Creemos haber tocado la hora en Colombia de encaminar su historia por las consignas de la paz política, la concordia ciudadana y la justicia social. El sentido común guía nuestra capacidad de juicio correcto y nos invita a separar lo verdadero de lo falso. Se necesita de un gran valor civil para enfrentarse y dar solución práctica a los grandes desafíos nacionales. Lo más adecuado hoy es dejar atrás el fanatismo, esta religión perversa, que actúa con sangre fría y cree juzgar a los que no comparte su imagen del país, como herejes que deben ser exterminados.

El fanatismo enferma la mente individual y colectiva, y es una enfermedad, como lo hemos visto hoy en Colombia, casi incurable. No existe otro remedio para esa enfermedad privada y pública que actuar de un modo moderado, aplicar la razón para solucionar y no ahondar los problemas. El mal del fanatismo se agrava y debemos actuar en conjunto los ciudadanos que estamos hastiados de esta vergonzosa situación, durante el siglo XXI.

Hoy muchos jóvenes no conocen si no el tono de la violencia física y la violencia política como la natural manera de autodestrucción. Esta guerra de todos contra todos debe cesar, debe empezar a cesar. Las leyes son impotentes contra esos accesos de rabia acumulada. Como miembros de la bancada de FARC rechazamos estos brotes continuos de violencia política verbal, de fanatismo, del que se valen los políticos corruptos, para poner en manos de bandas criminales la solución de sus problemas privados. Estos han utilizado la guerra antisubversiva para asesinar y liquidar la oposición. El sectarismo político se ha alimentado de ese fanatismo, por esencia, irracional, premeditado y monstruoso.

La corrupción ha alimentado esa ingenua creencia en el salvavidas de Colombia. Se ha abusado del poder absoluto que se le ha concedido: pues como se dice el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. El clientelismo, que es un sistema de favores mutuos y en diversa escala, sustenta esa práctica corrupta, esa práctica criminal, ese cartel de mentiras que azotan al país. Lo peor es que ese cartel se ha traducido en el fanatismo demagógico y sangriento. Este es el caso lamentable en Colombia, y queremos dejar testimonio, como parlamentarios de la bancada de la Paz, que estos excesos van contra la democracia colombiana, la minan y la corrompen de raíz. Por ánimo democrático, llamamos a declinar en el egoísta propósito de torcer la verdad, de engañar a la opinión pública con cortinas de humo para evadir las responsabilidades individuales, de hacer un grotesco show mediático y parlamentario para salvar el pellejo a quien debe defenderse, ante los tribunales naturales, sin recurrir a fábulas de pésimo gusto.

Los amigos del status quo consideran y defienden la idea de que este es justo, que es el mejor que hay y que tratar de removerlo es atentar contra la sacro-santa propiedad privada y el sistema de mercado laboral. Los amigos del estatus quo se han valido del fanatismo que despierta en una parte de la población la figura de su líder máximo, que toman por inmaculado e intocable.

Están ellos satisfechos con la sana conservación, preservación y ampliación de sus privilegios materiales y lo que
aporta a ello en la maquinación de la opinión pública. Creen en sentido de su propia superioridad y que ella solo puede ser defendida a tiros y sangre. Confunden este individualismo egoísta feroz con la democracia; hacen de esa superioridad un privilegio abusivo y base de toda su eficaz actuación pública. Pero se engañan y nos engañan. No hay nada sobrenatural o milagroso en la personalidad que mangonea el país a su discreción. Nada que no pueda ser explicado por medios humanos y racionales.

Colombia le ha dado al Mecías hechizo un cheque político en blanco al sentirse en peligro inminente. Este peligro se agigantó convenientemente, se aumentó con semi-mentiras y semi-mentiras con una lupa gigantesca, para espantar al ciudadano y hacerle chantaje moral. El magnetismo de la operación oportunista no ha dejado de ejercer el efecto pseudo-mágico y la seducción buscada. Este es el único capital que se tiene, pero se agota rápidamente y está enviciado. El triunfo pasado electoral es una ilusión, como se revela en esta agitada coyuntura parlamentaria. Languidece el poder de la reacción, pese a los votos a la presidencia y la aplanadora parlamentaria. Hoy constatamos que la reacción tiembla en estos pasillos; se siente atrapada.

La calidad del ciudadano se mide, por el contrario, por el compromiso con la verdad, con la serena sensatez con que acepta los juicios de los otros y se somete, sin trucos de casino, al veredicto de las pruebas en el tribunal de la justicia establecida. No hay ningún ciudadano por encima de la Constitución y las leyes, y quien lo pretenda es un delirante déspota o un dios, que no está en este mundo. Creemos y predicamos la reconciliación, la ley que nos mida a todos en nuestras acciones de ayer y de hoy.

La reconciliación la ponemos en el corazón de la vida pública, que ha sufrido los horrores de la violencia, la anteponemos a las víctimas, que han sido en general los más pobres, los más explotados y explotadas, los más marginados y marginadas. Por ello estamos aquí, para defender los derechos de las víctimas y para reclamar de todos la verdad reparadora, la verdad dicha pública que sana y reconcilia. No estamos aquí para ocultar la verdad y valernos de esta tribuna parlamentaria para lograr una impunidad.

Este escaño parlamentario llama a un nuevo tipo de ciudadanos a la reflexión, a la moderación, y denuncia el atropello que pisotea la dignidad de los colombianos. Estamos aquí para mirar de frente y sin suspicacias y convocar a la gran masa de pueblo, a los comunes, a hacer causa común. No otro es el sentido de nuestra presencia y de nuestra voz libre de mezquindad y odio. Ennoblecer la acción y la palabra pública es enaltecer la patria grande que heredamos de Bolívar y del pueblo comunero, que heredamos de Uribe Uribe, María Cano, Gaitán…

El tiempo de los canallas ha quedado atrás y se inicia la era de una nueva Colombia, de la nueva Gran Colombia.