Por Katerín Avella Daza, fariana firmante del Acuerdo de Paz

Conocí a Simón Trinidad en la década del 80, siendo profesor de la Universidad Popular del César. Él dictaba una cátedra llamada Historia Económica de Colombia, a la cual yo asistía. Fue un profesor muy respetuoso con el estudiantado. Iba a lo que iba y, por mucho que a veces algunas muchachas le hacían ojitos, él no estaba pendiente de eso. Era muy exigente y estricto.

En la vida civil, además de ser mi profesor estábamos juntos en el Movimiento Cívico Popular Causa Común, de Valledupar. Él no hacía parte del movimiento públicamente. No iba a las reuniones en los pueblos; pero hacía parte activa. Su trabajo militante era casi clandestino, porque en esa época era todavía gerente del Banco de Comercio, en Valledupar. Mejor dicho, era un banquero.

Conocí a sus padres, doña Alix y el Dr. Palmera, un abogado muy prestigioso de Valledupar. También conocí a dos de sus hermanas, su esposa Margarita y sus dos pequeños hijos.

Como parte de Causa Común nos anexamos a la Unión Patriótica (UP), una fuerza política de amplia convergencia política que surgió en el marco de un Acuerdo de paz con Belisario Betancur en 1984; pero vino el exterminio sistemático de los miembros de la UP. Al principio veíamos lejanos los muertos, hasta que llegó el momento en que comenzaron a asesinar a los compañeros de Valledupar.

Tuvimos que tomar decisiones: algunos ingresamos a las FARC-EP, otros, por sus condiciones físicas, buscaron el exilio y otros se quedaron en Valledupar. Simón Trinidad resuelve empuñar las armas, pues, a pesar de ser un hombre de la burguesía vallenata, que hacía parte del Club Valledupar y que había estudiado en una prestigiosa universidad, le afectaban tremendamente las problemáticas del país, las desigualdades, el empobrecimiento de la gente y las injusticias.

Una vez en la guerrilla, tuvimos una relación muy estrecha porque ya nos conocíamos. Aunque yo era subordinada, no se afectó la cercanía. Nos sentábamos a echar bromas y a hablar, es un gran conversador, aborda amenamente todos los temas que le pongan. Yo le pedía siempre consejos sobre distintas cosas. En fin, fue una bonita amistad.

Simón, como guerrillero, siempre estaba muy pendiente de la formación política e ideológica de la gente y, si bien era muy exigente, lo hacía con cariño y pedagogía. Estaba empeñado en que una de las mujeres que estábamos en el Frente 41 fuera miembro del Estado Mayor del Frente, por lo que siempre nos estimulaba y exigía mucho. Él decía que tenía que ver a una de las mujeres en esa dirección superior.

En la montaña fue como todo citadino: al principio, muy traste, como decíamos nosotros. Se caía mucho, no estaba acostumbrado a andar en el monte. Además, las marchas eran largas y con el morral bien pesado, pues llevábamos toda la dotación encima. A eso se sumaban la picada de los zancudos, ¡las garrapatas! (y él que tiene una piel tan delicada…); pero, igual, él no se quedaba.

Definitivamente no fue fácil, fue un proceso muy duro. Sin embargo, Simón no le ponía mucho misterio a la cosa. No se le veía renegando. ¡Al contrario! Las dificultades eran motivo para esforzarse más. Finalmente, con esa gran voluntad que tiene, no solo logró adaptarse, sino que se ganó el cariño y respeto de la guerrillerada que lo convirtió en un referente.

Los muchachos y muchachas lo veíamos con muchísima admiración, porque decíamos: Bueno, nosotros que somos pobres y que no tenemos nada que perder, estamos aquí; pero Simón, que lo tenía todo y venirse a luchar aquí¡uff!  eso no lo hace cualquiera. El compromiso de Simón es muy grande, por eso uno lo veía, ¡lo ve aún! con admiración, por todo el sacrificio que ha hecho, por el convencimiento. Su entrega a la causa es total.

En la cotidianidad guerrillera era como cualquier otro. Todas las actividades que hacíamos, Simón también las realizaba. Su vida estaba sujeta, como la de todos, a las normas, las determinaciones, la disciplina, al orden interno, al entrenamiento, la guardia, etc. Él fue muy estricto frente al cumplimiento de los reglamentos, del estatuto; muy disciplinado y muy humano.

Recuerdo su especial gusto por el dulce de toronja, un gusto que compartimos. Recuerdo también que le gusta mucho una canción que se llama “Mírame fijamente”, decía que le parecía muy bonita y que conocía muchas versiones de ella. Más de una vez se la escuché tararear, de hecho, la cantaba de vez en cuando en las horas culturales recreativas.

De su captura nos enteramos por los medios, después nos lo corroboraron los mandos. Para nosotros su detención y posterior extradición fue muy triste, no pensamos que iba a ocurrir. Creímos que lo iban a dejar libre rápidamente, entre otras cosas, porque los cargos que le achacaron no corresponden con la realidad.

También supimos de las condiciones de su reclusión, porque la compañera de Simón Trinidad, Lucero Palmera y yo, nos encontrábamos en la misma unidad y cuando a ella le llegaban las cartas de Simón, nos reuníamos a leerlas en conjunto. En esas cartas le narraba cómo se encontraba; a veces llorábamos juntas de ver las condiciones en las que está.

Recuerdo que cuenta en una de esas cartas que una noche los reclusos estaban haciendo demasiado ruido y él no quería escuchar, por lo que se puso unos tapones de algodón en los oídos. Luego no se pudo sacar uno, lo que le produjo un dolor agudo. Entonces, para llevarlo al médico, los gringos armaron un operativo inmenso con helicópteros, encadenándolo de pies, manos y cintura. Él comentaba en la carta que ese operativo era como para el hombre más peligroso del universo, cuando lo único que esperaba era que le sacaran el bendito pedazo de algodón.

En esa misma carta Simón le comentaba a Lucero, cómo era la comida, el régimen, cómo hacía ejercicios, que se levantaba y caminaba de una esquina a otra. En esas cartas se reflejaba su tremenda fortaleza. Yo quedaba aterrada de que, a pesar de las condiciones que comentaba, nos daba ánimo, particularmente a su compañera, a la que decía que tenía que seguir adelante, estudiar y entregarlo todo.

Simón es un referente, no sólo para los revolucionarios. Es alguien digno de admirar por su convencimiento, su fortaleza y entrega total a la causa. Simón Trinidad debe ser liberado, porque él no ha cometido ninguno de los delitos que le achacan. Su condena y situación cotidiana es una injusticia. Son demasiados años recluido en condiciones infrahumanas.

Simón Trinidad es un colombiano que debe ser repatriado a su país, pues, además de inocente, ¡se acogió al Acuerdo de Paz! Debe regresar y ¡en libertad!, para contribuir con su entereza moral e intelectual a la construcción de la paz.

Es posible ver a Simón libre en vida, debemos seguir en campaña, haciendo presión y sumando gente. No desistimos y claro que lo vamos a tener aquí con nosotros y nosotras.

¡Dignidad es Libertad!