Rubín Morro, junio 18  de 2020

Quiero hoy separarme de las elaboraciones políticas y recordar hoy a una mujer guerrillera, citadina y estudiante. Ingresó en el año 1984. Enamorada de la lucha y amante de la libertad. su muerte fue temprana, a sus 23  años, fue capturada  y luego apareció mutilada y violada.  A veces las verdades son crueles, causan dolor y alguien tiene que contarlas para que nunca más vuelva la guerra.

En homenaje a ella y a muchas guerrilleras que murieron con sus sueños de esperanza y libertad. A ellas  van estas líneas.

Era creciente la luna en lo  alto del cielo, pronto  estaría hundida tras los cerros.

-Se apagará  nuestra linterna, dijo Horacio, un guerrillero muy antiguo,  su mamá  lo entregó  a la guerrilla porque no quiso estudiar, él mismo contaba que su mamá lo llevó al campamento y se lo confirió  al comandante para que lo  educara. Horacio  siempre contaba esta anécdota en medio de una larga carcajada. Esa  noche Salimos a las siete, dijo el mando,

–hay que caminar rápido para aprovechar la corta luz de la luna. A las 10-30 de la noche desapareció el brillo de la incipiente luz. El clima era frío y amenazaba la lluvia. Pronto el invierno hizo más oscura la noche. El comandante orientó agarrarnos de la correa del equipo de quien marchara adelante, eso impedía que nos disgregáramos. Era muy cansón porque cuando se enredaba alguien, nos  caíamos  casi todos del jalonazo del equipo. No rendía mucho, pero íbamos todos en fila india.

A las 02-00 de la mañana llegamos donde pernoctaríamos.  Era una casucha en lo profundo de una montaña, no tenía puertas, era una casa inmensa, había una pareja de ancianos, eran los contactos.  Le hablaron al oído al comandante, y escuché que el  mando le  dijo,

–Llámelos y que vengan. -A los diez minutos llegaron tres personas. Se notaba que eran de la ciudad, entre los tres una mujer.

–Camarada, esta es la muchacha -le dijo en medio de la oscuridad una voz masculina. Saludó la joven,

–¿Hola cómo están? mi nombre es María.

–Bienvenida,  le dijo el comandante. Vaya duerma y en la mañana conversamos. Sentimos que salió chocándose con unos taburetes y desapareció en el fondo del rancho. El oficial de servicio ordenó ubicar  guardia y a buscar donde amanecer aunque fuera sentado. Yo me metí en  un  horno y dormí como un rey. “No hay mejor cama que un buen sueño”. Me tocó el último turno. Ya no estaba lloviendo.

Cuando aclaró  estaba junto a la quebrada. Al rato vi que alguien   salió de la casa. Era una mujer alta de cabello largo, con tenis y una bolsa en la mano. Cuando estuvo cerca de  mí, le pregunté,

–¿Quién eres? – Me respondió

–Soy María

–¿Para dónde vas compañera?  

–A bañarme dijo ella. – Y se sentó en la bolsa y me comentó: Soy estudiante, vengo a ingresar  a la guerrilla.

–¿A la guerrilla? – Le respondí sorprendido

–¡Si a la guerrilla!

–¿Y por qué? –  Le dije, me respondió:

–Soy militante del partido en la ciudad y  a mis padres los capturó y mató la policía, sin ninguna razón y me están  buscando a mi  por ser comunista y revoltosa en las huelgas.

–Y por eso me vine para las FARC, finalizó.  Llegó mi  relevo, ella se fue para el baño y yo para la casa de los compañeros.

María se  inició como guerrillera en aquella marcha. Descansábamos en el día  y reiniciábamos la  marcha al caer la noche.

–Hoy  la luna estará  más alta, tendremos una hora más de luz, creo que hasta cerca de las 12-00. Iniciamos la marcha  y también las primeras gotas de agua. La  lluvia anunciaba un fuerte aguacero. Eso nos afectó porque las nubes aparecieron y nos tapaba la débil luz de la luna. Marché esa noche delante de María, apenas llevaba un bolso pequeño y en él, sus cosas personales. A las dos horas estaba cansada, el mando ordenó descansar. Tomamos  agua con galletas, ¡un buen refrigerio!.  A las 11-30 ya  se iba ocultando  la luna tras las cordilleras y la oscuridad nos tragaba en aquellos potreros. Me dijo, María en  voz baja,

–Me rascan los tobillos y la punta de los dedos. – Le respondí

–Cuando eso pasa es porque se están pelando los tobillos y los dedos por el movimiento de la bota al caminar.

Esa noche fue de mierda, agua todo el camino y para rematar  en un potrero una estampida de  vacas  en  dirección nuestra, todo el mundo rompió la línea de marcha. Hubo dos camaradas lesionados y no encontrábamos  a María. Duramos buscándola una hora. La encontramos en un hueco asustada, sin un rasguño. Solo ardor en los pies,  espalda y entrepierna. La lluvia excesiva ablanda la piel y con el calor de la marcha se sancocha la piel. Se rasca uno y sale la tirita de piel. Llegamos al sitio de caleta a las 03-00 de la mañana. Esa noche no  hubo casa, sino un rastrojo y mucha piedra. Nos acomodamos como pudimos para descansar.  Al otro día,  nos encaletamos, para que sanaran las peladuras de María. Un viejo guerrillero dijo:

–Hiervan agua y le echan sal a la  temperatura que ella aguante. Que meta los pies y “santo remedio”.

María hizo lo orientado,  al inicio dolor y al rato todo en calma. En ese tratamiento estuvo dos horas. Luego dejó secar los pies y a las seis de la tarde, ya estaba caminando. Al guerrillero lo bautizaron “Santo Remedio”.

En ese sitio estuvimos dos días descansando. María, nos enseñó matemáticas, nos habló de la importancia de la juventud en la lucha, estaba muy contenta de ser guerrillera, Era una ternura de mujer.  Al tercer día le  dijo el comandante a María:

–compañera, alístese para que vaya  mañana al pueblo y lleve una nota a un señor que viene por ella. Se alistó María y se fue en la mañana  con el  campesino hasta el pueblo. La tarea de él, era llevarla hasta cerca  e irse atrás, y cuando entregara ella la nota, encontrarse y regresar al campamento. El compañero llegó a las tres horas, asustado y nos contó.

–Compañeros, llegamos con María a las primeras casas del pueblo, con ella convenimos que yo la seguiría a una distancia prudente. Había  caminado ella unas ocho  cuadras y yo unas cinco, cuando justo un vehículo azul se detuvo justo al lado de ella, se bajaron dos personas  con arma corta, la sujetaron por el brazo y la  subieron   al asiento de atrás y cada uno de los dos  tipos   al lado de ella.  El carro salió rápido en medio de la polvareda en dirección del río. El señor lloraba como un niño chiquito, contándonos esa triste historia de María.

Al otro día enviamos la esposa  del señor a ver que comentarios había. A las dos horas llegó la señora. Y nos narró,

–A María la asesinaron, tenía disparos en la cabeza,  la tienen en la iglesia, no tenía las manos, el cabello se lo cortaron. La señora no podía hablar del llanto. El mando le dijo,

–Siga compañera… ella, tomó agua y continuó.

–Estaba desnuda, solo tenía  ropa interior, creo que la violaron porque tenía mucha sangre en el área  pélvica. Esta situación nos destrozaba el alma a todos, una flor roja todavía en su tierno capullo,  solo nos quedó su bolso y los recuerdos que me llegan siempre los 18 de cada junio. En María está el símbolo de las ex guerrilleras que murieron luchando por ansias de libertad.  Otras mujeres empuñaron sus banderas y construyen hoy la paz en su memoria. Hasta siempre Marías.