Escrito por  Gabriel Angel

Sería un hermoso homenaje de reconocimiento a quien dedicó toda su vida a la conformación del Ejército de los pobres y humildes de Colombia. 


Diez años atrás, vigente la llamada zona de despeje, acudí a La Macarena con el propósito de asistir a la entrega unilateral de cerca de trescientos prisioneros de guerra, entre militares y policías, que las FARC realizaban como prueba de su buena voluntad para alcanzar un pronto acuerdo de canje de prisioneros. Para entonces, llegábamos a ese municipio usando la carretera que lo comunicaba con San Vicente del Caguán. La hermosa vía había sido construida por las FARC gracias al diseño y empuje del Mono Jojoy, ese extraordinario torrente de energía que aun sigue paralizando de terror a sus envalentonados enemigos.

Desde varios kilómetros antes del casco urbano, atravesando velozmente las sabanas del Yarí, podía divisarse a la distancia la majestuosa presencia de la serranía. Dirigidos de sur a norte, largos filos de sereno color índigo se elevaban como si pretendieran invadir el cielo, en una bella aparición que rompía la monotonía de la extensa e hirviente sabana que dejábamos atrás. Tiempo después, y tras abordar una canoa a motor en el puerto del mismo municipio, tuve la oportunidad de tomar aguas arriba por el río Guayabero, para descubrir el encanto de bordear la misma serranía azul en medio del paisaje selvático del parque natural.

Era la época en que mirábamos de lejos la serranía, ignorantes de que una década después sus empinados cerros cubiertos de espesa jungla se convertirían en el acogedor hogar que nos permitiría protegernos de las bestiales embestidas del Estado colombiano. En aquellos días aún creíamos que de la mesa de diálogo ubicada en Los Pozos podrían brotar algún tipo de acuerdos que permitieran por fin la ansiada reconciliación y reconstrucción nacional. En el Comité Temático, con su habitual prepotencia, el ahora director de la DIAN, solía indagar como un cínico Diógenes en qué consistía eso que llamaban neoliberalismo.

Éramos claros de que lo sabía y lo practicaba bien. Del mismo modo que entendemos ahora que la guerra total contra nosotros no es más que la fase política del proyecto universal del pensamiento único que busca aniquilar cualquier manifestación de oposición a su dogma económico de libre mercado. Buena parte de los impuestos que recauda la DIAN se destinan a la aniquilación física de la inconformidad. Y otra buena parte a cumplir los interesados compromisos con la banca transnacional. Al tiempo que se implementa el salario del primer empleo, se aumenta la edad para la jubilación y se promulgan más medidas del mismo corte.

Constituye para las FARC un gran honor ocupar el puesto de primera línea en el combate contra la dominación mundial del gran capital transnacional. Al fin y al cabo, los hombres de uniforme y armas que en aviones, helicópteros, buques, lanchas artilladas o a pie en inmensas manadas se estrellan con nuestros combatientes en diferentes espacios de este dolido país, tienen todos el mismo aspecto y representan iguales intereses que los policías y militares franceses, rumanos, portugueses, españoles, griegos, alemanes o de cualquier lugar de África o Asia que muelen actualmente a físico palo a los manifestantes angustiados por el despojo.

Muchos años después de la ruptura del proceso resulta perfectamente claro que volvieron a  resultar errados los cálculos de las clases dominantes en Colombia. Tras miles y miles de muertos, desterrados, desaparecidos, desplazados, encarcelados, amenazados y perseguidos, las FARC seguimos ahí, enfrentando y golpeando una y otra vez la máquina de terror desplegada por el régimen. Resulta irritante que los mismos medios que festejan las exitosas masacres de guerrilleros por causa de los bombardeos aéreos, califiquen de cobardes a esos humildes muchachos que a diario vapulean a los súper armados matones oficiales.

Fueron muchas las expresiones de dolor y rabia que brotaron de los labios del cuerpo de mandos y combatientes de las FARC con ocasión de la muerte del Mono Jojoy. Pero no hubo uno solo, ni uno solo, que no se comprometiera por el resto de su vida a sacar adelante las ideas y la causa que enarbolara durante cuarenta años su querido Camarada Jorge. Si la oligarquía y el militarismo colombianos querían amilanar y desmoralizar a las FARC, si el imperialismo norteamericano apostó a nuestro descalabro con la muerte del Mono, hay que decir que se equivocaron por completo. Nos dotaron un mártir, un ejemplar héroe a imitar.

La lucha revolucionaria tiene la particularidad de producirse de la mano de un poderoso componente ideológico, de una elevada moral capaz de sembrar en los combatientes el más sorprendente espíritu de sacrificio. Desde luego que alimentar la mente del guerrillero constituye una preocupación permanente en las FARC. La forma como se marchó el Mono de entre nosotros, su firme decisión de esperar al enemigo de pie y dándole la cara, la incalificable afrenta que constituye para todas las FARC y el pueblo colombiano la miserable exhibición de su cuerpo sin vida, son cosas que jamás se podrán olvidar o perdonar.

Porque les produce pánico el Mono aún después de muerto, se niegan a devolver su cadáver. Algún combatiente, de modo desprevenido, asoció los restos mortales que publicó una cochina revista semanal a la silueta que tiene la serranía en los mapas del relieve del Meta. Es cierto. Pienso que el hecho de que el Presidente Santos y el alto mando militar, sabedores de que ningún poder humano podría garantizarles su seguridad frente al fuego de las FARC, desistieran de su propósito de visitar el lugar, prueba que el Mono sigue vivo aquí. Por eso propongo al país y al mundo que la serranía pase a llamarse la Serranía de Jojoy.

Sería un hermoso homenaje de reconocimiento a quien dedicó toda su vida a la conformación del Ejército de los pobres y humildes de Colombia. Al hombre que llevó al Bloque Oriental de las FARC-EP al grado de preparación ideológica, política y militar que le permiten enfrentar de igual a igual y vencer, a las agringadas brigadas móviles de la Fuerza de Tarea Omega. Desde luego que la jauría de hienas asesinas que se considera gente decente en Colombia, despedirá babaza y dentelladas jurándose ofendida. Allá ellos. Una Nueva Colombia se está abriendo paso. Ella sacudirá con fuerza este país y se encargará de poner las cosas en su puesto.

Montañas de Colombia, 29 de octubre de 2011.