Por: María Claudia Dávila

“Cuba”, recuerda que cuando sus compañeros “piropeaban” a las mujeres en la selva esto era visto como una falta de primera instancia, según el reglamento. Después vendría el castigo: mínimo, pasar al frente de sus compañeros y reconocer su error.

“A veces los ponían a escribir diez o quince páginas sobre el papel histórico de las mujeres en la guerrilla”, nos dice “Cuba”, un hombre de 31 años que prefiere no decirnos su nombre. Nació en el sur del departamento del Tolima y desde el 2000, a sus once años, hizo parte de las filas de las FARC-EP.

Después del proceso de reintegración de esta guerrilla, en el 2017 comenzó a trabajar como escolta para la Unidad Nacional de Protección. Actualmente, también es el Vicepresidente Nacional del Sindicato Memoria Viva, que organiza a los empleados de este sector de la seguridad.

En esta ocasión, quisimos conversar con él porque hace parte del grupo de Masculinidades Insurgentes del Partido FARC, compuesto por excombatientes que se preguntan por la igualdad entre hombres y mujeres y por la masculinidad nociva que la guerra les dejó por herencia o que han presenciado en la sociedad a la que se reincorporaron.

Es bien conocido que el conflicto armado en Colombia ha dejado a su paso huellas imborrables en los cuerpos de las mujeres. Así lo demuestra, por ejemplo, “La guerra inscrita en el cuerpo”, un informe de 2017 del Centro Nacional de Memoria Histórica. Basándose en datos recogidos por el Observatorio de Memoria y Conflicto (OMC) — una entidad que busca sistematizar información sobre diferentes modalidades de violencia que han tenido lugar en el marco de la guerra — este deja ver que de 1985 a 2016, se registraron 15.076 víctimas de violencia sexual en la guerra.

Según Rocío Martínez Montoya, investigadora principal de este trabajo, este tipo de violencia hace parte de una forma de operar similar en todos los grupos armados legales o ilegales en el país. Entre enero de 1958 y abril de 2017, el OMC reportó que los paramilitares fueron el grupo armado que más perpetró delitos de violencia sexual, representando al 32.2% del total de casos, seguido de las guerrillas, equivalente al 31,5% de ellos.

Sin embargo, con el fin del conflicto no llegó el fin de las violencias contra las mujeres. Al salir a la vida civil, a algunas de las compañeras de “Cuba” les empezó a preocupar la existencia de fenómenos que, según su relato, no estaban tan presentes en la época de la guerra, como la violencia intrafamiliar o la distribución inequitativa de las tareas del cuidado.

Siendo testigos de estas situaciones, la Comisión Nacional de Mujer, Género y Diversidad del Partido FARC hizo un llamado a los hombres. Era necesario que comenzaran a conversar entre ellos para cuestionar sus comportamientos y a comprometerse a cambiar aquellos que pudieran convertirse en otras formas de violencia.

¿En qué momento sintieron que era importante pensar las masculinidades?

Estos temas de género o feminismo no los hablábamos en la guerrilla, seguramente por la construcción que tuvo la organización. Yo llegué cuando ya estaba conformado el reglamento, los estatutos y las normas.

Era un reglamento que aplicaba de igual manera tanto para hombres, como para mujeres. Y si bien es cierto que no teníamos el nivel de igualdad que se merecen las mujeres, sí habíamos logrado que nos vieran a todos iguales e incluso entre nosotros nos veíamos como iguales.

Gracias al reglamento, cocinábamos, lavábamos y hacíamos trabajos por igual. No podíamos maltratar, usar adjetivos despectivos, palabras soeces, poner apodos, ni hacer burlas — que son comunes en grupos de hombres — hacia las mujeres. Pero nuestro comportamiento radicaba en un temor a la sanción y no tanto a una conciencia de igualdad.

No estoy diciendo que fuera una maravilla ser mujer en la guerrilla. Para un hombre era más fácil obtener mando y escalonar y muchos comportamientos que tenían hombres o mujeres, eran más reprochados en las mujeres. Es claro que todos venimos de una sociedad patriarcal y machista por la influencia de las iglesias y del campo. Muchos somos hijos de padres, e incluso, de madres machistas.

Sin embargo, cuando nos estábamos reincorporando a la sociedad, apareció la desigualdad en mayor medida: las mujeres volvieron a quedar relegadas a la casa, volvimos a separar los trabajos que antes hacíamos entre todos y volvimos a encasillarnos en unos estereotipos. Eso nos llevó a atender a unos llamados de las compañeras del feminismo insurgente de la Comisión de Género del partido, del cual ahora hacemos parte desde el grupo de Masculinidades Insurgentes.

Pero entonces… ¿Hay alguna experiencia en la guerra que recuerdes que te haya hecho cuestionar la masculinidad?

Había muchos comandantes machistas, pero también otros hombres que reivindicaban el valor de las mujeres. Recuerdo distinguir a Víctoria Sandino como en el 2003. Sin hablar de feminismo, era muy defensora de las mujeres y criticaba constantemente el comportamiento abusivo de los hombres con ellas. A veces los compañeros se hacían llamar a relación — o a sanción pública — por haber dicho algo de alguna compañera. Siempre tenían el repudio de la mayoría.

¿Qué aspectos de la masculinidad “tradicional” han encontrado problemáticos?

Lo primero que hay que decir es que entendimos que había que hacer un diagnóstico de cada región y asimismo ajustar el pensum de estudio sobre masculinidades insurgentes. No es lo mismo una masculinidad antioqueña, una costeña o nariñense. La geografía y el tipo de población influyen en estas ideas. En cada región hacemos talleres sobre diferentes temas.

Y uno de los temas que genera más resistencia es el del amor romántico porque la mayoría de hombres creen que nadie les debería enseñar esto. Nos ha pasado que solo diciendo el nombre de “amor romántico”, la gente sale a correr. Eso nos pasó en Antioquia, por ejemplo. Los hombres en general creen que tienen dotes o genes para el amor y para “conquistar” a una mujer y no quieren que les den herramientas o les hablen del tema.

Lo cierto es que es urgente hacerlo. Hay micromachismos que pueden escalarse a otras formas de violencia. Unos de ellos tienen que ver con asumir que la pareja es de uno, que podemos determinar qué puede hacer o que creamos que podemos celarla.

También hemos tenido talleres sobre orientación sexual. Muchas veces, la gente no sabe si es heterosexual o no, por el término mismo, entonces les explicamos, así como también explicamos que existen orientaciones e identidades sexuales diversas, por lo cual siempre hacemos énfasis en el tema del respeto.

Pero tal vez la barrera más grande es que cuando empezamos a hablar del tema de masculinidades — voy a decir una palabra grosera, usted me disculpa — lo primero que dicen los compañeros es: “a este lo mariquearon”.

¿Cómo crees que pueden relacionarse los valores de la lucha revolucionaria con los cuestionamientos de las masculinidades insurgentes?

Es un acto de coherencia. Yo no puedo reclamarme revolucionario o luchador y no hacer mía la lucha por la abolición del patriarcado. Si yo digo que estoy buscando la construcción del hombre nuevo, necesariamente tengo que hacer mía esa lucha contra el patriarcado, que no es solo de las mujeres, es una lucha que nos corresponde a todos.

Es más fácil abordar este tema por el lado político porque da más margen de maniobra, para decirle a los demás que si se sienten revolucionarios, deben asumir esta lucha. El patriarcado también es una forma de opresión y si estamos contra las formas de opresión, pues aquí también hay trabajo para hacer.

¿Qué ha cambiado en tu cotidianidad participando activamente en estas discusiones sobre masculinidad?

El trabajo más grande lo hacemos con cada uno de nosotros. Hemos vivido toda la vida con el machismo, por eso cada vez me siento más comprometido. Con los compañeros hacemos un juego con una Jenga y cada vez que sacamos un palito, nos vamos comprometiendo a algo. Sale mucho el tema del compromiso a no prestarse para hacer piropos en las calle. Es muy común que vayan cuatro escoltas en un carro, bajen el vidrio y le echen un piropo a una muchacha que va caminando por el andén. Uno lo echa, pero los otros tres sueltan la carcajada o le aplauden. A ese tipo de comportamientos me refiero.

¿Qué crees que significa ser hombre?

No sé. Este trabajo me ha servido para entender que no sabemos el significado de ser hombre. Es muy difícil hacer ese tipo de aseveraciones. Yo diría que el hombre es el que no maltrata física, verbal o psicológicamente y el que no minimiza a las mujeres.

Si pudieras cambiar algo del pasado, después de las reflexiones que has tenido sobre el tema, ¿qué sería?

Hubiera leído muchísimo más. Hubiera hecho caso cuando me dijeron tantas veces en la guerrilla que había que prepararse. Sin haber tenido la posibilidad de ir a la academia, hubiera leído más sobre varios temas, incluyendo, los temas de género y las masculinidades.

¿Qué tan central crees que es este tema en la implementación de un acuerdo de paz?

Muy importante. Yo creo que en eso falta muchísimo. Si bien es cierto que la posibilidad de ver al acuerdo a través de un enfoque de género es provechoso para los exguerrilleros y la sociedad civil, creo que en lo que tiene que ver con la reincorporación y en la implementación, hace falta mucho. Lo digo porque ni siquiera se está haciendo por personas que lo conocen.

La Agencia para la Reincorporación y la Normalización no ha hecho la transición. Ellos siguen viéndonos como desmovilizados y esto no es así: nosotros no hemos renunciado a nuestra visión de país, únicamente renunciamos a las armas. Hace mucha falta que esas instituciones asuman el acuerdo. A ellos no les importa empoderar a las mujeres y darles liderazgo. A ellos les importa que entre más se puedan reducir a la casa, muchísimo mejor. Eso va en contravía del acuerdo. Si estamos diciendo que hay que preparar a las mujeres para los liderazgos, esto es incoherente.

¿Qué les dirías a los hombres que aún hacen la guerra?

Me la está poniendo difícil: yo hace tres años estaba reintegrandome. Son muchos los hombres que están en la guerra, con distintos tipos de organizaciones. No sé decir algo que les hable a todos. No los conozco. Solo puedo decir, como un hombre que estuvo ahí muchos años, que se puede librar una guerra sin que el campo de batalla sean los cuerpos de las mujeres.

¿A dónde hay que llevar la conversación sobre masculinidades para acabar con ese sistema opresor patriarcal al que se refiere?

A la escuela. Más allá de que aprueben en el congreso, la ley de paridad en los partidos políticos, los hombres le darían la vuelta para quedarse con representaciones y liderazgos. Si lo hacemos en la universidad está bien, pero ahí los jóvenes ya van llenos de vicio. Si pudiéramos trasladar esas discusiones a la escuela, podríamos mejorar las cosas en un futuro, no sé qué tan lejano.

https://medium.com/@MutanteOrg/no-puedo-decir-que-soy-revolucionario-y-no-luchar-por-la-abolici%C3%B3n-del-patriarcado-cuba-d0fc9182246