Escrito por  Gabriel Angel

Todo indica que desde el poder se mata, que en realidad es casi posible reconstruir los crímenes de Estado. Aunque nunca podrá probarse, parece concluir Vásquez.


En estos días alguna amiga trajo la más reciente novela del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, a quien un personaje como Mario Vargas Llosa, tan grande y prestigioso literariamente hablando, describe como una de las voces más originales de la nueva literatura latinoamericana. Bajo el sello Alfaguara, primera edición de noviembre de 2015, la obra del grupo Editorial Random House comprende unas 550 páginas muy bien presentadas. Se titula La forma de las ruinas.

Como no es extraño en Colombia, el hilo argumental de la novela se desarrolla en el marco de la violencia política, tomando como eje central el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán. Del 9 de abril de 1948 el autor se traslada al 15 de octubre de 1914, cuando es asesinado también otro gran caudillo liberal, el general Rafael Uribe Uribe, pero también avanza hasta los tiempos recientes para registrar crímenes como el de Luis Carlos Galán, otro gran líder liberal.

La obra envuelve un encuentro de generaciones, así como la descripción de las amarguras que cada una de ellas lleva dentro. Están los hombres nacidos en los años 20 o 30 del siglo pasado, hijos a su vez de otros nacidos en las últimas décadas del siglo 19. Y están los nacidos en los años 70 y siguientes e incluso los nacidos en el siglo 21, el par de hijas gemelas del personaje central, el propio autor, quien decide abrirnos la ventana de algún capítulo de su vida familiar.

De ese modo la novela recrea la historia nacional de un modo atractivo y refrescante, haciendo mención a la guerra civil de 1895, cuando Rafael Reyes vence las huestes liberales del general Uribe Uribe, al golpe de Estado contra el octogenario Presidente Sanclemente, al atentado fallido de 1906 contra el general Reyes, Presidente de la República, y desde luego a los crímenes de los tres caudillos relacionados, dos de los cuales examina al detalle.

De uno u otro modo también están presentes en ella personajes como José Vicente Concha, Marco Fidel Suárez, Laureano Gómez, Ospina Pérez, Turbay Ayala, Ernesto Samper y algunos más o menos queridos como nuestro nobel de literatura Gabriel García Márquez o Pablo Escobar Gaviria y su guerra personal contra la extradición a los Estados Unidos, con su secuela de bombas, atentados y homicidios cumplidos por cuenta de los jóvenes sicarios a su servicio.

Quizás por ello podríamos clasificar la novela dentro del género histórico, aunque su propósito central se relacione más bien con la teoría de la conspiración, esa especie de obsesión que sobrevive a la historia oficial en todas las épocas, y que se encarga de interpretar los grandes acontecimientos como el producto de decisiones cuidadosamente preparadas en los salones del poder. Esto la aproximaría al género policíaco y desde luego también al reino de la ficción pura.

Existen grandes dudas que torturan a mucha gente, como si el 11 de septiembre de 2001 puede ser atribuido exclusivamente a Al Qaeda o fue un plan previo de la extrema derecha norteamericana.  Si a John F. Kennedy lo mató un lobo solitario o un gran complot entre esa misma derecha y la mafia cubana de Miami. Igual puede pensarse del hundimiento del Lusitania que originó el ingreso de los Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial. Y muchos más.

Siempre se hallarán infinidad de materiales e indicios que señalan que la verdad oficial oculta o falsea muchas cosas. Y tampoco faltan los personajes dedicados a investigar y recolectar esa clase de evidencias, así como de exponer al mundo sus atrevidas teorías, siempre en contravía de los informes policiales o las conclusiones judiciales. A estos por lo regular se los mira como a gente extraña, se los aísla y se los desprecia, como a loquitos que cansan con su aburrido tema.

La novela de Juan Gabriel Vásquez se adentra en esos laberintos con declarado escepticismo. Primero con relación al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, de cuya autoría intelectual existen muchas sospechas que jamás han podido  o querido confirmarse. Y cuando todos creemos que va a desarrollarse el paralelismo entre este asesinato y el del Presidente Kennedy, el autor nos asalta con su propósito real, el mar de dudas que existen en torno al crimen de Rafael Uribe Uribe.

Todo indica que desde el poder se mata, que en realidad es casi posible reconstruir los crímenes de Estado. Pero ese mismo poder se defiende con toda energía, con declaraciones oficiales, con campañas de prensa, con torceduras en las investigaciones, con nombramientos claves, con cooptaciones, corrupciones y finalmente con las vías de hecho, la cárcel, la tortura, el desaparecimiento y la muerte. Aunque nunca podrá probarse, parece concluir Vásquez.

Quizás porque en realidad no sea así. Finalmente el autor siembra de nuevo la duda,  ya no contra la historia oficial, sino contra las versiones alternativas que crecen a la sombra. Es cierto que su papel no es el de historiador o juez, sino el de alguien que llama la atención acerca de tanta coincidencia extraña. Pero a quienes leemos desde una perspectiva de clase nos queda el sabor de la ausencia de compromiso final, como que siempre es mejor callarse.

Por lo mismo creo que a la deliciosa e interesante novela, que intenta arropar la historia nacional desde fines del siglo 19 al presente, le hace falta el ingrediente fundamental de los últimos 65 años, la lucha de las guerrillas colombianas, que en la obra de Vásquez sencillamente no existen. De la Colombia del paramilitarismo y las masacres de fines del siglo 20 y comienzos del siglo 21, Vásquez no menciona tampoco la más mínima palabra. Una grave e imperdonable omisión.

Ese silencio, obviamente, debe ser deliberado. En Colombia puede escribirse con libertad acerca del poder, referirse a sus violencias y crímenes, siempre que pertenezcan a pasados remotos.  De los actuales es mejor no hablar. Porque es tan peligroso o más que lo descubierto en el pasado. Ahí siguen los señores ricos de traje elegante, con sus organizaciones más o menos secretas y sus asesinos pagos. ¿Será eso lo que insinúa con su novela Vásquez? Quién sabe, deja dudas.

Montañas de Colombia, 13 de diciembre de 2015.