren inculcar que fueron ilustres patriotas del Estado, honorables militares de la milicia que fungen como héroes y ejemplo de nuestras frescas generaciones.

Desenterrar estas verdades ocultas para el conocimiento de nuestra nación y la comunidad internacional es fundamental para el presente y el futuro de Colombia. Sin verdad plena no habrá justicia. No podemos endilgarle todo lo que pasó en la guerra a una de las partes. Se necesita una verdad completa. Sin ella, las víctimas no conocerán su tragedia y el dolor causado. En consecuencia, el perdón será muy complejo.

Hay verdades profundamente dolorosas que causarán conmoción social, pero fue la consecuencia de lo que vivimos y estamos viviendo no pocas generaciones, sino todas, en los últimos 100 años. Una nación civilizada no entierra la cabeza en el presente. Nos toca mirar el espejo retrovisor de la historia. No olvidar, no podemos olvidar. Construir una cultura de paz para que nunca más vuelva la guerra y sea un nuevo amanecer, un nuevo sol amable y en paz.

Ocultar las verdades de estos crimenes de Estado se hizo una constante. La confabulación contra la verdad fue total, sin pensar que las sociedades cambian, que se inician procesos humanistas como el Acuerdo de Paz. La verdad, nadie se imaginaba que Colombia transitaría los caminos de la reconciliación y la paz. Tal vez, pensábamos que nuestro destino siempre era la guerra y por eso creyeron que su poder era eterno. Ahora es distinto. Colombia ha cambiado. Ya no existen los miedos. Ahora construimos la paz. Así sea en medio de las adversidades, es el mejor momento de Colombia.