Escrito por  Gabriel Angel

Aquella historia, pese a la satisfacción que le reportó, no dejaba de avergonzarlo. Él era cubano, veneraba la vida y la obra del Jefe, como llaman con familiaridad a Fidel.


Por Gabriel Ángel

– A María, quien siempre me recomienda que escriba así.

La taberna permanecía vacía. Sólo una mujer morena, vestida con blusa blanca y falda y chaleco negros, se movía de la barra a las mesas de vez en cuando. Del equipo de sonido manaba música caribeña a regular volumen, tratando de vencer el tedio del administrador, quien, desde una silla situada a un lado de la entrada al local, observaba el misterioso azul del mar al fondo. A veces algún vehículo distraía su contemplación, cruzándose frente a él por la calle asfaltada. La noche comenzaba a caer, señalando que en menos de dos horas, un poco antes de las diez, llegaría el momento de cerrar y marcharse a casa. Era lunes, atardecer rutinario que contrastaba con el bullicio del día anterior, cuando a la misma hora el lugar se hallaba atestado de turistas que cenaban y bebían con animación tras haberse dado un largo baño en la playa.

En el ala derecha del local, separada del resto por una puerta grande de vidrios oscuros que impedía la observación hacia dentro, conversaban con animación cuatro hombres sentados alrededor de una de las mesas. Uno de ellos vestía como un maître y divertía con su alegre conversación a los otros que festejaban sus ocurrencias desbordadas. Estos últimos eran sin duda suramericanos, y quien los hubiera escuchado desde antes podría haberse enterado de que uno de ellos, el que más frecuentemente intercambiaba con el maître, había visitado la isla anteriormente y hecho amistad con su interlocutor cubano, al que había querido saludar en esta nueva estadía. Lo acompañaban dos amigos, encantados con el personaje que tenían al frente. En realidad se trataba del gastronómico del lugar, un viejo sesentón y risueño, de piel y cabellos blancos, que no se cansaba de expresar su satisfacción por la inesperada presencia de los visitantes. Los quiero mucho, decía a cada rato con mirada cargada de emoción.

Los suramericanos bebían ron con cola, servido con hielo en vasos largos de vidrio por su anfitrión de ocasión. Este no bebía, con el argumento de que debía ir esa noche a casa. Su mujer, un poco menor que él y con quien compartía la vida desde cuatro décadas atrás, le exigía un elevado grado de moderación y unos modales intachables. Precisamente acababa de llamarlo por teléfono para preguntarle a qué horas estaría en casa. Era su propia manera de advertirle que lo esperaba sin falta, y temprano. Sabía bien que se trataba de un día casi muerto, muy distinto a los fines de semana, en los que por la alta concurrencia de clientes él podía alegar que se veía obligado a trabajar hasta muy tarde, ya de madrugada, razón por la cual no se presentaría en casa. Lo haría en la mañana siguiente, tras pasar la noche en el hospedaje para empleados. 

Lo que ella no sabía, o quizás no quería saber ni imaginar, era que él aprovechaba las noches en que debía quedarse, para darse todos los gustos con su cucaracha, como llamaba jocosamente a la morena de veintiocho años con quien sostenía desde un tiempo atrás una relación paralela. Sobre ese tema picante volaban los comentarios de un puesto a otro de la mesa, pues el viejo hablaba con franqueza sorprendente, sin caer para nada en la vulgaridad, pero narrando de tal modo las incidencias de su concubinato, que no podían sino generarse alegres carcajadas entre sus contertulios.

Eres un auténtico bandido, Alberto, le decían, seguramente tu mujer no se ha enterado del asunto, pues de lo contrario te verías en serios aprietos. A lo que él respondía que desde muchos años atrás había aprendido a cuidar el secreto absoluto de sus aventuras. Ninguna cosa era peor que una mujer celosa con fundamento, cuando se hacía imposible la aceptación de la más elaborada de las argumentaciones. Aquella vez, cuando no tenían más de un año de casados, ella lo había descubierto, y, por pasajero que hubiera sido el caso, estuvo a punto de arruinarles el matrimonio. Todos los años transcurridos desde entonces no habían sido suficientes para que ella dejara de reprocharle su desliz de vez en cuando. La experiencia había sido suficiente para no permitir que se repitiera. No lo de sus aventuras, sino lo de dejarse pillar de algún modo por ella. Las risas se prolongaban por largo rato.

Aquellas reflexiones jocosas condujeron a los demás a pedirle que les contara de algún episodio memorable de su larga experiencia en la materia. A lo que tras pensarlo unos instantes, el viejo accedió con una sonrisa de nostalgia. El caso había sucedido unos treinta años atrás, con una muchachita preciosa, a la que no hubo forma de convencerla de ceder en la condición impuesta. Tenían que escaparse juntos siquiera por una semana, lo que desde cualquier punto de vista significaba un reto exagerado para su situación personal. Contaba con unos buenos ahorros, sí, guardados en casa además, pero de cuya desaparición tendría que dar cuenta irrebatible a su esposa. La prolongada ausencia no podía explicarse con ningún argumento creíble, ella estaba enterada del rol de sus actividades personales y de trabajo, y no había modo de envolverla con alguna justificación válida. Tras echarle cabeza al asunto durante varios días, se decidió por la que le pareció la única oportunidad posible, la apelación al fenómeno de los balseros.

Había en Cuba una obstinada práctica por parte de gente que quería irse de la isla en busca de mejores oportunidades en los Estados Unidos. Al menos esa era la ilusa pretensión que animaba a muchos de los que tenían familiares en La Florida, e incluso a quienes sin tenerlos mordían el anzuelo ofrecido por el llamado país de las oportunidades. Los americanos incentivaban, con sus propios propósitos, la fuga de la población hacia su país, y no faltaban los que se dejaban seducir por aquellos cantos de sirena. Así que Alberto le salió un buen día a su esposa con la historia de que había decidido, tras meditarlo mucho, escaparse en una balsa para Norteamérica. Para tranquilizarla le habló de unos contactos en Miami, que no solamente se encargarían de trasladarlo por una suma que estaba a su alcance, sino que además le garantizaban engancharlo en un buen trabajo, con el que además de asegurar su cómoda supervivencia, estaría en condiciones de enviarle dólares a su familia, hasta que finalmente lograra llevársela con él.

Su mujer quedó de una pieza, y aunque intentó de mil formas hacerlo desistir con toda clase de argumentos, él se mostró inconmovible. Ella misma le contó el dinero de los ahorros al entregárselos y le alistó la pequeña maleta que contenía lo mínimo indispensable para la arriesgada aventura. Toda su familia, incluidos suegros y cuñados, quedaron en una nerviosa expectativa la tarde que él se despidió de ellos jurándoles salir adelante como fuera. 

Desde luego que en lugar de emprender la peligrosa migración, Alberto corrió a encontrarse con su manguito, quien a su vez había creado las condiciones necesarias en su familia para justificar su ausencia, completamente distintas a las ideadas por él. Viajaron como dos palomitos enamorados hasta una ciudad vecina en donde pasaron una semana completa como dos recién casados que se aman perdidamente. Días y noches inolvidables de amor y fuego. Hasta que hubo que volver a casa. Un problema que después de lo conseguido no le iba ser difícil resolver a él.

La cuestión sería que su experiencia había sido un fracaso. No sólo había visto seriamente comprometida su vida en medio de una intempestiva tormenta, sino que de remate habían sido capturados por las autoridades y luego protagonizado una fuga cinematográfica, que lo obligó a refugiarse un par de días en el monte, como una fiera perseguida, aventura en la que perdió además el poco dinero que llevaba. La ropa, se habían encargado de mojarla y arrastrarla por el piso terroso con su compañera de ocasión, para que al presentarse ante su esposa la encontrara sucia y desastrosa como debía quedar después de semejantes desventuras.

Lo verdaderamente increíble fue que lo consiguió. Fue tanta la alegría de su esposa y su familia por su regreso a salvo, que poco repararon en escarbar sobre los pormenores de su tragedia. Hasta a su pobre suegra le dolían los oídos por haber mantenido el pequeño radio transistor pegado a ellos en busca de noticias. La Radio Martí, emisora ilegal que desde La Florida enviaba su señal desestabilizadora y perversa sobre la isla, además de animar a los cubanos a abandonar su patria y su revolución, solía trasmitir clandestinamente el arribo de balseros a Miami, como modo de promover su éxito. La suegra de Alberto no se había apartado la radio de los oídos con la esperanza de captar cualquier referencia a su llegada.

Aquella historia, pese a la satisfacción que le reportó el feliz final, no dejaba de avergonzar a Alberto. Él era un cubano de toda la vida, amaba su país y  veneraba la lucha y la obra conseguida por el Jefe, como llaman con familiaridad y enorme respeto a Fidel los isleños. Haber apelado a semejante trama, por más gratas e inolvidables que fueran sus razones, pesaba en su conciencia como una especie de traición. No a su esposa, no, al fin y al cabo se trataba de una de las tantas infidelidades que suceden en la gran mayoría de los matrimonios. Sino a la revolución, pues había aparecido, así no lo supieran sino sus más entrañables allegados, como un desertor de ella. Algo que ningún revolucionario, ni siquiera ningún cubano decente debería hacer jamás. Ante la amenaza de un rapto depresivo, sus acompañantes decidieron animarlo para que no fuera a hundirse en los remordimientos. Cosas que pasaban en la vida Alberto, nada más que eso, no había que preocuparse tanto. Y para probarlo, cada uno de ellos comenzó a contar su propia aventura en materia de males de amor, los más deliciosos y pesarosos en el mundo.

Tarará, 30 de julio de 2014.