Escrito por  Gabriel Angel

La tarea de desmantelar el mercado pasa por la recuperación del control de nuestras vidas. Por la rebelión de nuestras conciencias.

La predestinación silenciosa

Para saber cómo librarse de ella, vale la pena indagar de qué modos y hasta cuáles rincones penetra la dominación de los poderosos en la mente de la gente. Realmente sus extremos son asombrosos. Parece que el sistema produjera seres humanos en serie, con características especiales según el propósito esperado. Hay padres y madres de familia, abuelas y abuelos, tíos, hermanos mayores y menores, hijos, cada uno con un rol a desempeñar en el entorno familiar y social según su edad y sexo. Lo que se espera de cada uno se encuentra predeterminado, como si existiera un ADN de la mansedumbre humana.

Casi que puede palparse en el aire la sigilosa presencia de lo que se juzga bueno para cada uno. Pululan los prototipos. Siempre están presentándonos los paradigmas del buen ciudadano, del jefe eficiente, del empleado cumplidor con su empresa, del policía heroico o del ídolo que puede ponerse de moda y el tipo de canciones que debe interpretar. Se admiten ahora hasta los rabiosamente escatimados derechos a las minorías discriminadas. Cada paso a dar, cada conducta, cada sueño, el tipo de inclinación adecuado, todo está contemplado de antemano en el imaginario social, de tal modo que la única alternativa que nos queda es elegir la talla adecuada.

Las ideas de lo que se considera correcto, que creemos adquiridas en el seno de nuestras familias, en realidad provienen de un entorno mucho más amplio. De algún modo la Escuela no sólo es una prolongación del orden establecido en casa, sino que también representa la reproducción concreta de un orden social superior que busca perpetuarse por medio de ella. La academia rebosa de maestros y materias cuyo propósito real es hacernos obedientes a las reglas vigentes. En ella escuchamos por vez primera el término excelencia, la conducta más automatizada posible y a la vez el modelo a imitar por el resto. Pero no ocurre sólo las aulas, sino en todo. Einstein, que resultó expulsado de ellas, terminó concibiendo el arma más útil al sistema de dominación.

Si se mira bien, hasta el inolvidable primer amor que aparece en nuestras vidas, y que nos compulsa a romper las convenciones  y a seguir los afiebrados dictados del sentimiento y la pasión, es un asomo revelador del artificio  con que se nos presenta  el modo de vida admitido. Las acciones más osadas que nos dicta su locura, resultan esguinces que nos hace la lógica admitida antes de arraigarse totalmente en nuestras almas. La prueba de ello es que a casi todos nos suceden en su momento casos muy parecidos, si no es que llegamos a conocerlos por cercanas experiencias ajenas. Al final terminamos sacando las mismas conclusiones. Adiestrados para vivir.

La dominación de nuestras vidas pasa obviamente por la dominación de nuestras mentes. Cada uno de nosotros encarna la particularización de un inmenso pasado ajeno, somos todos los demás, decía alguno con certeza. Y todo el tiempo estamos siendo constreñidos a nadar en el mismo sentido de la corriente. Una corriente que no quiere dejar nada sin arrastrar consigo por cuanto se alimenta de nosotros. Que se burla de nuestra candidez cuando tomamos otro camino creyendo que la hemos esquivado. Como sucede a quien aburrido con su pareja consigue amante y termina por descubrir que sólo ha conseguido una variante en la pesada monotonía conyugal.

Es que paradójicamente, ese inveterado flujo social  se da el lujo de permitirnos diversidad de opciones. Porque,  animado por la necesidad de controlarlas a todas, permanece siempre a la caza de cualquier novedad. Es como si a cada posible elección que pudiera realizar un ser humano, le pusieran un código de barras que la clasifique. En adelante estará completamente registrada y constreñida a los marcos fijados por el codificador. Se podrá ser mecánico, abogado, alpinista, escritor, cantante de rap, hasta una monja travesti que cante reggae.  La base de datos admite las más increíbles opciones. Siempre que su ejercicio no sobrepase el límite admitido.

Las opciones de vida

El mercado proporciona cuanto se requiera para ejercer la actividad que plazca. He allí la verdadera fuente de la permisibilidad, todo es una mercancía que puede conseguirse en las vitrinas o por internet. Cualquiera que sea el artilugio producido tiene como destino el mercado y éste solamente adquiere su sentido si existe el correspondiente extremo de los consumidores. El mundo está en manos de los propietarios de la feria. Ellos claman por  gente que adquiera sus cachivaches. Ofrecer de todo, implica crear también gente para todo. Al fomentar el vicio se crea el número suficiente de compradores. Allí podrá posicionarse exitosamente la droga.

Nos enseñan que la libertad consiste en poder elegir el propio destino, en hacer lo que cada uno quiera. En realidad ella está reducida a la elección de las cosas que vamos a comprarles.  Al hacerlo ponemos en sus manos nuestro porvenir. Son muchos los ilusos que se sienten realizados por eso. Comprar no puede ser la medida de todas las cosas. Quienes poseen el dominio de las mercancías que nos meten a diario por los ojos, convierten además a cada ser humano en una de ellas, lo usan o desechan según les indique la voracidad del lucro. Adquieren la gente al menor costo posible para emplearla en la producción de sus chucherías. Llaman a eso competitividad.

Al elegir profesión o dedicarse a lo que pueda, la gente determina una opción de vida, es decir, entra a ocupar un triste nicho en el mercado. Será comprada y vendida al precio que los empresarios fijen en sus bolsas. Y trabajará para ellos a fin de conseguir con qué comprarles cuanto le vendan.  Del nacimiento a la muerte, los seres que habitan este tipo de sociedad viven para escoger entre una y otra marca, desde la leche que nos batirán en el biberón hasta la ceremonia con que seremos sepultados. En eso radica la esclavitud de hoy, el sistema arrebata la condición humana a mujeres y hombres tan pronto como llegan al mundo, y jamás se la retorna.

Condenados eternamente a vendernos y a comprar, seremos importantes en la vida si el precio por el que se nos cotiza es alto, como les pasa a las grandes estrellas del fútbol o la música. Y caeremos rápidamente en prestancia si nuestras ventajas para competir o comprar son nulas. De allí que se impulse y se ensalce tanto al individualismo, a la superación personal, que no puede ser otra cosa que aprender a pararse sobre los hombros y las cabezas de los demás, en una especie de pirámide humana en la que la disputa para ascender al vértice arroja continuamente la mayoría a la base. La consigna ordena hacer gala del emprendimiento, convertirse en líder a tiempo.

Los peligros de la inconformidad

Abrir los ojos con relación a esa suerte sí que puede resultar peligroso. Porque significa poner en duda el orden establecido, las jerarquías, el derecho a la explotación de los demás, la sagrada institución de la propiedad privada. El sistema de dominación requiere garantizar la ignorancia, impedir a toda costa la difusión de pensamientos e ideas peligrosas. Por eso, junto con las mercancías, inyecta en  las mentes de la sociedad una visión apologética de su modo de vida. Y pone su poderosa maquinaria al servicio de esa idea, impedir que la gente piense, proporcionarle marcos de referencia muy bien preparados de antemano.

Así, mediante un discurso basado en falsas ilusiones de ascenso y progreso,  se nos enseña a odiar la verdadera libertad, la ruptura de las cadenas del sometimiento al mercado. Nos embrutecen al por mayor con atractivas fábulas. Y, como si fuera poco, despliegan una irresistible campaña publicitaria para recriminar e incriminar a los autores de la duda y la interrogación. Los convierten en seres despreciables, en alimañas  a las que se debe amedrentar, encarcelar, hacer invisibles o en el peor de los casos, matar. A individuos o grupos como esos hay que hacerlos retornar al redil, recuperarlos por cualquier medio o aplastarlos ejemplarmente.

En realidad la inconformidad tiene origen en que cada día aumentan los perdedores en el casino de la feria mientras se reduce dramáticamente el número de los triunfadores. Es tan bajo el valor que el mercado asigna a la labor de producir mercancías, que sus artífices difícilmente logran reproducir su existencia. Y como si no bastara con eso, esa limitación también les impide acceder a la canasta de bienes que según el pregón suministran la felicidad. Hambrientos y deslumbrados, trabajadores y consumidores lamentan con irritación no poder ingresar al bello mundo descrito en  la propaganda multicolor que con su música penetra a la profundidad de sus mentes.

Las armas de la dominación

El sistema no se interesa por los fracasados pues carecen de capacidad de compra. Además son tantos que de algún modo comienzan a sobrar. Gente de más, simples estorbos. Fácil presa para los calumniadores que critican el mercado. La masa adoctrinada en cuestiones políticas se torna en fuerza mayor, deviene imprevisible e irresistible en sus resultados. Como un tsunami o una erupción volcánica. Es necesario contenerla. Si ya no surten efecto las avalanchas de doctrina que se inyectan en cada espacio pedagógico, laboral, audiovisual o escrito, habrá que apelar a la fuerza. Por dosis calculadas o de manera masiva y sistemática. El orden es para respetarlo.

El verdadero nombre de la dominación del mercado es terror, aunque se le denomine con expresiones más elegantes y admisibles como coerción legal, violencia legítima o ejercicio constitucional de la fuerza. Los obcecados sectores de la sociedad que azuzados por extremistas se levantan contra el orden establecido, están llamados a saber en qué consiste el escarmiento del mercado enfurecido. Si no fueron reducidos por las buenas, van a serlo por las malas, conocerán lo que significa el miedo. Y aunque sea tarde, terminarán por comprender que no queda otro camino que el sometimiento, que la docilidad es la más bella cualidad del ser humano.

Observado de conjunto, el engranaje de la deshumanización, la explotación, la alienación y la represión desnuda su verdadero contenido terrorista. Como simples fichas desechables, los seres humanos son movidos a uno y otro lugar del tablero por las poderosas fuerzas del mercado que inoculan simultáneamente en su mente falsas percepciones de la realidad. Las grandes corporaciones que monopolizan la producción y la circulación de toda clase de mercancías, requieren controlar sin excepción todas las esferas sociales. Se hacen a la propiedad de los grandes medios de comunicación, exigen que se privatice toda actividad pública y determinan quiénes van a gobernar el Estado. Cuando algo se obstina en escapar a su control, simplemente ordenan destruirlo.

Las armas de la liberación

Es así como funciona en realidad el mundo actual. Pero también es verdad que la mente humana jamás podrá ser controlada completamente por ningún poder que lo intente. El anhelo de conocer, de descubrir, de indagar la real naturaleza de las cosas, de establecer un orden que se aproxime más a las inagotables ideas de libertad y justicia, no va a poder ser extinguido ni siquiera en la sociedad más automatizada. Siempre habrá quien termine por desentrañar el truco de magia de los prestidigitadores. Y siempre habrá quien termine por contarlo a los demás. Por eso serán inútiles todos los esfuerzos por contener la lucha.

La tarea de desmantelar el mercado pasa por la recuperación del control de nuestras vidas. Por la rebelión de nuestras conciencias. Y ello sí que exige pruebas difíciles. Porque implica poner en cuestión todas las verdades establecidas, aún aquellas que nos parecen más sagradas y admisibles. Hay que preguntarse siempre si la idea que se tiene en la cabeza tiene su correspondencia objetiva en el mundo exterior, o se trata de un concepto manipulado que nos fue introducido en la mente por los fabricantes de mercancías. Desechar las argumentaciones fáciles y repetidas, escarbar bajo las más convincentes apariencias de verdad.

No traguemos tan mansamente las consejas de los voceros del Establecimiento. Pongamos en duda cuanto digan. Casi que debiera bastarnos con la certeza de que lo están afirmando ellos, para concluir que mienten. Si queremos orientarnos por el buen camino, conviene más buscar en las fuentes que más odian los defensores a ultranza del sistema. Rescatemos el pensamiento y las obras de los hombres y los pueblos que los poderosos sinceramente condenan y detestan. Arrojemos nuestra ingenuidad a los basureros de la historia. Abramos nuestra mente al discurso de la rebeldía, recuperemos nuestra perdida dignidad humana.

Montañas de Colombia, junio de 2012.