Escrito por  Gabriel Angel

Pensando en la muerte del soldado Domínguez

Así que mataron al soldado Domínguez, ya no volverán a burlarse de él en La Luciérnaga de Caracol. Estaba más seguro en manos de las FARC. Es una pena que el pobre hubiera terminado asesinado de manera tan simple. Su desgracia parece haberse iniciado con su liberación, se vio obligado a vivir en sociedad, rodeado por el acogedor abrazo de la seguridad democrática. 

Que no funcionó a su favor en las nuevas condiciones. Aunque no faltará quien diga que el asunto no puede ser imputado a ella sino a la prosperidad democrática. El hombre vivió bien mientras gobernó Uribe, pero otra suerte corrió cuando el Presidente fue Santos y el mindefensa Rivera. Siempre hay gente que hila demasiado delgado. No creo que sea necesario escarbar tanto. Ya denuncian que no contó con apoyo sicológico, ni de otra clase.

Hasta parece que andaba en malos pasos, y es obvio. Seguridad o prosperidad no tienen como beneficiarios a pobres como el soldado Domínguez o la inmensa mayoría de colombianos. Se trata de políticas de Estado que tienen el exclusivo propósito de garantizar la estabilidad financiera y las ganancias a los grandes capitales. Las Ingrids, pese a su necia rebeldía, son destinatarias naturales de esas políticas, están ligadas a inversionistas franceses. 

A los Domínguez, tenderos, amas de casa y demás gente humilde y trabajadora de Colombia les duele enormemente que alguien vaya a quitarles el fruto de su sudor. Pero no nos digamos mentiras, al gobierno, a éste o al anterior, o al próximo si no cambian las cosas, eso no le inquieta sino en la medida en que pueda representar votos en las urnas. Siendo así, habrá que procurar que una patrulla policial de vez en vez se dé una vuelta por el sector amenazado.

Tal vez así los posibles votantes se sientan  protegidos. Ahora se dice percepción, asegurarán en las encuestas que su percepción sobre la seguridad ha aumentado. La verdad es que, por encima de las campañas para la televisión que promueve el general Naranjo, esa patrulla que ronda ocasionalmente el barrio, no ingresa en él en busca de ladrones o violadores de niños, sino de personas u organizaciones a la que se pueda acusar de terroristas. 

Es decir, gente que a su juicio pueda poner en peligro la seguridad de los todopoderosos capitalistas. Ladrones callejeros, atracadores, sádicos  y expendedores de bazuco que ocasionalmente caigan en sus manos, además de pantallazo para efectos políticos, no son sino  gentuza a poner por fuera de la circulación, parte de esa masa despreciable que inunda las ciudades por culpa de los desplazamientos, la miseria, la injusticia y la desigualdad.

Cuando estos desgraciados caen en redadas, lo que se produce es una forma de limpieza social, la desaparición tras las rejas de las consecuencias de la explotación capitalista. El aumento de policías y cárceles no significa que crezca la seguridad, quiere decir que se aumenta el control sobre los sectores potencialmente rebeldes y problemáticos. Una forma de amansar, de enseñar a la gente a ser respetuosa de la autoridad y el orden vigente. 

La más importante preocupación del gran capital transnacional en la actualidad es el control de los recursos naturales, de las fuentes de energía y las materias primas básicas que les permiten mantener en pie el engranaje de su sociedad de consumo. Es cierto que la abrumadora mayoría de inversiones se realizan en el campo de la especulación financiera, pero esta requiere de un sustento productivo real sobre el cual edificar tales maniobras. 

Así que los inversionistas están dispuestos a hacer lo que sea por el petróleo, el carbón, el hierro, el agua, el oro y otro puñado más de valiosas mercancías. Libia es una muestra ejemplar. Colombia no escapa a esta perversa influencia. Están saqueando aceleradamente todos nuestros recursos con el consentimiento pleno de los Uribe, los Santos, los Pastrana, de esa sarta de traidores a la patria que se reclaman sus principales benefactores. 

Y ay de quien se oponga a ello. Esos sí que están atentando contra la seguridad. Para ellos todo el peso del Estado, de sus fuerzas militares, del apoyo norteamericano, de la gran prensa infamante, de sus jueces y partidos políticos. A quienes nos atrevemos hoy a defender nuestras riquezas nacionales, se nos califica de terroristas y se nos bombardea, encarcela y persigue con saña asesina. Al igual que a todo aquel que piense parecido.

Es entonces cuando se comprende el verdadero significado de la seguridad o prosperidad democrática. No se trata del aumento de oportunidades  o seguridad para los de abajo, sino del aberrante agravamiento de las condiciones sociales en que vive la gran masa de la población. A manera de muestra, los campesinos, indios y negros perseguidos hoy por minería ilegal, no son más que  obstáculos atravesados en los intereses de las multinacionales. 

Cuando su miseria sea insoportable, se tornarán delincuentes. Pero no van a atracar a las transnacionales. Sino a los pobres, a las amas de casa, a los estudiantes humildes, a los soldados por fuera de servicio. Como eso no afecta la rentabilidad de los grandes empresarios, no importa. Pero en cambio hay que crear más  batallones para proteger las enormes inversiones en Caquetá, Arauca, Putumayo, Vichada y demás regiones del país. 

Se ha llegado al extremo de incluir en la lista de exploraciones a San Andrés y Providencia, sin importar la hecatombe social ni el daño ecológico. Como sucede en el Tolima con la Anglo Gold Ashanti, o la insistencia de las firmas inversionistas en los parques nacionales de la Amazonía o el páramo de Santurbán. Los detritos de miseria que broten con el tiempo son el precio que debe pagarse por el supuesto desarrollo económico.

Habrá cárceles y plomo para todos los que se rebelen por eso. Qué importa que sean el pueblo de Colombia. Éste está destinado a terminar como Domínguez, aunque haya cantado loas a Uribe. Aunque la televisión le haya regalado su minuto de gloria. Por donde se le mire, siempre parecerá ridículo. Pobres los demás soldados que creen estar muriendo por la patria, cuando en realidad la están violando. Debieran mirarse en Domínguez.

Montañas de Colombia, 29 de octubre de 2011.