Rubín Morro, 1° de octubre de 2020.

Colombia y las gentes del común cambiaron con el proceso de paz suscrito entre el Estado colombiano y las extintas FARC-EP. Perdimos el miedo a la lucha callejera, perdimos el miedo a la represión oficial, incluso a los asesinatos. Marchamos hoy inspirados en la alegría y la esperanza, construyendo la paz y la Nueva Colombia.

Sin duda alguna, el acontecimiento político más importante en Colombia en los últimos 100 años es el proceso de paz. No existe otro evento político que se haya incrustado profundamente en el sentimiento popular y la esperanza de construir un país, soberano, amable, en paz y con justicia social. La guerra nos ha llevado con su lastre a un desangre por muchas décadas, dejando en la mayoría de la población secuelas físicas y psicológicas de complicada sanación. En Colombia hay una disputa política entre la paz y la guerra.

Ésta es una contienda que se está dirimiendo en las calles con las ansias de un pueblo que tiene enormes anhelos de igualdad, libertad y la conquista de sus derechos. Definitivamente, quienes están gobernando no pueden seguir haciéndolo como siempre lo han hecho, mientras que los gobernados no están dispuestos a seguir dejándose gobernar con violencia, crímenes y odios.

Las recientes marchas populares en todo el país, así lo demuestran, reclaman lo que nos corresponde como nación frente a un Estado que aún conserva la vieja estructura de la doctrina militar basada en en terror y en el concepto criminal del enemigo interno y es por eso que disparan contra los marchantes, y ahora dicen las autoridades que los “grupos armados se disfrazan de policías para desprestigiar la institución”, cuando las investigaciones dicen todo lo contrario. 13 asesinatos en menos de 48 horas es una matanza al estilo de las ocurridas en las peores dictaduras en el continente.

Por eso, la población clama por la vida en las calles, escenario legítimo, el cual es un derecho universal, estigmatizado, perseguido y violentado de manera profunda por el Estado, mediante el asesinato político contra quienes buscamos contruir patria y una nación digna. De ahí la importancia de esta forma de lucha pacífica para alcanzar los objetivos que son nuestros derechos básicos negados desde siempre por un establecimiento que pretende eternizar sus privilegios oligárquicos, mientras al pueblo lo invade la miseria.

Vuelven las marchas a la calle por la vida, la paz, soberanía y dignidad, por el presente y el futuro de nuestras familias. Vuelven a la calle los indígenas, los afrodescendientes con sus trajes multicolores, su música, sus cantos, sus bailes, sus tambores, sus sonidos del agua y del viento, con su alegría y gritos de libertad; con sus bastones de madera exigiendo justicia y paz. Vuelven las juventudes, sus pinturas, sus pancartas, sus grafitis en las calles y paredes, gritando al mundo que acá estamos presentes. Vuelven las amas de casa, los niños y niñas, las víctimas con su dolor clamando verdad y justicia. Vuelve Colombia a la calle y la esperanza es toda una enorme posibilidad en la construcción de un nuevo país.

Colombia se prepara para cumplir con sus responsabilidades históricas. No nos amilanamos ante las adversidades. Al contrario, somos hijxs de ellas. Nos vemos en las calles colmados de alegría, de fe en la poderosa fuerza del pueblo de hacer posible sus sueños y anhelos.

Los cambios sociales los hacen los pueblos a través de sus luchas. Estamos en momentos de cambios. Llegó la hora del pueblo. No más guerra. Suficiente la que hemos vivido y sufrido por la insensatez de un Estado represivo al servicio del gran capital criollo y de las multinacionales. Llegó la hora de los cambios estructurales, la hora de la paz y la vida digna.