Escrito por  Gabriel Angel

Un vistazo general sobre nuestra realidad política.


Por Gabriel Ángel

Daniel Aguirre, dirigente sindical de los trabajadores azucareros del Valle del Cauca, fue asesinado el 27 de abril, es decir un día antes de los hechos ocurridos en el Caquetá, en los que resultó involucrado el periodista Romeo Langlois. Mucho se dijo y escribió sobre el caso de este último, mientras que muy pocas menciones recibió el del primero.

Otro dirigente obrero asesinado no merece siquiera un titular de prensa en este país, nadie va a comprar una revista o un periódico para interesarse por un asunto tan fútil.  Menos aún si la víctima encabezaba la lucha de los corteros de caña por condiciones dignas de trabajo, un tema que atenta contra la competitividad de la agroindustria ante el mercado internacional.

Entre más bajos salarios se paguen y entre menos garantías laborales pueda exigir la mano de obra nacional, mayor será la ganancia, el beneficio o las utilidades que reportarán los empresarios, asunto de vital importancia cuando de lo que se trata es de atraer capitales para la inversión.  El proyecto neoliberal en curso determina qué cuestión es más importante.

Resulta obvio que la vida humana adquiere un valor insignificante frente a los intereses del mercado. Nadie puede atravesarse en el camino de la prosperidad. Matar, amenazar u obligar al desplazamiento a una centena o más de míseros trabajadores, adquiere pleno sentido cuando lo que se ha puesto por encima de todo esel crecimiento económico de una minoría.

La inhumanidad de tal propósito salta a la vista. Atenta contra  el más elemental sentido de la decencia. Y sin embargo está ocurriendo ante los ojos de todos, de manera descarada, sin que pase nada, sin que nadie diga nada. Los medios callan por completo crímenes como el de Daniel Aguirre, por la sencilla razón de que vivía organizando paros y protestas de los trabajadores. 

Porque creaba conciencia en torno a la infame explotación de que están siendo víctimas, porque los movía a organizarse y reclamar. Del mismo modo como obraban los más de sesenta dirigentes sindicales asesinados en lo que va corrido del gobierno de Juan Manuel Santos. Ninguno de los cuales merece una nota necrológica en la gran prensa. Ni se convierte en motivo de escándalo.

Como el que arman cuando algún pequeño infortunio roza a alguno de sus favoritos. Hay que ser muy ingenuo para creer que el Ejército o la Policía van a llevar consigo a un cronista extranjero para que divulgue una cosa distinta a su propósito de guerra. Toda la parafernalia propagandística apunta a presentar a las FARC como una organización envilecida dedicada al narcotráfico. 

Cada laboratorio o cargamento confiscado es de inmediato atribuido por el mando militar o policial a un frente de las FARC. Existe toda una conspiración dedicada a ese propósito. De buena o mala fe, Langlois hacía parte de ella. La gran prensa se dedica a lo mismo, hace parte de la campaña política y militar contra la lucha popular. Por eso el reclamo airado.

Como en el caso de Londoño. Uno de esos intocables en Colombia. Un bandido de siete suelas, dedicado a enriquecerse a costa de su influencia en el sector público. Un personaje siniestro que no ha hecho más que burlar una y otra providencia judicial de condena. Ministro del interior y de justicia en la peor época del uribismo salvaje.  Convertido de repente en héroe nacional.

Porque alguien intentó sin duda cobrarle alguna vieja deuda. Igual a como le sucede con frecuencia a ese otro gran prohombre Víctor Carranza, mafioso, paramilitar y narcotraficante a quien el Estado colombiano ha tenido que pagar mil millonaria indemnización por haberlo acusado injustamente de cometer delitos.  Piezas claves del uribismo, santos varones consagrados.

De un momento a otro, ese Fernando Londoño ha sido convertido también en símbolo de la libertad de prensa, en respetable vocero de la derecha democrática como lo bendijeron con generosidad en varios medios. El mismo Fernando Londoño que encabeza rabiosamente la cruzada contra los sindicatos, los paros  y las huelgas de los trabajadores.

El mismo que defiende la ejecución de las peores atrocidades por parte de los miembros de las fuerzas militares y de policía hundidos hasta el cuello en la hez del paramilitarismo. El peor enemigo de la paz, de la solución política, el apóstol de la guerra, el pregonero de la muerte. De la muerte de los obreros, los campesinos, los indígenas y los negros que protestan y luchan.

Todas las reverencias para él. Faltan las loas. Mientras se pisotea y orina sobre la tierra en la que yacen acribillados los hombres como Daniel Aguirre o las mujeres como Fabrizia Córdoba. Todos los muertos duelen, y entre más sean más duelen. El pueblo colombiano ha puesto miles de miles. Y miles de miles sobre esos miles. Pero son muertes de pobres diablos sin capital.

Que resultan útiles y beneficiosas a éste. Sangre de colombianos que fertiliza la tierra,  como dice el ministro Juan Carlos Pinzón. La tierra en la que se siembra palma africana o caña para la agroindustria exportadora. De lo que es singular ejemplo el departamento del Valle del Cauca. Tierra de ingenios, de narcotraficantes, de paramilitarismo, de corrupción, de terror.

Quizás el departamento modelo de la descomposición de la clase política colombiana. El botón de muestra de la democracia genocida que nos rige. Un espacio que resulta intocable para el poder central en razón a los poderosos intereses que allí confluyen. Más bien podría decirse que estos lo asaltan. Crece el número de vallecaucanos influentes en el gobierno de Juan Manuel Santos. 

Al parecer por eso ocurre la rabieta del ex Presidente Uribe. La mafia paisa ha sido sustituida otra vez por la vallecaucana, remanente inocultable de la vieja disputa entre los dos carteles.Los cuales se reconocen en un factor que podría unirlos o separarlos definitivamente, la posición oficial frente a las FARC. Si la decisión es la guerra total su unión podría salvarse. El diálogo la mataría.

Por eso Santos sale a advertir a Timochenko que puede ir olvidándose de alguna eventual participación en política en caso de que se produjeran unos diálogos de paz. O como si dijera a las FARC que está dispuesto a sacar la llave, a abrir un proceso de diálogos, pero eso sí, sobre la base del sometimiento, sobre la base de que jamás podrán hacer política. Una decisión absurda en mala hora.

Montañas de Colombia, 31 de mayo de 2012.