Escrito por  Gabriel Angel

¡Y dale con el Plan Patriota!

Las clases dominantes conocerán el significado real de la palabra patriotismo.


Por Gabriel Ángel

A las puertas del Plan Patriota se realizaron las capturas de Sonia y Simón Trinidad. Sin duda que para las clases dominantes y sus cuerpos armados estas aprehensiones representaron un excelente augurio. Todavía estaba en curso la llamada Operación Libertad cumplida contra los frentes de las FARC en Cundinamarca, y a los resultados conseguidos en el altiplano se sumaban entonces dos detenciones que podían presentarse a la opinión como importantes. El optimismo por los seguros éxitos de la operación que comenzaba en el suroriente del país invadió todos los recintos oficiales. La derrota de la vieja guerrilla de Manuel Marulanda Vélez era una cuestión inminente.

Simón fue capturado cuando despuntaba el año 2004, en medio de la noche, mientras dormía al lado de su mujer y su hija en una humilde vivienda de Quito, en Ecuador. Estaba de tránsito, en cumplimiento de una truncada misión de paz asignada por el Secretariado de las FARC. Sobre él recayeron todas las acusaciones posibles, entre ellas las de narcotráfico, secuestro y terrorismo que servirían para su posterior entrega a los jueces norteamericanos. 

A Sonia la detuvieron al mes siguiente en Peñas Coloradas, un pueblecito caqueteño arrullado por el río Caguán. A la mitad de la noche descendieron sobre el poblado, en asalto, un sinnúmero de helicópteros artillados de los cuales saltaron veloces las fuerzas especiales dirigidas por gringos. Tras  rodear con espectacularidad la vivienda, sacaron intimidados a sus ocupantes y se llevaron consigo a una mujer inerme, sorprendida en las tinieblas cuando dormía en casa de sus familiares. Al igual que Simón terminó extraditada con cargos semejantes.

Lo de Cundinamarca no permitía sacar conclusiones apresuradas. Digamos apenas que hay victorias que vistas en perspectiva carecen de tal condición. Si no que lo digan las unidades del batallón de alta montaña Las Águilas, del páramo de Sumapaz, no hace mucho asaltadas y golpeadas en forma contundente por inesperadas columnas guerrilleras que cobraban con su accionar los crímenes del Ejército contra la población de esas regiones. 

Hay una verdad que cada día se hace más arrolladora. Una cosa era detener guerrilleros, o mandos incluso, por fuera de su ambiente natural, en el desempeño de gestiones personales o tareas políticas, y otra cosa muy distinta echar mano a los miembros del Secretariado Nacional o del Estado Mayor Central de las FARC-EP que se hallan al frente del Ejército del Pueblo en las montañas y selvas del suroriente del país. Una cosa era penetrar a zonas densamente pobladas de Cundinamarca, con un largo trabajo previo de inteligencia e infiltración, empleando el terror indiscriminado contra sus habitantes, con posibilidades reales de cercar y bloquear pequeños destacamentos guerrilleros, y otra muy distinta arremeter contra las estructuras centrales de los bloques oriental y sur de las FARC en la inmensidad geográfica de los departamentos de Putumayo, Caquetá, Meta y Guaviare.

Las fuerzas militares colombianas agrupadas ahora en un comando conjunto que llaman Omega, armadas hasta los dientes, apoyadas con miles de millones de dólares provenientes de los Estados Unidos, haciendo uso de la más avanzada tecnología electrónica, con cerca de 30.000 soldados profesionales, no logran conseguir ni siquiera una victoria pírrica, aunque sea un pobre resultado favorable que sirva para engrandecer en los noticieros de televisión. Todos los días en cambio, se ven obligadas a despachar en helicópteros hacia San Vicente del Caguán, Neiva, Villavicencio, San José del Guaviare y Bogotá los cadáveres y los cuerpos heridos de oficiales, suboficiales y soldados que caen en la confrontación contra un enemigo que está aquí y al instante muy lejos, que hoy se retira hacia el norte y mañana golpea por el sur, que embosca temprano una patrulla con comandos y en la tarde la sigue con centenares de hombres que amenazan coparla. 

El Ejército de Colombia ha dejado en las selvas del Yarí, del Caguán, del Guaviare, del Meta, como si fueran las cuadrículas de un cuaderno, el rastro enorme de las brigadas móviles cuyos batallones no pueden dispersarse en patrullas por temor a ser aniquilados. Son incontables los helipuertos abiertos en medio de la espesura, los talados causados por los bombardeos con los que a diario se atacan supuestas posiciones guerrilleras, los ametrallamientos desde pesados aviones contra lo que sea que se encuentre abajo, manadas de cafuches, caseríos, fincas, vehículos. 

Cuando Sonia y Simón Trinidad reciben fabulosas promesas a cambio de siniestras colaboraciones, responden ante los oscuros y atónitos funcionarios de la DEA y la Fiscalía de los Estados Unidos, que prefieren cargar toda la vida con las cadenas que llevan encima, antes que traicionar a sus principios, su organización y su pueblo. Semejante comportamiento inspira hoy a los guerrilleros que enfrentan el combate procurando imitar el temple revolucionario y la elevada moral de sus camaradas en desgracia. Y lastima el orgullo del alto mando militar que no vacila en calumniarlos sin pudor a fin de lograr su desprestigio. 

La publicitada derrota de las FARC en Cundinamarca se convierte en un nuevo fantasma que intranquiliza hasta la histeria al Presidente y crispa los nervios a los generales. La guerrilla está allí de nuevo, clandestina como nunca entre la niebla. 

Si esas eran las premisas era de esperar que el Plan Patriota resultara convertido en un estrepitoso fracaso para sus inspiradores y hacedores. 

Desde el ángulo popular en cambio, hay una visión distinta. Con el Plan Patriota el régimen le ha facilitado forjar al heroico pueblo de Colombia, en el proceso de la cruenta lucha armada, un ejército revolucionario profesional e invencible, disciplinado, poseedor de un altísimo grado de conciencia política y destinado a crecer de manera incontenible. Ningún pueblo de América Latina ha contado con una fuerza semejante para enfrentar los propósitos del imperialismo y las oligarquías, acostumbrados a pisotear a su antojo, por la fuerza de las armas, las diversas manifestaciones de la organización y la lucha de los oprimidos. Eso de por sí, resulta una innegable ventaja histórica. 

Dicha ventaja tendrá un peso definitivo en el momento del levantamiento general de los inconformes con el régimen. Las clases dominantes conocerán entonces el significado real de la palabra patriotismo. Será demasiado tarde para ellas. ♦