Escrito por  Gabriel Angel

Detrás de toda esa lógica bélica y satánica se esconde el más vil interés económico, mal disimulado por demás.


Hace ya muchos años, desde cuando el Estado colombiano decidió asumir como propio el llamado Plan Colombia impuesto desde Washington, se designó a los grandes medios de comunicación un papel fundamental en la estrategia de la guerra. Además de centrarse en la defensa absoluta del orden establecido, les correspondería fijar en la mente de la colectividad el carácter heroico y victorioso de las fuerzas armadas oficiales.

Como consecuencia obvia de ello y además como su necesaria premisa, les estaría asignada la misión de denigrar masivamente de la insurgencia revolucionaria, asociarla de todos los modos posibles con las peores especies del crimen, anular por completo cualquier motivación política que esta pretendiera esgrimir y, sobre todo, presentarla como una organización destrozada, desesperada, descompuesta y al borde de la rendición.

Las tenebrosas oficinas de inteligencia de la Policía Nacional, las fuerzas militares y la seguridad del Estado, se convertirían en la más importante fuente de la información a divulgar.  El nuevo y sagrado dogma  impuso dotarlas de credibilidad total, transformando en incontrovertibles cada una de sus manipulaciones. 

El Plan Colombia pasó ya hace rato por una década de aplicación. Su hijo frustrado, el Plan Patriota, terminó lánguidamente un par de años atrás. La llamada Consolidación o Plan Victoria comienza a prolongarse demasiado tiempo sin convertirse en verdad. La insurgencia socialista permanece firme y combativa, produciendo cada vez más bajas en las fuerzas enemigas. Está visto que la campaña de prensa también ha fracasado en su objetivo final. 

La demencial decisión de la oligarquía criminal que dirige el país, es continuar con su obsesiva idea de aniquilar la inconformidad a punta de bombas y metralla, al costo que sea. Como van las cosas, en esta segunda década del siglo se gastarán, con ese solo fin, por lo menos otros trescientos billones de pesos, unos ciento cincuenta mil millones de dólares. 

Y derramarán tanta sangre, sacrificarán tantas vidas, desplazarán y encarcelarán a un porcentaje tan alto de colombianos, que las cifras de víctimas del conflicto desbordarán cualquier límite del pasado. Razones de sobra para que la rebeldía armada siga creciendo en contra de los propósitos de la estirada dirigencia del país. Basta un poco de sentido común para comprenderlo.

Detrás de toda esa lógica bélica y satánica se esconde el más vil interés económico, mal disimulado por demás. La crema y nata de la oligarquía colombiana se figura un país pujante y ultra modernizado, edificado con base en los grandes negocios que aspira a concretar, en los marcos de la más ortodoxa cartilla neoliberal. 

Según sueñan, en menos de una década, Colombia será una potencia turística internacional, exportadora gigante de hidrocarburos, minerales y metales preciosos, abastecedora de biocombustibles para el mundo entero, despensa alimenticia de los chinos y asiáticos en general, ejemplo de desarrollo vial terrestre, fluvial y aéreo, pionera del avance biotecnológico, científico e informático mundial. En pocas palabras, una nueva y deslumbrante nación emergente.

Se niegan a sopesar el hecho de que apenas iniciado su empeño, han generado la mayor desigualdad social del continente y una de las más sorprendentes del orbe.

Haciendo abstracción del demostrado fracaso a escala mundial de las políticas neoliberales, Grecia es apenas un botón de muestra, si el espejismo oligárquico se cumpliera sólo en una cuarta parte, multiplicaría rápidamente las fortunas de los codiciosos potentados del país vinculados al gran capital transnacional. Y desde luego implicaría el lucro exagerado de las millonarias inversiones de este último. En su beneficio, la soberanía nacional mutaría en un incómodo tiesto de antaño. Se comprende el afán por la aprobación del TLC con USA.

La contrapartida real no sería otra que el mayor crecimiento del desempleo, la caída en picada de los salarios y prestaciones de los trabajadores, la práctica anulación de la seguridad social, un mayor desplazamiento rural y urbano, el empobrecimiento generalizado de la mayoría de la población, la aniquilación de las comunidades indígenas, el crecimiento abrumador en las cifras de descomposición social, delincuencia e inseguridad. Sin contar las enormes consecuencias que traerá la guerra misma. 

Es decir, un agudo agravamiento de la situación social que tendrá obviamente sus repercusiones políticas de mayor inconformidad y rebeldía.

Estamos seguros de que Santos y la élite de ultraderecha que gobierna a Colombia, de la cual el Presidente intenta deslindarse convenientemente, conoce a la perfección lo que sucederá. Aunque no les importe. Apuestan que el derroche de violencia terrorista del Estado aplastará la lucha popular. De ahí que intensifiquen de manera escandalosa su arremetida mediática. 

Se trata de propagar la idea de la resignación total, de que no hay alternativa distinta a someterse. Ellos, los privilegiados de fortuna, son los que saben qué nos conviene a todos. 

Los mandos militares y de policía juegan su rol de campeones por la justicia y la libertad. Aparecen dando partes victoriosos o denigrando de quienes valerosamente los enfrentan y golpean en los campos de batalla. Un pulquérrimo Presidente no deja de calificarnos de cobardes y debilitados. La vieja guardia del periodismo, tipo Germán Castro Caicedo, se disputa con la nueva generación, tipo Jineth Bedoya, la publicación bajo su firma de las más cochinas versiones de la inteligencia policial y militar. Todos a una es la consigna.

Su desmedido esfuerzo resulta inútil. Las FARC- EP no somos una cuadrilla dependiente de un jefe, por más virtuoso y ejemplar que pueda ser. Somos un movimiento político militar de carácter revolucionario, una organización formidable de mujeres y hombres del pueblo raso, forjada al calor del combate durante casi 50 años continuos de épica  confrontación. Asimilamos de modo paciente los golpes, pero también paciente y diariamente los damos. Aunque la estrategia mediática pretenda ocultarlos.

La insistencia en confundirnos con narcotraficantes, en calificarnos como terroristas, en presentarnos como lo más bajo y ruin, resulta más bien reveladora de nuestra importancia política y militar. El valor se demuestra cuando se espera y asalta las enormes patrullas de soldados profesionales, cuando se vive audazmente bajo el bombardeo constante de la fuerza aérea, cuando para accionar, nos colamos por entre las incontables brigadas móviles o batallones contraguerrillas. Cuando se ingresa a esta lucha tan desigual y heroica. Cuando se combate sin tanto aspaviento. Cuando modestamente se trabaja en silencio.

Sigan mintiendo o síganse engañando. Los colombianos verdaderamente honestos ven las cosas de modo distinto. Lo comprobamos a diario en campos y ciudades. Estamos tranquilos, seguros de vencer. Las grandes e interesadas encuestas de la prensa pagada nos tienen sin cuidado. Los afanes periodísticos de la familia Santos nos mueven a risa. 

Montañas de Colombia, 29 de octubre de 2011.