Rubín Morro, julio 1º de 2020

Siempre concebimos en las FARC-EP y muchos sectores sociales de avanzada  que llegar a un acuerdo de paz con el Estado era muy complejo por sus concepciones políticas sobre el poder y su acción sistemática  y antipopular en el ejercicio de su gobernabilidad contra el pueblo. De ahí, lo difícil  del camino para llegar a La Habana. Un proceso largo de muchísimos años  que inició en la misma Marquetalia en 1964, incluso antes.

A ratos se nos olvida y a otros casi siempre que el establecimiento  ha tenido en su estrategia  de  paz con las guerrillas el sometimiento, el desarme y la cárcel. Esto siempre nos alejaba  en cada uno de los intentos. Siempre se reducía el delito de rebelión a la  mínima expresión política hasta el punto de llamarnos terroristas.  Y eso lo sabíamos.

Ponernos de acuerdo  en la Dirección ante la eventualidad de dialogar con el Estado encabezado por Juan Manuel Santos fue complejo por el historial de perfidia y traición. Y es muy  válido ahora recordar que en todas las Conferencias  y Plenos Nacionales, así como construíamos  nuestra estrategia y táctica militar, también dejábamos abierta  la opción política de resolución al conflicto social y armado. Dicho en palabras claras era una determinación Política de las FARC-EP y nuestro Estado Mayor estaba autorizado  para no descartar una salida política. Y eso lo sabíamos.

La etapa exploratoria que duró un año  fue  traumática por cuanto el Estado cabalgaba sobre los pilares, desmovilización-desarme y cárcel. Al fin construimos una agenda que si  no fue completa, sí, recogió lo esencial del conflicto social y armado. Y otros temas  que el Estado no aceptó discutir. Y esto lo sabíamos. Nunca  hubo tanta información a nuestras bases guerrilleras y opiniones de los organismos de dirección en las distintas áreas en Colombia. Fue tan complejo este proceso en la Mesa de conversaciones que se hizo en  “medio de la guerra, en medio de la confrontación militar”. El gobierno aceptó el Cese del Fuego Bilateral en la última etapa, entre otras cosas, fuimos las FARC-EP, quienes en la práctica  llevamos al Estado  al “Cese del Fuego Bilateral”. Nosotros estábamos en “Cese del Fuego Unilateral” como una muestra de nuestra voluntad de paz.

Siempre como colectivo tuvimos total  respaldo a la Dirección Nacional en todas las gestiones previas y durante la Mesa de Conversaciones. Rotamos por La Habana decenas de mandos y unidades de base mujeres y hombres, conociendo, opinando y contribuyendo a  estos diálogos de paz . Cada paso dado era conocido en los campamentos guerrilleros, las pedagogías de paz fueron múltiples y a lo largo y ancho del país. La decisión  fue total en la Reunión de Consulta en La Habana en febrero de 2015, luego en todos los bloques y frentes, la Décima Conferencia, seguidamente en nuestro último pleno del Estado Mayor Central  y finalmente  el congreso constitutivo de nuestro partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. Ahí estuvimos todos respaldando este proceso, hasta los hoy ausentes, que retomaron las armas luego de haber estampado su firma del Acuerdo final de Paz.

Ahora las lecturas del proceso son diversas, han cambiado para muchos, debido a la asimetría en la implementación integral de lo pactado. Unos dicen: esto es un proceso lento, difícil, es una construcción social, otros, comentan los dirigentes nos traicionaron, otros más soñadores  creyeron que  no era sino firmar  y ya tendríamos todo solucionado, y hay quienes creen que no debimos haber “Dejado las Armas”, que,  por qué no las guardamos como garantías de lo pactado. Otros comentan,  pudimos haber dejado las armas por partes. De esto hay de todo como en la “viña del Señor”. Estas apreciaciones y otras son productos de nuestra formación política e ideológica. Nuestra percepción de la realidad circundante. ¿Con quién  pactamos  el Acuerdo de Paz?. ¡Pues con nuestros enemigos de clase! Eso también  lo sabíamos desde que se fundaron las  FARC.  Aún así, fue nuestra decisión encarar este proceso de paz. Desde siempre consideramos la opción del diálogo con el gobierno como un gran riesgo de incumplimiento, pero fue nuestra decisión y como tal, procuramos blindar lo pactado y darle un marco constitucional, y que varias organizaciones internacionales le hicieran  seguimiento a la implementación. Y así   se pactó.

Estas lecturas diversas han provocado desesperanza, incertidumbre, discusiones por fuera de las instancias internas,   por los incumplimientos del gobierno y esto es una  verdad innegable.  Otros han abandonado  la  militancia partidaria por interpretaciones  disímiles y lejos de la realidad  y de un análisis dialéctico,   acusan  a quienes nos mantenemos con lo firmado por el conjunto de la organización y nos llaman traidores, como si quienes firmamos  el Acuerdo  por nuestra organización, fuésemos quienes, nos tocara implementarlo. Cuando es el Estado colombiano quien debe hacerlo. Pero las distintas visiones del proceso  de Paz, para algunos los interioriza como los únicos en un proceso de paz con estas dificultades, cuando las realidades de otros procesos en el mundo pasaron  en su momento las mismas o peores circunstancias. Nada ha sido fácil, no lo fue en la clandestinidad y tampoco lo será  en esta etapa de la lucha.

La única visión que debemos tener la familia fariana del Acuerdo de Paz  es la unidad del partido. Unidos venceremos, sin unidad política  e ideológica, seremos vulnerables. Debemos seguir la lucha unidos. No podemos seguir despotricando del partido y sus dirigentes. Llevemos la discusión de las dificultades internas a los organismos partidarios, hagamos uso de la democracia interna. Pero,  no lo hagamos por las redes sociales, prestándole un servicio bien carnudo al enemigo de clases que se ríe de nuestras idioteces por una equivocada visión del proceso de paz, pretendiendo borrar con estos actos la firma estampada en el Acuerdo de La Habana.