Escrito por  Gabriel Angel

Esa izquierda que convalida el crimen no se avergüenza de llamarse  a sí misma democrática.

El cristianismo primitivo predicó de una u otra manerala redención de los pobres y la perdición de los ricos, ideas que nunca había sostenido nadie y quebastabanpor sí solas para hacerlo subversivo a los ojos de los amos.En aquellos duros tiempos el imperio romano debía afrontar frecuentes insurrecciones de esclavos, para reprimir las cuales recurría a las más salvajes formas de aplastamiento. La crucifixión de los rebeldes vencidos era unapráctica habitual, por lo que la simbólica cruz del cristianismo tenía que despertar enormes suspicacias. Más si el nuevo credo negaba la divinidad del emperador y consideraba paganismo el culto a los dioses de Roma.

Por eso se le persiguió con saña. Esas ideas podían desestabilizar el orden de amos acaudalados, pueblos tributarios, enormes masas de esclavos y ciudadanos libres cargados de deudas. Pero llegaron otras preocupaciones mayores.En las fronteras, enemigos más poderosos, los llamados bárbaros, atacaban una y otra vez, llegando a amenazar la sede imperial en Roma. Fue necesario dirigir hacia ellos el principal esfuerzo. En los tres primeros siglos de su existencia la Iglesia cristiana creció considerablemente. Construyó una extensa red de diócesis, obispos y presbíteros, que manejaba ingentes recursos nacidos del aporte colectivo de sus miembros. El imperio terminó por concluir que le resultaría más útil acercar a los obispos. La formidable estructura eclesiástica podría servirle como eficaz red de inteligencia y apoyo contra los bárbaros.

Los excesos del imperio habían hecho perder el reconocimiento general a sus dioses, el emperador carecía de la legitimidad necesaria para imponerse sin discusión al interior y prolongar la hegemonía de Roma al exterior. La aceptación de que gozaba la Iglesia cristiana podía serle útil.Por eso Constantino resolvió convertirse al cristianismo.Para facilitar su empeño, asimiló con habilidad las deidades y fiestas paganas al rito cristiano hasta terminar por declararlo religión del imperio. Todos ganaron. Los obispos, especialmente. Fueron prohibidas las crucifixiones, las luchas de los gladiadores y los sacrificios de animales. La cristiandad, nacida en medio de la heroica resistencia a la esclavitud, pasaba ahora a reforzarel poder terrenal de los amos esclavistas. Si la violencia de los pobres contra sus brutales explotadores había gozado alguna vez de prestigio, ahora la propia Iglesia pasaba a condenarla como un atentado contrala ley divina.

En adelante habría que hacer valer la sumisión total. Poner la otra mejilla, perdonar hasta setenta veces siete. Cuánto de la filosofía cristiana inicial tuvo que ser oficialmente revisado entonces, es algo que permanecerá para siempre en la sombra. El poder centralizado,la manualidad de la escritura y la elaboración de los textos en monasterios cerrados garantizaban borrar toda huella. Hay quien sostiene que el incidente del soldado al que Pedro agrede con su espada en el huerto de los Olivos, fue un descuido que se tuvo al reescribir los evangelios. El afán de mostrar un Jesús tan manso que curaba piadosamente hasta a sus crueles aprehensores, olvidó hacer desaparecer íntegramente que Pedro y seguramente los demás apóstoles portaban para usar armas mortales. Algo de su sentido inicial logra aspirarse todavía en la lectura de las Bienaventuranzas.

Se trata de una polémica antigua sobre hechos sucedidos muchos siglos atrás. Pero que resulta aleccionadora si se trata de examinar el presente. No hay duda de que al igual que aquellos obispos cristianos que en aras de su acomodamiento personal traicionaron sus principios, una buena parte de los otrora dirigentes revolucionarios de la izquierda colombiana se ha puesto de manera vergonzante al más abyecto servicio de los dueños del capital. En tiempos de la explotación mundial generalizada, la vieja clase dominante de nuestro país halló en la venalidad de aquellos cuadros el discurso que necesitaba para disimular sus manchas de sangre popular y legitimarse ante propios y extraños. Hay que ver el modo como estos han reescrito la realidad y la historia colombianasen aras de condenar las más consecuentes formas de lucha.

Los ahora llamados centro izquierdistas colombianos se desgañitan en su afán por arrastrar al conjunto del movimiento sindical, campesino, estudiantil y popular a los pies de las políticas asistencialistas del régimen. Son ya muchos los años que llevan labrándose un prestigio a la sombra del poder, con lo que han conseguido que sus no gubernamentales organizaciones manejen una mayor cantidad de recursos oficialescada vez. Por eso se han hecho devotos de lo que llaman realismo político, proponer únicamente lo que los dueños del capital están en disposición de ceder. Sostienen que definitivamente el tiempo de las insurrecciones y revoluciones pasó, incluso el de los cambios de fondo. Economía, política y sociedad no pueden ir más allá de lo que lógica estructural impone, lo más aconsejable y sano es la convivencia pacífica.

Abstraídos en la lógica monetaria del discurso neoliberal y su cooptación corruptora, estos centro izquierdistas abandonaron todo referente histórico de la lucha popular. El Estado colombiano, sus instituciones y mecanismos de opresión les resultan completamente legítimos, al tiempo que pontifican que sólo en sus estrechos marcos resulta válida la actuación democrática de las grandes mayorías. En su parecer, violencia y terrorismo son términos que sólo pueden aplicarse a la respuesta de las masas oprimidas contra los abusos del Estado. Porque la naturaleza de éste es neutra, ajena por completo a los intereses de los sectores acaudalados. Los movimientos alzados en armas contra el régimen les parecen cosas del pasado, completamente injustificados e inútilesen una sociedad que marcha de manera civilizada hacia su perfeccionamiento.

Que lo sostengan, pese a todo, no resulta escandaloso. Lo que despierta repudio es que lo hagan en nombre de una posición revolucionaria, invocando sentimientos antiimperialistas, patrióticos, anticapitalistas y afines al socialismo, con el deliberado propósito de confundir y desmoralizar el movimiento popular, de reducirlo a la más triste conciliación y entrega. Esa misma gentuza que se llama de izquierda,acusa a la Cuba digna y heroica de faltar a la democracia, se atreve a calificar de dictadura a la hermosa revolución venezolana, critica por provocadoras las justas expropiaciones de compañías transnacionales, aplaude las agresiones imperialistas a Libia y Siria. Y exige a cualquier otra alternativa política nueva, de modo terminante, su condena radical a la forma armada de la lucha popular, porque si no va a terminar exterminada.

Esa izquierda que convalida el crimen no se avergüenza de llamarse a sí misma democrática. Izquierda Constantina, izquierda vendida. Los pobres y explotados, por fortuna, ya no la siguen.

Montañas de Colombia, mayo de 2012.