Rubín Morro, 8 de octubre 2020

Cuando me incorporé a las filas guerrilleras de las FARC-EP, mi padre me regaló el Diario del Che Guevara. Recuerdo que en alguna parte de su carátula se leía: “esta publicación es en homenaje a todos los guerrilleros”. Desde ese día, el 8 de octubre es inolvidable para mí. Comprendí que era mi día. Ya no somos guerrilleros, pero la memoria está presente.

De ahí en adelante y por más de 37 años, bajo la frondosidad de la selva, esperábamos ansiosos aquella fecha que unía a todos quienes luchábamos a cambio de nada, bajo los soles del barbudo argentino de la Sierra Maestra. Sí, aquel emblemático héroe de Santa Clara y uno de los simbólicos guerrilleros de todos los tiempos: Ernesto Che Guevara. Ese día nos poníamos el uniforme menos gastado en las rigurosas tareas diarias e imprimíamos las fotos de mártires de varias partes del planeta. La cartelera ese día se llenaba de contenidos de múltiples coloridos. No faltaba el aula adornada con las flores rojas de la montaña. Las guerrilleras lucían su mejor uniforme, sacaban su maquillaje del fondo del equipo y sus rostros femeninos iluminaban aquella arboleda donde la imagen del Che era estampada en lo alto de las bóvedas del cielo.

Bajo aquellas latitudes, en ocasiones soleadas, otras con el goteo permanente del invierno, la inminencia del combate o los apremios de la necesidades que mordían nuestras realidades, de lo cual éramos conscientes como hoy. Nuestros seres queridos, allá en las distancias adversas, ocultos en su propio país. Saber de ellos siempre fue un riesgo cierto. La nostalgia por ellos era una gran preocupación que se sostenía en nuestro altruismo. En medio de estas incomodidades muy propias de la lucha clandestina, nos inspiraba la esperanza. La fe en nuestras justas razones fue y sigue siendo nuestra gran satisfacción.

El Diario del Che y el libro del guerrillero nicaragūense Omar Cabezas La Montaña es algo más que una Inmensa Estepa Verde” los cargué en mi morral algo más de 15 años, hasta que la humedad los deshizo. Traté de reconstruirlos, secando hoja por hoja. Fue tanto sol que les dio que aumentaron de volumen y resultaron en la basura. Volví y los conseguí y aún los conservo en mi biblioteca, sin riesgo a que los consuma la humedad de la selva. Siempre leía un párrafo todos los ocho y nueve de octubre en homenaje a las guerrilleras y los guerrilleros del mundo entero. Cada célula de partido exponía un documento para el debate, exaltando a hombres y mujeres que lo habían dado todo por la lucha hasta la última exhalación de su existencia. Iban desfilando frases hermosas, vítores a la vida y a la paz por la que siempre hemos luchado, que nos arrebataron los poderosos oligarcas, por lo que nos obligaron a empuñar las armas para defender la vida y la de nuestras familias.

Hoy ya no estamos en la guerra. A pesar de las adversidades, navegamos sobre aguas turbulentas. Nada ha sido fácil en este proceso de paz. La comunidad fariana siempre ha soñado con la paz y la justicia social. Hemos pagado un alto costo construyendo la paz estable y duradera: 231 asesinados. Hoy rendimos homenaje póstumo a todas las mujeres y hombres que cambiaron sus armas por la palabra, la reconciliación y la convivencia. A aquellas y aquellos que firmaron la paz que ya no están con nosotros porque el brillo de sus ojos los congelaron los señores de la guerra, hoy sus miradas yacen frente al sol. Aquellos rostros se iluminaban con sus risas por las trochas de los Andes.

Recuerdo hoy a María sentada al borde de la empinada cascada. El agua desaparecía en estas alturas del cerro Tatamá, salpicando su oscura cabellera, cuando un disparo traicionero rompió la risa de tus sueños. Es que siempre ella, la muerte y la vida estaba con nosotros, zigzagueaba como serpiente. Nosotros lo sabíamos, éramos conscientes de esta verdad y, aún así, una nueva mañana nos golpeaba con su rocío. Estábamos vivos y los que partieron son semilla en vuestros corazones que hoy están en las calles en repique de tambores y bailes pueblerinos. Están con nosotros vivos como el aire.

Y caían las sombras en el ocaso del día en la agreste montaña. Las aves presurosas llegaban a sus nidos. El sol se perdía tras los picos negros de la cordillera. El silencio se posa en la selva. Llega la noche con sus fauces y la gran luna llena penetra en las caletas. Se ha ido la luz de los héroes. Guardo mis libros de siempre. Divagaré en la última y firme mirada del gran gigante de la justicia, el Che, frente a su asesino. Tenía razón Omar Cabezas, siempre había algo más en la montaña.