Rubín Morro, 11 de noviembre de 2020.

Peregrinar es caminar, es marchar, ir de un lugar a otro con fe y devoción, con esperanza, con altruismo, con nuestro espíritu y conciencia plena de fervientes luchadores y amantes de la paz. Peregrinar es ir en busca del más grande de todos los derechos: la vida y la paz. Peregrinar al centro del poder reclamando convivencia y reconciliación. Peregrinar es amar la vida.

Cuando nos propusimos peregrinar con un inmenso dolor por nuestros muertos, por todos los caminos y carreteras de Colombia, juntarnos en un solo clamor nacional POR LA VIDA Y POR LA PAZ y llegar al centro de la capital del país, junto al monumento de nuestro padre y libertador, estábamos seguros de que no solo marchábamos por nuestras vidas, sino por los cientos de asesinados, cientos de desplazados y desaparecidos y por la implementación integral y eficaz del Acuerdo de paz firmado en La Habana, sin lugar a dudas el acontecimiento más importante en los últimos 100 años. Una esperanza real en la construcción de la paz estable y duradera. El Acuerdo de Paz no es para las y los ex guerrilleros, es para todos los colombianos y colombianas. Es su herramienta dialógica y de consenso para construir una patria amable.

Peregrinamos para que sea real el compromiso de la nación con la vida digna, sin importar las ideas políticas, los credos religiosos, un solo corazón, una sola Colombia que pide piedad a quienes nos gobiernan para que nuestros sueños y nuestros anhelos no queden en los disparos traicioneros. Peregrinamos por la equidad social, por la inclusión de toda la sociedad en un futuro cierto sin espinas, sin la noche de lobos y sus afilados puñales. Marchamos por la primavera de las flores y en contra del duelo otoñal del dolor en la ausencia de los asesinados.

Peregrinamos contra la estigmatización, contra los odios infundados por quienes todavía se creen los dueños del país. Caminamos la paz, por las cientos de viudas, huérfanos, huérfanas y miles de familiares que hoy lloran a aquellas almas que cayeron masacradas, creyendo en la paz, mientras que el gobierno arrastra consigo la perfidia y la traición. Marchamos por el dolor de los millones de víctimas. Peregrinamos por la Colombia profunda. Nuestro símbolo es el blanco de la paz, las banderas que se funden en la inmensidad nacarada de las nubes en la sabana bogotana.

Recorrimos los parajes más remotos, las poblaciones olvidadas por el Estado. De ellas recibimos los aplausos, su gratitud por nuestras mujeres y nuestros hombres que siempre hemos soñado con una nación reconciliada. Por eso firmamos el proceso de paz, para no morir en la guerra, para que los nuevos seres humanos que nazcan no escuchen el horror de las explosiones, para que no lloren la muerte de sus papás, hermanos, tíos; para que solo escuchen el canto de las aves y el ruido natural del cauce de las aguas. La paz nos cobija a todos, nos colma de alegrías, de risas y contentos. Peregrinamos para mostrarle al mundo que amamos la paz, que no volveremos a la selva, que por la paz, hasta la vida misma. Hemos ofrendado a 238 signatarios de la paz, 15 desaparecidos y amenazados y cientos de desplazados. Marchamos porque nos han desplazado de los puntos acordados por el Acuerdo de Paz.

En este peregrinar por las rutas de Colombia, nos encontramos con gente maravillosa. Todas las gentes del común, muchas de estas personas también víctimas de la guerra, pertenecientes a las distintas creencias religiosas, obreros, negros, indígenas, todas las expresiones artísticas, la sadiduría popular. Escritores, políticos, las juventudes con sus risas, el ocasional traúseunte que nos saludaba con sus manos. Aplausos que vibraban desde los ventanales en lo altos edificios en la capital de Colombia, las voces fundidas en las pancartas callejeras. Rostros conocidos desde la firma del Acuerdo Final. Otros asesinados estampados en el pecho de los peregrinos. Gracias, Bogotá, por abrigarnos en su seno. Gracias a la Alcaldía Mayor, a la Universidad Distrital por ofrecernos posada. Gracias a todos y a todas por la solidaridad. La peregrinacón sigue buscando que se respete la vida y se construya la paz.