Escrito por  Gabriel Angel

De nuestro lado hay un pueblo, hay principios, hay decencia, hay propuestas.


Las FARC-EP nos aprestamos a comenzar conversaciones de paz con el gobierno de Juan Manuel Santos. En ello hemos puesto toda nuestra voluntad, apostándole a coincidir con la mayoría de la nación que ha hecho de esa su principal aspiración.

También hemos planteado en diversos espacios, de modo continuo y persistente, que la paz no puede ser reducida a la desaparición de las guerrillas. La violencia política de los de abajo es el producto de la violencia terrorista de los de arriba, de los que están en el poder.

No hemos perdido oportunidad para dejar presente que la paz consiste en la extirpación de las causas que originaron y alimentan la confrontación. La principal de las cuales es el tratamiento violento a la inconformidad, la ausencia de garantías democráticas para todos.

Hemos expresado por eso en una agenda de discusión, temas centrales como el régimen político, el respeto y las garantías plenas a la oposición, el desmonte de cualquier forma de violencia contra el movimiento popular. Abrir la democracia afectará sin duda la dominación de clase.

Tal vez haya personas que no alcanzan a valorar la profundidad de lo que va a debatirse. Pero en cambio estamos seguros de que las clases dominantes sí lo entienden a la perfección. Por eso se preparan para impedir siquiera los más mínimos retoques a su farsa democrática.

Las instituciones vigentes y sus secuelas de espanto les parecen la suma de la perfección. Incluso ya tienen previstas las formas en las que tendrán que insertarse los vencidos: Plan nacional de desarrollo, marco legal para la paz, ley de víctimas, fuero militar, justicia y paz, régimen de tierras.

Los colombianos no tienen por qué cuestionar las desiguales estructuras económicas y sociales, las políticas neoliberales de despojo, la militarización absoluta de la vida nacional. Eso lo definieron ya las instancias legales que para eso existen, parlamento, gobierno y cortes.

Con la ayuda de fiscales, procuradores, defensores del pueblo y contralores escogidos en el más sucio juego de componendas e intereses por los mismos poderes. A los demás sólo les cabe obedecer, o sufrir las consecuencias de la mano dura. Únicamente resta nuestra aquiescencia.

Y apuestan a conseguirla como sea. El Presidente Santos, para poner un ejemplo, refiere sin rubores ante la prensa internacional, que ordenó la ejecución de Alfonso Cano después de iniciar con él un proceso de acercamientos de paz. Las reglas del juego democrático, remata.

Eso mientras su ministro de defensa, tras el anuncio de un publicitado parte militar que da cuenta de decenas de mandos y guerrilleros dados de baja, nos invita a comprender la inmensa generosidad del Presidente. Todo el país debe estar conmovido con su bondad.

Además advierte enseguida que es absurdo pensar en reducir el tamaño del aparato militar o su presupuesto, incluso en el evento de que se llegara a la firma de la paz. Es claro su convencimiento de que encerrarán y aplastarán a las FARC en la Mesa. O con bombas fuera de ella.

Son incapaces de entender que están mostrándose ante el mundo como lo que en realidad son. Olvidan que una inmensa mayoría padece las consecuencias de su egoísmo, de su voracidad por la riqueza, de su intolerancia criminal. Y que jamás podrá compartir su punto de vista.

Es en defensa de esa inmensa masa de gente buena que las FARC estamos alzados en armas, y es por ella también que iremos seguros a la Mesa. Aquellos que bufan imposiciones van a estrellarse con la realidad. De nuestro lado hay un pueblo, hay principios, hay decencia, hay propuestas.