Escrito por  Gabriel Angel

El prestigio y la seriedad de las FARC emergen como reflejo inmediato de su férrea resistencia armada al fascismo.


Qué será lo que no se ha dicho de nosotros. Cuál el epíteto que no se nos ha endilgado. Es tan monumental la saña contra las FARC que ya nada de lo que se nos sindica posee la capacidad de sorprender. ¿Habrase visto en la historia una suma de perversiones tales  atribuidas todas juntas a una organización o personas? ¿Es que puede existir alguna comunidad humana más acreedora al  desprecio?  Acentos antioqueños, españoles y norteamericanos han entonado como en una ópera cada una de las arias inspiradas por este moderno Mefistófeles. Pobre de aquél que se atreva siquiera a intentar una alusión ligeramente amable hacia nosotros, a murmurar una frase que entrañe algún resquicio de duda sobre tan delicado asunto de fe.

Las incesantes alharacas, las diatribas encendidas y las ridículas prohibiciones se han elevado a un grado tan alto de exageración, que por obra de su propio peso han terminado por caer encima de sus enfermizos autores. En los tiempos que corren, nadie que se respete un poco a sí mismo, puede tomarse en serio la propaganda negra del régimen contra las FARC. Razón tenía el Presidente Abraham Lincoln al afirmar que no era posible engañar a todo un pueblo todo el tiempo. La alucinación colectiva uribista se desmorona ante los ojos del mundo, al igual que se derrumban los todopoderosos mercados reguladores globales de valores. 

Por su parte, el prestigio y la seriedad de las FARC emergen como reflejo inmediato de su férrea resistencia armada al fascismo y como lógico corolario a la consecuencia de sus propuestas políticas de democracia y paz. Es que las FARC, por encima de todas las cosas, representamos la encarnación de unas ideas. La idea de la justicia social, el sueño de una sociedad sin terror, el anhelo de libertad para los hombres perseguidos. Está claro que son esas las razones históricas de nuestra lucha. Todo aquello de lo que nos sindican horrorizados nuestros acérrimos enemigos, es el resultado obvio de su propia obsesión violenta contra el pueblo de este país, que osó levantarse un día en reclamo de sus derechos. 

Simón Trinidad y Sonia, encarcelados en las prisiones de más alta seguridad de la mayor potencia militar que haya existido sobre la tierra, no pueden salir de sus celdas ni siquiera a un baño, sin que pesen sobre sus muñecas, su cintura y sus tobillos los grilletes y las pesadas cadenas a las que el Presidente Uribe decidió condenarlos a fin de escarmentarnos. Además, los custodia un impresionante cortejo de guardias armados como para una guerra intergaláctica. ¿Acaso existe la mínima posibilidad de huir en semejantes condiciones? La ignominia al parecer sólo existe cuando se trata de achacarla a las FARC. 

La doctora Ingrid Betancur jamás conoció una cadena atada a ella. Y viajó sentada en los hombros de los guerrilleros cientos de kilómetros por entre la selva. Cosa que se abstiene de contar cada vez que recibe un premio internacional a su arrogancia de hacendada esclavista. Aquí no se olvidan los términos impublicables que dirigía a esos muchachos que generosamente la ayudaban cada que se negaba a dar un paso más. Ese creerse de sangre azul, aristócrata por destino, le impide hablar de las cadenas de Simón y Sonia. Del mismo modo que su conciencia le impone la obligación de vivir lo más lejos posible de Colombia.

¿Cuántos guerrilleros se pelaron hasta llagar sus hombros, cargando durante meses en hamaca al ahora General Mendieta porque se encontraba enfermo? El doctor Alan Jara se encargó de poner en su justo lugar el asunto de las cadenas, aquí sí una imprescindible medida de seguridad cuando se traslada personal rigurosamente entrenado en tácticas de combate por entre una selva sin paredes. Simón Trinidad permanece en un calabozo vacío iluminado con luz blanca las 24 horas del día. Le prohíben usar reloj, gafas, papel, bolígrafos, teléfonos, radios  y cualquier otro objeto con el que pueda quitarse la vida. Tormentos de esa índole no tienen nada de inhumano porque los ordena el Imperio y los aplaude Uribe.

La guerra sucia, las masacres, los asesinatos selectivos, los desaparecimientos, los destierros, las capturas y las torturas practicadas por las fuerzas militares y de policía, de modo sistemático, en complicidad con sus bandas paramilitares y con la complacencia muda de las autoridades civiles de todos los niveles, han propiciado durante décadas el fortalecimiento  de la insurgencia revolucionaria colombiana. Empresarios de todos los pelambres, latifundistas y narcotraficantes, en asocio con los demás poderes establecidos, invierten magnánimamente año tras año en el fondo financiero que apunta a liquidar ese bastión rebelde que clama por justicia con sus fusiles en alto. Crece raudo el juego mortal de soldados voluntarios, paramilitares, cooperantes, informantes, vividores y cazadores de fortuna.

Más y más terror conduce más y más gente al alzamiento. Para la que se requieren más armas y vituallas. O sea más dinero. Lo que nunca ha tenido el pueblo hambriento pero que en cambio sobra a los ambiciosos patrocinadores de la mortandad. Se hace necesario exigírselo. Los únicos culpables son entonces quienes con sus violencias empujaron a un sector considerable de la oposición a levantarse en armas. Millonarios insensatos que aún disfrutando del poder y sus prebendas, víctimas del miedo a ser desplazados por las urnas, prefirieron apostar al exterminio físico de sus opositores. Son los mismos que claman hoy por la derrota total de las FARC y ven en cada voz que disiente de sus pensamientos, otro guerrillero más, con traje de intelectual, de magistrado, de periodista, de prisionero liberado.

La paz no sobrevendrá de la rendición de la insurgencia. Esa es hoy una verdad arrolladora.  La verdadera paz está ligada a profundas transformaciones democráticas que tendrán que imponer con su presencia las grandes mayorías colombianas que comienzan hoy a despertar de su letargo. Las FARC estamos del lado de quienes claman por la necesidad de conformar una poderosa alianza que conduzca al país por la senda  de la soberanía, el desarrollo económico, la justicia social,  la hermandad latinoamericana. En una Colombia sin crímenes de Estado, sin tenebrosos aparatos de inteligencia militar y policial, sin persecuciones políticas, sin paramilitarismo. La ruta puede iniciarla el intercambio humanitario. Y ser ampliada en un amplio diálogo de paz con garantías ciertas. ¿Por qué se opone tan furioso el régimen? 

Montañas de Colombia, 14 de febrero de 2009.