Por Liliany Obando

Queridos: Para algunos escépticos el amor y la revolución se excluyen mutuamente, yo pienso lo contrario, el amor y la revolución son un poderoso complemento. También creo que hay amores de amores y no todos son de piel ni de sexo.  Hay amores igualmente profundos, o quizá más, yo los llamo los amores trascendentes.

Esos amores han jugado un papel importante en nuestras vidas militantes. Es a esos amores trascendentes que marcaron mi existencia revolucionaria a quienes dedico estas líneas, en parte como homenaje a sus vidas ejemplares, en parte como una catarsis necesaria y tantas veces aplazada por los azares de la vida clandestina.

Siendo muy joven, al descubrir mi febril indignación ante lo injusto y mi desbocado arrojo aún sin brújula, fue el primero de esos amores trascendentes, quien tomándome cariñosamente de la mano guio mis pasos nacientes por el camino de la lucha revolucionaria.  De él heredé las primeras letras que hablaban de héroes y heroínas, muchos de ellos y ellas anónimos, y de gloriosas epopeyas libertarias.

Lo recuerdo confundiéndose entre la muchedumbre en la plaza, lo percibía con su pecho henchido al verme pasar en medio de una multitud de estudiantes, con el megáfono en mano, arengando a todo pulmón mis consignas primeras.

Pronto llegó a mi vida el segundo de mis amores trascendentes. Apareció para ayudarme a continuar el largo camino que apenas empezaba. Me enseñó el significado de la camaradería y de su mano entendí que a la solidaridad había que llenarla de contenido. Lo comprendí mejor cuando visitábamos a nuestros compañeros en prisión.

Más adelante me decidí a transitar por el mundo de lo clandestino. Comprendí entonces que sería un camino lleno de espinas, riesgos y renuncias; que la tortura, la cárcel o la muerte nos acecharía siempre y con profundo desprecio. Lección corroborada cuando tiempo después, él me visitaba tras las rejas. Ahora era yo la prisionera.

Mi tercer amor trascendente fue al tiempo amigo, camarada y gran maestro. Él me enseñó de la montaña, del andar sudoroso, del sinfín de sinfónicos sonidos de la selva.  A su lado descubrí que la dureza de la guerra –no deseada-, no debía borrar la humanidad de quienes abrazan la causa de lo justo.

Aún recuerdo su mirada vivaz y su bella sonrisa que asomaba siempre que compartía conmigo las últimas historias y fotografías de sus seres amados a quienes había dejado a lo lejos, cuando sus convicciones lo llevaron a engrosar las filas guerrilleras. De él aprendí de la lealtad a la organización y al pueblo, de la abnegación, la disciplina, el ejemplo y la consecuencia.

A ninguno de ellos pude darles un último adiós, que más bien era un te quiero, un hasta siempre…

Partí del lado del primero para cumplir una inaplazable tarea.  Con dolor lo dejé en su lecho de larga agonía.  Me fui con la esperanza de encontrarlo a mi regreso.  Una noche oscura, una repentina y fría ráfaga de viento estremeció todo mi cuerpo.  Al volver me topé de frente con su epitafio.

Tiempo después, un mensaje de urgencia llegaba a mí. Me pedían que me comunicara cuanto antes con el segundo de mis amores trascendentes. Con el corazón en la mano y la impotencia por encontrarme presa, logré finalmente hablarle en la distancia. Recuerdo que nos dijimos los últimos te quiero y lo importantes que éramos el uno para el otro. También recuerdo mi esfuerzo por sacarle una última sonrisa, hasta que sucumbí con mi voz entrecortada en una inevitable pregunta que más bien era mi acto de protesta: ¿por qué usted? A lo que él musitó casi sin aliento: -No sé por qué… esa es la vida-.  Sabíamos los dos que esa era la despedida.

Decenas de bombas y metralla asaltaron al amanecer al tercero de mis amores trascendentes.  Herido por las bombas, yacía en el suelo luchando por arrancarle un último aliento a la vida.  Fueron ellos, criminales de guerra, quienes peor que perros rabiosos arremetieron contra su humanidad en estado de indefensión. Era su trofeo de guerra.

No pude verlos una última vez, tampoco darles un último adiós, un te quiero, un ¡Hasta Siempre!

No fueron ellos amores de piel ni de sexo, fueron en cambio mis amores trascendentes.  El primero mi padre, el segundo mi amigo y camarada militante, el tercero mi amigo, mi camarada guerrillero, mi maestro.

Los tres me enseñaron a andar por este sinuoso y a la vez hermoso camino de la lucha revolucionaria. Sus pasos y su imagen me acompañan siempre, vuelven recurrentemente a mí, me habitan.

Mi ser llueve a torrentes su ausencia. Sé a ciencia cierta que la mejor forma de honrar su memoria es seguir andando por el camino de la lucha hasta alcanzar la victoria.

Hasta Siempre mis amores trascendentes, ustedes saben bien cuánto los quiere mi rebelde corazón.

Amorosamente,  Sagale[1].


[1] Carta de una insurgenta a sus tres amores trascendentes. Publicado en: Margarita Sofía De la Hoz Terán, compiladora.  Cartas de amor en tiempos de conflicto.  Editorial: Casa Hecate, París-Bogotá, 2017.  ISBN: 978-958-48-1074-8.  Sagale fue la fusión de mi nombre político en las FARC-EP, Sara Galeano, que usé para firmar la carta.