La historia del s. XX y las dos primeras décadas del s. XXI ha estado determinada por grandes conflictos militares, que aunque locales, han estado relacionadas con las tensiones que se originan en el escenario internacional (guerras mundiales, guerra fría, guerras del Golfo).

Los conflictos militares tienen como último objetivo la paz. Para lograrla hay dos posibilidades. La primera, en el campo de batalla, supone la eliminación del oponente. La segunda, cuando no se logra la victoria militar, se opta por alternativas que permitan llegar a acuerdos entre los enemigos, de lo cual existen múltiples ejemplos, como el firmado en Sierra Leona entre el presidente Ahmad Tejan Kabbah y el Frente Revolucionario Unido (FRU), que acordó un reparto del poder tras nueve años de guerra civil.

Un acuerdo para poner fin a un conflicto supone en primera instancia la constitución de un ethos dialógico, es decir, una aceptación del conflicto, donde las diferentes partes involucradas se reconozcan como interlocutores válidos. Solo así es posible un acuerdo que permita deponer, abandonar, no solo las armas, sino también actitudes, prácticas y visiones generadas y reproducidas en contextos de guerra que buscan, por naturaleza, eliminar al otro. El nuevo contexto post acuerdos requiere entonces de la capacidad de escucha y diálogo de todas las partes.

Ahora bien, la paz no se logra con la dejación de las armas únicamente. Es fundamental que quienes participaron de las acciones bélicas vuelvan su mirada hacia el pasado, no solo para explicar los hechos y responder ante las instancias de justicia transicional, sino para la reconstrucción de una memoria histórica en procura de construir una esperanza y avanzar en la no repetición de la violencia.

La reconstrucción de la memoria histórica desde las comunidades y desde quienes se involucraron en los hechos es fundamental para lo que Eric Hobsbawm nombró como la construcción de una historia que no sea “una memoria atávica ni una tradición colectiva”, sino a partir de “lo que la gente aprendió de los curas, los maestros, los autores de los libros de historia y los editores de artículos de revistas y programas de televisión” y, podríamos agregar, de las vivencias cotidianas de quienes viven y transmiten la historia.

La voz y la memoria de quienes vivieron directamente el conflicto armado, como actores del mismo, excombatientes de todos los lados, son necesarias para esa construcción de memoria transformadora del futuro. La memoria de los excombatientes de las FARC-EP debe ser escuchada, es una voz necesaria para la no repetición de la violencia en nuestro país, no solo porque ellos hayan sido actores armados en el conflicto, sino también porque sus vidas, experiencias y aprendizajes reflejan la enorme complejidad del conflicto social y armado en el país. Sus voces no solamente pueden dar cuenta de hechos específicos, por ejemplo, sobre los casos solicitados por la Jurisdicción Especial para la Paz, sino de la integralidad de un conflicto que, si queremos dejar atrás debe ser entendido desde una mirada compleja, no desde la dicotomía buenos versus malos.

Una recuperación integral de la memoria que no se ate al pasado, sino que mire al futuro posibilitará la formación de una nueva generación que esté en condiciones de distanciarse de las pasiones y dolores que acompañaron aquel periodo traumático del país. Este será el signo de esperanza y la posibilidad de la no repetición. La reconstrucción de una memoria no atávica plantea la necesidad de explicar un conjunto de hechos mirando hacia un futuro donde no se repitan. Es aquí donde cobra importancia, como parte del Acuerdo Final de paz, la justicia transicional.