Rubín Morro, Agosto 9 de 2020

Han pasado  ya 30 largos  años, desde entonces la historia y el presente de lucha ha asumido una dinámica efervescente y Usted, comandante ha estado en la primera línea del combate, miles nos mantenemos  en la trinchera de sus  ideas de paz y libertad, otros y otras  han caído en la batalla. Quiero hoy desde otra perspectiva conmemorar aquella luz que  se encendió el 10 de agosto de 1990.

––¿Usted es Morrito, el hijo de Morro viejo?. Escuché aquella voz grave de Jacobo Arenas, sobre un brioso caballo negro hace 45 años. Iba con dos personas más, luego me enteré que eran Tito Grande, Alonso Cortés, viejos guerrilleros. Nos saludaron, cabalgaban sobre aquellos  caminos pedregosos en las riberas del río Duda, que nace de los peñascos helados de la cordillera oriental. Aquel jinete con gruesas gafas oscuras con ropas coloridas, una gorra como un partisano ruso y una bufanda rodeando su cuello, me parecía importante, era imponente en aquel corcel negro.

––¡Nada le respondí! Aquel día. Apenas tuve tiempo de asentir con la cabeza. Lo volví a ver  años después cuando nos invitó a dormir en su chalet arriba de la finca  del viejo Galvis, allá a media cuesta estaba su casa, construida en madera de cedro. ––Esa noche fue horrible, como a las 11.00 escuchamos un disparo y luego otros tres más. De pronto gritó.

––No se asusten, estoy matando murciélagos, añadiendo que eran ciegos e imantados, y que ellos guiaban el proyectil, por lo tanto, tantos disparos tantos chupasangres muertos. Claro que no le creímos. Al otro día madrugamos a buscar los murciélagos muertos y no encontramos ni uno solo.Cuando nos escuchó cuestionándolo por mal tirador nos gritó de su habitación:

––¡Se los comió el gato!, a él, le encantan esos animales. Jacobo Arenas tenía una enorme biblioteca, todos los libros de los clásicos del marxismo, otros tantos de cientos de autores, estaban apilados allí, algunos abiertos y subrayados,  libros por doquier en medio de una camada de gatos. Por algo decía él,

––Yo soy el comandante de los gatos, y su sonora carcajada retumbaba en las paredes de su casa. Doña Luisa, una mujer maravillosa y esposa de  Jacobo Arenas, recorría la casa ocupándose del orden y el control de aquellos gatos, que se la pasaban jugando sobre el arrume de papeles, desordenaban todo y el comandante gozaba con ese espectáculo gatuno.Volví a ver a Jacobo, a los dos años en La Caucha. No sé por qué nos  hicimos amigos y cartero mío con mi novia, hija de Galvis, su vecino. Ella estaba estudiando medicina  en la URSS, al otro lado del mundo, en la década del 70. No había otra manera de escribirme con Leoncia. Un amor que murió en la ilusión trágica de la muerte, porque al regresar ya profesional, estando en las pruebas de campo, fue asesinada por el ELN, en Arauca. Dizque la confundieron con una agente de inteligencia. Esa fue la información que  me dio el mismo cartero. Yo no podía creer cómo un enorme cuadro político como él,  sacara de su tiempo, un espacio para mi alma enamorada. Jacobo Arenas fue un gran conductor de guerrillas  y artífice del planteamiento estratégico, junto a otros compañeros de las FARC-EP, abrazó el legado inmortal bolivariano, profesor de marxismo-leninismo, de estrategia militar, escritor, formidable bailarín, un inagotable conversador y un gran amigo. Creo que toda la farianidad, sus dirigentes tienen formación política y enseñanzas del ilustre revolucionario de los Andes.

En el segundo semestre  de 1980, luego de la ‘Operación Cisne 3’, emprendimos con Jacobo Arenas una ‘guerra de alta montaña’, como él mismo la denominó. Surcamos las estribaciones andinas burlando aquella operación militar que tuvo alcances nacionales. Luego con  él y otros comandantes y una numerosa guerrillerada estuvimos acommpañándolo, mientras la dirección nacional, contactaba de nuevo los frentes guerrilleros. Manuel Marulanda para entonces estaba por los lados del páramo de Sumapaz. Luego lo vi años más tarde, un par de veces en el cañón del río Duda en el marco de los Acuerdos de Paz de la Uribe. Una vez subíamos  la loma de Los  Pinos, cuando nos encontramos con un grupo de jinetes  que iban para  ‘Casa Verde’ y nos dijo jocosamente desde los lomos de su caballo  ‘Pasanubes’:

––Camaradas, saludos, voy con estas muchachas a recibir una comisión del gobierno. ¿Cómo ven estas anfitrionas? En coro contestamos, ––¡Hermosas!. Arenas, era un gran amigo y maestro. Un estudioso profundo de la realidad colombiana, un visionario de la lucha de clases. Luego lo encontré en El Palmar, en preparación  de un pleno ampliado del Estado Mayor Central. Lo vi la ultima vez cuando fui trasladado para Urabá en diciembre de 1989. Me llamó a la oficina y me  dijo:

––¡Usted, va de traslado para la región de Urabá, para donde Efraín Guzmán, y donde se combate todos los días. La sentencia fue  clara. Le envié desde estos lugares tres cartas solo me respondió una. La guardé muchos años, en aquella época todavía no habían computadores en la guerrilla y la carta se deshizo por la   humedad de la selva. Meses después  en el segundo semestre de 1990, me llamó el camarada Efraín Guzmán, cuando llegué donde él, vi sus ojos colorados y unas gotas de lagrimas rodaban por su mejilla, me abrazó y me dijo, con voz entrecortada:

––Nuestro querido camarada Jacobo ha muerto. Quedé sin palabras y la nostalgia invadió a todos los guerrilleros y guerrilleras. Ese día pasaría Jacobo Arenas a la inmortalidad como un faro que ilumina nuestra lucha. Han pasado 30 años desde su partida y Jacobo, el comandante amigo está siempre presente.