Por: Rubín Morro

El 27 de junio del año 2017 en la Zona Veredal Transitoria de Normalización en  Buenavista en Mesetas en el departamento del Meta, cerramos la ‘Dejación de las Armas de las extintas FARC-EP,  el 30% de las armas el 7 de junio en custodia de las Naciones Unidas, el  otro 30% el 14 de junio y el 40% el 20 de este mismo mes. El acto fue solemne con todas estas personalidades: el presidente Juan Manuel Santos, funcionarios del gobierno, países garantes, población civil, autoridades regionales, medios de comunicación, la misión de las ONU en Colombia, el Mecanismo de Monitoreo y Verificación (MM&V), nuestra Dirección Nacional, una multitud de ex guerrilleros y ex guerrrilleras. Todos estábamos felices, con la esperanza de la paz. Una mezcla de alegría e incertidumbre, por lo que nos había enseñado la historia en anteriores procesos de paz.

La construcción de la paz es compleja, esquiva, vidrioso su camino, frágil, su preservación requiere de una sociedad educada para la reconciliación, la convivencia y el perdón en prospección hacia una patria amable y en paz. Pareciera ser que fue más fácil empujar el país a la guerra y teñir de rojo los campos y ciudades.

Ninguno de los firmantes del Acuerdo de Paz tenemos sociego, tranquilidad y garantías de vida. Es una dolorosa realidad que nos tiene atrapados en la incertidumbre, luego de cuatro años de este proceso de paz, que la misma institucionalidad quiere hacerlo trizas. Son ya 251 asesinatos de signatarios de  la paz. Ya sea ha vuelto tan horrible nuestro exterminio que nos toca escribir tan rápido para no estar cambiando cifras del termómetro criminal de los señores de la guerra. Son cientos las viudas, los huérfanos y huérfanas y miles las familias que hoy lloran una paz esquiva que se evapora en los sueños y anhelos de los sacrificados.

Nuestra única arma es la palabra y nuestra pluma para implorarle al Estado garantías de segruridad integrales, como fueron acordadas en el Acuerdo Final de Paz, (AFP). Obviamente, no estamos amilanados. Creímos y creemos en lo acordado. Hemos cumplido, estamos cumpliendo uno a uno todos los compromisos con las víctimas y la sociedad, construimos paz, avanzamos en nuestra compleja reincorporación integral a la vida civil en el marco de la constitución política de Colombia, la cual no solo respetamos, sino que hacemos cumplir, tal como quedó consignado en la Isla de la libertad.

No existe ninguna duda de que hay una abierta persecución criminal contra los firmantes de la paz. Es sintomática la operatividad sincronizada en todo lo ancho y largo del país. No son acciones aisladas, sino que obedecen a una sistematicidad siniestra aplicada por poderosas fuerzas con suficiente, organización y financiación. Las limitaciones de movilidad de los reincorporados en sus casas es similar a una cárcel. ¿Entonces quién sale a trabajar, sobre todo en los territorios, si llevamos una lápida colgada al cuello?. Esta no es realmente una vida tranquila. Lo anterior no es peyorativo, es una alerta para mantenernos vigilantes, para evitar ser masacrados.

¿Firmamos la paz, para seguir huyéndole al asesinato? ¡No señores! Firmamos  la paz  y dejamos las armas para transitar el camino de la construcción de una patria amable, para reconciliarnos, para convivir en sociedad, sin los apremios de la guerra y sobre todo para que nunca más vuelva la confrontación armada, para vivir en un país reconciliado, sin odios y sin venganzas. Fue para esto que firmamos la paz y no para pensar después de salir al trabajo ¿será qué regresaré hoy a casa?

Llevamos cuatro años cargando a cuestas un compromiso de paz con la sociedad. Vamos poniendo ante la historia  251 almas exterminadas desde  la firma del Acuerdo de Paz. 251 familias que creyeron y creen que una Colombia democrática sí es posible. La historia de todos los procesos de paz en nuestro país  está  pasado por la traición, el estigma y los odios.

El Estado debe parar ya este baño de sangre contra las personas que construyen patria y el futuro de una nación que no conoce la felicidad, que siempre ha sobrevivido la explotación, la exclusión social y la fuerza arrolladora del poder.

Es dolorosa  la tragedia provocada por quienes los asfixia la paz, por quienes disparan desde la oscuridad de la traición, de los que desean eternizar la guerra en Colombia., de los que convirtieron la confrontación  en un jugoso negocio personal que los ha llevado a ampliar sus tierras mediante el desplazamiento forzado. Hoy les decimos a ellos que no vamos a renunciar en la lucha por la conquista de la paz. Son grandes los retos y  las adversidades, pero jamás claudicaremos  ante nuestra misión histórica de construir la paz estable y duradera.