Por: Isabel Fonseca

En el artículo anterior de esta columna, Punto Ciego, hice referencia al aumento de diferentes expresiones de violencia y explotación contra quienes nos asumimos mujeres, desde que la pandemia por Coronavirus asaltó el fin de esta década, cobrando vidas y alterando los parámetros económico-sociales que rigen al mundo globalizado.

En esta ocasión, quiero abrir el debate sobre un aspecto determinante en todos los casos de violencia y explotación patriarcal, y que, en tiempos de Coronavirus, siendo un hecho latente, integra la realidad no visible, el territorio de sombra, que bifurca realidad y conciencia, en la inmensa mayoría del universo humano.

Se trata de la relación contradictoria importancia/menosprecio que contiene al espacio doméstico, ámbito al que nos remite la pandemia, en calidad de refugio contra el contagio. Como sabemos, quienes hegemonizan los medios de producción, también, dominan los medios de comunicación e información. Por tanto, deciden verbos, sustantivos, adjetivos, expresiones y semánticas legitimadoras del poder detentado y de los sujetos que lo personifican. Asimismo, crean mecanismos para invisibilizar o tergiversar las expresiones y encarnaciones de quienes destinan como humanidad a explotar y excluir.

En ese contexto, aparecen enunciados que se mediatizan, naturalizan y normatizan, sin conjetura. Es el caso de “aislamiento social”, asociado al lema “¡Quédate en casa!”. Desde el firmamento comunicacional actual, esta dualidad es el estandarte del tiempo Coronavirus. 

Surge una interrogante: ¿Es la casa un espacio de aislamiento social? La respuesta precisa es: ¡No! Entonces, salta otra pregunta: ¿Cómo se posicionó este constructo, al calco, en casi todo el mundo, si representa un contrasentido?

Pues, apelando al sustrato preexistente de la psiquis colectiva que carga las taras contra natura, transmitidas por el Gen Maldito del Patriarcado. En ese sustrato preexistente, generado con represión y violencia, el espacio doméstico se dibuja como privado, despolitizado y destinado al género femenino; contrastando con el espacio público, politizado y de titularidad masculina. Entre los dos, una jerarquía se evidencia: el espacio doméstico es inferior al espacio público. De ahí dos premisas: 1.- Quien se ubica en el espacio inferior (doméstico) se aísla. 2.-El espacio doméstico es asocial.

Ese enfoque, implantado por los colonizadores europeos, destruyó la bipolaridad social e ideal de comunidades ancestrales que -aún después de la aparición de la propiedad privada, el patriarcado y las clases- concedía al espacio doméstico (feminizado) el carácter de complementario, en relación al espacio público (masculinizado); y mantenía, en el estatus consultivo, la opinión de las mujeres, en todo lo que implicara decisiones sobre intereses del común.

Hoy, cuando existe conciencia sobre la importancia que tiene el espacio doméstico para la reproducción de la vida, la cultura, las relaciones sociales de producción, el capital y las decisiones políticas; el sistema patriarcal global sigue promoviendo su menosprecio, dibujándolo como una isla; para obviar la triple explotación de las mujeres, elevada a un exponente sin cálculo en tiempos de Coronavirus. Y, negándole el estatus de lo público/político, para legitimar violencias e impunidades que garantizan la inequidad entre géneros. 

El espacio doméstico es un cosmos, no una isla. El espacio doméstico produce y enriquece, sobre una fuerza de trabajo no reconocida, el Producto Interno Bruto (PIB) nacional, apropiado por la élite del Capitalismo global decadente; por tanto, no es un espacio asocial.

En el ser mujer que sostiene el espacio doméstico hay un inconsciente colectivo que teje la visión comunitaria ancestral –donde se percibían conjuntos, no individualidades; espacios complementarios, no fundamentales- con las perspectivas de historia futura –donde una humanidad diversa, sin mirada excluyente de géneros, bosqueja otras maneras de existir-. 

Es nuestra tarea que el hecho latente de la trascendencia material y cultural que ostenta el espacio doméstico salga del territorio de sombra y se ilumine como realidad consciente en hechos concretos, como el reconocimiento económico del trabajo doméstico y de cuidado;la transformación de los cánones que definen las familias, desde cerrados parámetros consanguíneos y estructuras heteronormadas; entre muchos otros que serán tratados en próximas entregas.