Rubín Morro, 29 de octubre de 2020

El asesinato de Albeiro y Yeferson, el pasado 16 de octubre, fue la chispa que encendió la Perigrinación por la vida y por la paz. Nos sacudió el alma de la farianidad luego de la fatídica cifra del termómetro de la muerte de 234 firmantes de la paz, además de cientos de líderes, lideresas y defensores de los derechos humanos exterminados por los señores de la guerra y el silencio cómplice del gobierno.

Estamos con nuestro corazón arrugado, dolido de ver la procesión de ataúdes en toda las latitudes patrias. Cada día lloramos, cada día hacemos coronas mortuorias atornilladas con cintas moradas; cada día sumamos de muerte en nuestros hogares, aumenta el dolor de nuestras familias, los niños y niñas huérfanas deambulan entre el ocaso y la luz de la esperanza. Nos cansamos de pedirle al gobierno piedad por nuestras vidas, que no nos asesinen, que implemente las garantías de seguridad integrales pactadas en la mayor de las Antillas. Que nos permitan morir de viejos y no masacrados. Que se implemente eficaz e integralmente el Acuerdo de paz. Por eso, encendemos la antorcha de la perigrinación, hemos asumido los riesgos de aportar a la paz en este país descuadernado por la ineptitud de los gobernantes.

Con la fe y la esperanza de patriotas íntegros y luego de la despedida de los compañeros asesinados el 20 de octubre en el cementerio de Mesetas en el departamento del Meta, en medio de la consternación y el dolor emprendimos la marcha de la perigrinación exigiendo el respeto a la vida y la implementación del Acuerdo de Paz. Así fue como unos ratos en carro y otros a pie llegamos a Granada, donde pernotamos en la primera jornada. Luego llegamos a Acacías y finalmente al colegio “Francisco Arango” de Villavicencio, donde hemos sido gratamente recibidos. Gracias Villavo.

Es importante destacar la solidaridad, el respeto y el apoyo para todos los peregrinos, hombres y mujeres que se alzan con su voz, dispuestos a recorrer caminos, trochas carreteables y vías nacionales de Colombia. Los abrazos espontáneos han golpeado nuestra humanidad de sanchos y quijotes. Las risas, las alegrías vivas de esta fiesta por la vida y por la paz trascienden hacia la reconciliación y convivencia por una nación hermana que respira vida.

El fuego de la lucha pacífica de la perigrinación fue encendiendo su llama a lo largo y ancho del país. Desde los litorales y manglares de nuestras costas, desde las planicies del oriente y del Valle, desde el Macizo Colombiano, desde las cordilleras Central, Occidental y Oriental se organizaba la toma de Bogotá con nuestras banderas blancas y en nuestros corazones y los rostros de los 236 asesinados. Las iniciativas tejieron las ideas, de cómo serían las rutas, itinerarios, alimentación, salud, transporte, recursos, coordinación en las distintas regiones y con las organizaciones amantes de la paz; la seguridad, las comunicaciones, los actos de reconciliación en los desplazamientos, los casinos, los rancheros, todos los detalles de lo que significa una movilización nacional para caminar la paz por toda la geografía patria. Venimos de la Colombia profunda con el cántico de paz a exigirle a Duque el cumplimiento de la palabra empeñada. Que se termine este baile de sangre. Que no haga más trizas esta opción real de paz que enarbolamos los signatarios del pacto de La Habana.

Han pasado hasta hoy nueve días de peregrinaje por la vida y por la paz. Todos estamos listos. Iniciamos la marcha a Bogotá. Todos los requerimientos posibles se activaron. La alegría se prende rumbo a la capital. Los víveres, las ollas, las estufas, el trigo para las cancharinas, el menaje personal, los bolsos con sus ropas, sus pancartas, camisetas y gorras con los logos de la campaña. Las familias con sus hijos e hijas. Las banderas de Colombia, los bastones de mando de la guardia indígena de Dabeiba, con sus colores encendidos, con sus pañoletas verdes y rojas, su jagua en sus brazos y rostros. Los afrodescendientes con sus tambores y chirimías. Todos con sus sueños y sus esperanzas vivas, porque la vida es más poderosa que la muerte cobarde de los asesinos.

Así, vamos rumbo a Bogotá a pie, en camiones, motos, buses y las chivas multicolores de nuestros pueblos con la mirada hacia los Andes. A nuestro paso por las poblaciones y campos, manos que nos animan, banderas sacudidas al horizonte abierto, una bolsa de mercado, una paca de agua, un apretón de manos nos indican que la paz no está sola; que solo hay una sola Colombia y un solo corazón que clama y anhela un país feliz.

Nos aproximamos a la capital y desde 2640 metros de altura sobre el nivel de mar, le gritaremos al mundo que estamos por la vida y por la paz, que la peregrinación es esperanza, paz y reconciliación. Que sobre la tristeza y la incertidumbre encendemos un gran llamado al universo, pidiendo solidridad y acompañamiento en la construcción de la paz estable y duradera. Al presidente Duque que deje la soberbia y la sordera al clamor popular. No respiremos más odio y dolor. Aceptamos nuestra fallas y errores en el conflicto social y armado y el mundo sabe que estamos a discreción del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y la no Repetición.

Viva la peregrinación por la vida y por la paz.