Rubín Morro, 16 septiembre de 2020

Las conductas reiteradas  de integrantes de la Fuerza Pública contra la población no son aisladas, ni son manisfestaciones deliberadas de ‘malformados o desadaptados sociales’, claro que no,   obedecen a orientaciones institucionales de una doctrina militar fascista’

La reforma institucional no es para la policía, como se ha dicho erróneamente por representantes del gobierno. Los atropellos, agresiones, torturas y asesinatos contra la población son sistemáticos por personal orgánico de las Fuerzas Armadas, que obligan a una revisión y restauración de la Doctrina de la Seguridad Nacional Colombiana, en cuyo soporte descansa la defensa, la vida, honra y bienes del país y la nación colombiana. La reestructuración nos debe arrojar unas Fuerzas Armadas democráticas, modernas y defensoras de los derechos humanos.

Dicha Doctrina de la Seguridad Nacional, es una concepción fascista y criminal del Estado y basa su acción de persecución y muerte directa de un supuesto “Enemigo Interno”, dicho sea de paso son los (luchadores sociales, líderes y lideresas, defensores de los derechos humanos y ahora los firmantes de la paz). Con esta teoría se abrió la puerta a la guerra sucia, a los crímenes selectivos, a la desaparición forzada. Al margen o como complemento de esta doctrina, se inspiran los decretos y  la judicialización de la protesta. Esta errada conducción de nuestras  Fuerzas de Seguridad, son hoy por hoy el terror de la sociedad así los quieran mostrar como héroes  y seres angelicales.

En este mismo orden de ideas, como de lo que se trata es de destruir al Estado por parte de un supuesto «enemigo interno», según la doctrina militar, el Estado debe reaccionar para defenderse. Y dado que el instrumento principal de defensa que posee éste mismo, son sus fuerzas armadas, es a ellas a quienes corresponde el papel fundamental de salir en defensa del sistema amenazado. La represión es sinónimo de democracia, todo debe estar por encima de la “seguridad”. En defensa de la “soberanía’, la ‘libertad’ de la nación. Nadie puede estar neutral, todos debemos estar  ‘alineados” al ‘orden social’ y quien esté por fuera se le ‘aplican los consabidos correctivos’.

Acá surge la necesidad vital de la paz, como el principal derecho universal. La implementación integral y eficaz del Acuerdo de Paz. Elemento esencial para erigir una nación en el presente de cara a un futuro humanista, próspero y en justicia social. De ahí que  quienes poseen las armas de la república, deben ser los primeros en otorgarnos la paz y la tranquilidad.

En consecuencia, no es que existan “manzanas podridas”, es la instrucción que reciben en los cuarteles y centros de formación militar. Son los asesores militares extranjeros norteamericanos que les enseñan a ver los manifestantes y luchadores sociales como sus ‘enemigos’. Esta acción psicológica coloca al funcionario policial o del ejército, a estar en alerta y prevenido contra el ciudadano y más aún, contra quienes muestran la inconformidad con el gobierno.

No solo es la pandemia que nos ataca, son quienes debieran protegernos, son viles asesinatos que muestran una sevicia y tortura sin límites. No son los policías los que deben responder por una concepción militarista del Estado, es la Doctrina de Seguridad Nacional la que se debe someter a un examen total y riguroso que dé al traste con la vieja y obsoleta maquinaria de terror impuesta desde los cuarteles oficiales y se construya una nueva Doctrina Militar, que preserve las fronteras patrias, nuestra nacionalidad y profundamente humanista y moderna.

El sofisma de las ‘manzanas podridas’ no es más que una evasiva para liberarse de una responsabilidad genérica que le corresponde como Estado y que no sabe por qué razón no ha abordado el tema, cuando la misma institucionalidad no permitió que se tratara el tema en la Constituyente de 1991. Llegó la hora de tratarlo cuando la sevicia policial y del ejército alcanza sistemáticamente  los más horribles crímenes de ciudadanos indefensos que quieren construir patria.