Por: Isabel Fonseca

¿Qué cabe contra el fatal Patriarcado? Fue la interrogante quecentró el artículo anterior, finalizado con la terrible e inevitable certeza de que este mes en las Patrias hermanas estaríamos contando a muchas menos;tal como está sucediendo, porque nuestra realidad parece inamovible, análoga a un círculo que infinitamente se redibuja.

Sin embargo, no existen realidades inalterables y el escenario social es una espiral que nunca repite sus órbitas. Tampoco hay interrogantes sin respuestas, porque una pregunta −como todo hecho pensado− se soporta en probabilidades materiales.

Por eso, creo necesario ahondar en el análisis de la violencia patriarcal, desde una perspectiva de lucha que se visualice más allá del presente y perfile nuestra esperanza de construir un mundo sin exclusiones, injusticias, ni violencias, como una secuencia de espiral.

Entonces: ¿Qué cabe contra el fatal Patriarcado? Un pensamiento estratégico, es decir, el convencimiento de que abanderamos una causa histórica que no se resolverá en el inmediato presente y que, como todo lo estratégico, requiere la aplicación de una multiplicidad táctica que involucra, tanto nuestro campo interior como todo lo que se ubica en dominios exteriores. Veamos, en primera instancia, lo que nos implica desde dentro:

1. Estudiar y divulgar los orígenes del sistema patriarcal, para desmontar los mitos que legitiman la inequidad entre géneros, presentándola como destino, rol histórico, decisión divina o condicionamiento biológico. El Patriarcado no ha existido siempre.[i] Hubo un tiempo donde las mujeres eran respetadas, reconocidas política, económica y socialmente; una época donde los géneros no envolvían desigualdades, sino que eran complementarios; un mundo basado en las Gens, agrupaciones que superaban los vínculos consanguíneos y concebían lo doméstico como público; base que las sociedades clasistas destruyeron, imponiendo lo que hoy conocemos como “familia”.[1]

Por tanto, aquello que no ha existido siempre, por siempre no existirá. No se trata de volver al estadio primitivo de la humanidad, en su exacta dimensión; mas sí de rehilar el tejido comunal originario que imposibilita la trágica historia humana del presente.

2. Identificar, concienciar y evidenciar, las praxis patriarcales naturalizadas, esas realidades no visibles encubiertas por instituciones, estructuras, leyes, tradiciones, lenguajes y semánticas,aprendidas desde el vientre materno por repeticiones inconscientes que las reafirman, tanto en las esferas íntimas, como en los espacios organizacionales donde militamos. Es necesario, desde una metódica reflexiva, cuestionar toda práctica expresiva de la inequidad entre géneros. Encender las antorchas sobre las sombras que permiten la reproducción del sistema patriarcal, así esas luces ocasionen molestias en las miradas de quienes queremos o admiramos. Es hora de que todas aquellas colectividades e individualidades que se reclaman vanguardia revolucionaria, asuman una posición consecuente contra los privilegios que la cofradía patriarcal concede a quienes nacieron con testículos. Sobre todo, porque la inmensa mayoría de las mujeres y niñas violentadas son abuelas, madres, hijas, nietas, hermanas y compañeras del pueblo que aseguran representar.

3. Organizar programas de formación antipatriarcal, dirigidos diferencialmente a quienes integran las comunidades que habitamos y espacios básicos de existencia, con una metodología que no repita los esquemas teóricos de la educación formal sancionatoria; sino que apunte a experiencias colectivas donde la equidad sea una constante tangible que posicione conceptualizaciones de femineidad, masculinidad y familia, diferentes a las impuestas por la heteronormatividad, sin las cuales será imposible edificar nuestra posible utopía.

4. Apostar por el ejemplo. Si bien es cierto que los hilos invisibles del Patriarcado determinan, en gran medida, la praxis del ser masculinizado; también, resulta innegable que existen hombres capaces de sobreponerse a parámetros heteronormados y que, en su cotidianidad, abrazan la causa feminista como propia. Sin embargo, la masculinidad opresora es tan avasallante que nos impide referenciar a quienes la superan. Es un error que niega lo posible. Debemos propangandizar la existencia de masculinidades diferentes, esas que se permiten llorar sin vergüenza, asumir lo doméstico sin prejuicio, criar a hijas e hijos con orgullo y batallar junto a nosotras contra las diferentes formas de violencia sistémica.

Por los límites del espacio, dejamos la continuidad del tema tratado para la próxima entrega. Tenemos tiempo, el futuro está escribiéndose y admite correcciones.


[1] El vocablo “familia” proviene del latín “famulus”, que significaba “esclavo doméstico”. Por extensión, la familia era el conjunto de personas esclavizadas bajo el poder de un mismo hombre.


[i] Se recomienda leer El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, obra de Friedrich Engels, publicada en 1884; donde se describe cómo la humanidad pasó de una vida en comunidad, cuya base eran las Gens y el Derecho Materno, a una sociedad de élites explotadoras, sostenida por inequidades de género, raza, etnia y clase.