Escrito por  Gabriel Angel

Nos temen porque conocen la fuerza todopoderosa de nuestras razones, porque saben que podemos sumar a nuestra causa la abrumadora masa de las mayorías nacionales. 


Por Gabriel Ángel

Las FARC-EP somos una organización conformada por colombianas y colombianos del pueblo, con un fin exclusivamente político, la toma del poder, al lado de las grandes mayorías, a objeto de enrumbar el país y la sociedad por un camino de bienestar económico y justicia social. Se trata de una realidad que nuestros detractores se esmeran en negar con saña. 

Tras cincuenta y un años cumplidos de lucha, tiempo que muchos consideran prueba evidente de nuestro fracaso, sentimos el derecho de proclamar lo que somos, con la frente en alto y las manos limpias. Fracasados nos parecen los que no pudieron exterminarnos, los que no lograron construir el maravilloso país que  reiteradamente prometieron y al que más bien arruinaron.

Manuel Marulanda Vélez y el puñado de mujeres y hombres que emprendieron con él esta epopeya, conformaban un grupo de campesinas y campesinos privados de cualquier recurso material, mal armados y carentes de adecuada formación militar. Lo único que poseían eran sus sueños, sus ideas de revolución y socialismo, su fe en la justicia de lo que hacían.

Cincuenta y un años después las FARC-EP, curtidos por la larga experiencia de esta brega, perseguidos y bombardeados por los mismos enemigos de medio siglo atrás, presentes de uno u otro modo en todos los campos y ciudades del país, y apoyados por un numeroso contingente del pueblo de Colombia, persistimos incansables en la abierta defensa de sus intereses.

Somos destinatarios de la ira de los poderes imperiales, del odio de las clases pudientes que no pueden comprender por qué no les somos sumisos. Unos y otros han construido de común acuerdo un orden, en el que la violencia y la enajenación tienen por fin aplastar la oposición a su avaricia, a su deshumanizado afán por apropiarse de cuanto signifique riqueza.

Dominados por la soberbia propia de los amos, no pueden perdonarnos habernos resistido a su brutalidad. Las armas que con histórica dignidad empuñamos en Marquetalia se reprodujeron en miles y miles de brazos, y las ideas que expusimos en nuestro nacimiento prendieron en millones de almas. El terror dirigido en un comienzo a nosotros, se extendió sin piedad contra todos.

Por encima de nuestros detractores, que todo lo miden en cantidades de dinero, y no pueden concebir motivaciones distintas al ánimo de lucro, los mandos y combatientes de las FARC-EP integramos una comunidad inspirada en valores de humanidad, solidaridad y fraternidad, ajena por completo al bienestar material, y dispuesta a sacrificarlo todo por la causa popular.

Los crímenes que nos endilgan y las viles intenciones que nos atribuyen, sólo existen en la mente de quienes nos persiguen, en el incesante eco de sus medios de propaganda. Las guerrilleras y los guerrilleros de las FARC-EP encarnamos las más nobles aspiraciones de los pueblos, luchamos contra todas las formas de explotación, condenamos cualquier forma que adopte la injusticia.

Provenimos de las barriadas de los marginados, de las veredas arrancadas a la selva y la montaña por las manos encallecidas de los sin fortuna. Nuestros padres y madres no conocieron nunca la comodidad, sufrieron lo indecible por llevar al hogar el pan con el que sus hijos pudiéramos alimentarnos. Aprendimos de la grandeza humana que abriga el afecto de los desposeídos.

Somos conscientes a plenitud de las realidades en que se desenvuelve la vida económica y social. Entendemos con claridad el verdadero sentido de la moral y las leyes impuestas por los grandes propietarios. Sabemos que su discurso de igualdad y libertad sólo tiene por objeto encubrir su papel como artífices de la más cruel inequidad, así como disimular la más descarada opresión.

Cuando el imperio habla de ayuda, obra movido por el afán de saqueo. Cuando predica de democracia es porque la persigue en defensa de la arbitrariedad. Cuando nos habla de desarrollo, maquina un gran negocio del que obtendrá oro a cambio de nuestro atraso. Cuando invita a la cooperación, tiene como propósito inmiscuirse en nuestros asuntos para dirigirlos.

Así también la oligarquía gobernante predica de prosperidad para todos, al calcular los réditos que obtendrán los suyos por cuenta del despojo de la mayoría. Habla de soberanía mientras entrega los recursos de la patria y somete la nación a la voluntad del gendarme extranjero. Alardea de su interés por la paz cuando con mayor sevicia practica la intimidación y la guerra.

Los derechos humanos, el derecho internacional humanitario y la justicia internacional sólo adquieren sentido en el mundo de hoy, cuando se trata de defender los intereses en peligro de los grandes capitales. Por las luchas de los pueblos aprendimos que si se toman en serio y reclaman para ellos esas sagradas palabras, pasan a ser considerados como terroristas y enemigos.

Estamos ciertos de la existencia de un grandioso aparato de dominación de las mentes, de una gigantesca red de alienación y desinformación con la que se manipulan las conciencias. Pero sabemos también que la verdad logra colarse por entre las hendijas, que cada día es más la gente que se suma a fuentes alternativas, que rompe las cadenas que ataron su entendimiento.

Los integrantes de la gran familia fariana estamos seguros de militar en el bando correcto, en un mundo en el que las fuerzas encontradas de explotadores y explotados, de opresores y oprimidos, de capitalistas y proletarios continúan enfrentadas en una contradicción, que sólo se resolverá con el desastre general para la humanidad o el nacimiento de una sociedad justa y sin clases. 

Nos mueven a la lucha los más elementales principios de decencia. No podemos aceptar que la naturaleza sea depredada y destruida, que las comunidades ancestrales, las negritudes, los campesinos olvidados, los afrodescencientes discriminados, los mineros humildes de lejanas regiones, sean de repente arrollados por la locomotora, despojados y desahuciados.

Siempre nos negaremos a aceptar que nuestra gente sea condenada a la miseria, a una vida de parias, de informalidad desprotegida y desvergonzada, sólo para que las grandes compañías puedan hacer su agosto. A que nuestra patria sea hipotecada sin redención para que con el sudor de las mayorías se paguen los beneficios obtenidos por una élite privilegiada.

Las FARC-EP somos la voz y la fuerza de la esperanza, somos la propuesta más sana y conveniente para el país, la alternativa que jamás podrán destruir. Nos temen porque conocen la fuerza todopoderosa de nuestras razones, porque saben que podemos sumar a nuestra causa la abrumadora masa de las mayorías nacionales. Por eso prefieren hacernos la guerra infinita.

Montañas de Colombia, 27 de mayo de 2015.