Escrito por  Gabriel Angel

La conciencia revolucionaria se impone sobre la moral del dinero

Los heroicos combatientes guerrilleros se la juegan toda contra los avezados mercenarios del régimen y su aparato logístico de apoyo.


Por Gabriel Ángel

Una flotilla de aviones cazabombarderos de la Fuerza Aérea Colombiana aparece en el horizonte en las primeras horas de la mañana y sobrevuela amenazante un área de las sabanas del Yarí, a la entrada de la zona selvática del mismo nombre en el departamento del Caquetá. Por encima de ella vuela en círculos un avión de observación, desde el cual el piloto indica por radio a la tripulación de los primeros, los sitios donde asegura ha detectado con antelación la presencia de guerrilleros de las FARC-EP en tierra. Un episodio de todos los días en la llamada Operación Patriota, la feroz embestida que el Estado colombiano, bajo la dirección del Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos, emprendió desde comienzos de este año en el sur del país. 

Un gigantesco conjunto de brigadas móviles, conformadas por un sinnúmero de batallones contraguerrilla integrados por soldados profesionales entrenados y asesorados por militares y mercenarios norteamericanos, espera con angustiosa ansiedad que esta vez por fin la resistencia de los rebeldes sea abatida, con el propósito de penetrar a los campamentos de los Estados Mayores de los Bloques Oriental y Sur, desde donde calculan ha estado brotando la infinita sucesión de pequeños comandos guerrilleros que dispersos como hormigas por toda la zona de guerra, se han encargado de producirles un impresionante número de muertos y heridos desde el momento mismo en que comenzaron su avance desde los municipios de San Vicente del Caguán y Macarena. 

Los pilotos de los cazabombarderos anuncian a su guía de más arriba que tienen claridad sobre sus objetivos y se lanzan en picada, a velocidad supersónica y rugiendo de manera intimidante, para descargar con demencial alegría su mortífera carga compuesta por bombas de 100, 500 o 1000 libras. En ese preciso instante saltan a un claro de la selva desde sus trincheras, un puñado de muchachos que sostienen con asombrosa sangre fría una ametralladora. Ocurre en unos cuantos segundos. Mientras el avión se clava, las manos de los guerrilleros, con audacia indescriptible, sostienen el arma y los tiros al tiempo que disparan ráfagas de ametralladora hacia él. Cuando la bomba cae, a unos cuantos metros de ellos, los muchachos han saltado de nuevo a su trinchera en donde esperan indemnes y sonrientes al siguiente aparato. El piloto del K’afir chilla asustado que alcanzaron a dañarle el fuselaje. Una y otra vez se repite el episodio. Hacia el mediodía, dos, cinco  o diez hectáreas de selva amazónica han quedado convertidas en ruina y las maltrechas aeronaves se marchan tras comunicar que el paso está abierto. 

Entonces los batallones contraguerrilla comienzan su avance seguros de que el campo está limpio. Pero algo no funciona. De los mismos lugares que la aviación dejó molidos comienzan a recibir una andanada de fuego de morteros que los llena de pánico. Los profesionales en contraguerrilla no entienden. Cuando menos lo esperan, por cualquiera de sus flancos, francotiradores con puntería envidiable los hostigan también y matan o hieren a varios de ellos. O el piso por el que avanza un soldado se hunde ante sus pisadas y cae en una trampa de agudísimas puntas de palma de chonta o de puntillas que lo saca de una vez del campo de batalla. O varios soldados pierden para siempre sus piernas al tropezar con un campo minado. No vale que vengan los helicópteros Arpía o los Halcones Negros. Horas y horas de ráfagas interminables desde el aire, corriendo el riesgo de ser derribados o averiados con frecuencia, no logran cambiar el panorama de la resistencia. Los muchachos siguen ahí, combatiéndolos con un coraje imperturbable.

Lecciones olvidadas

Resulta apenas obvio que combatientes guerrilleros como ellos, con un grado tan elevado de moral revolucionaria, animados por la clara conciencia de lo que representan frente a los planes imperiales norteamericanos y el proyecto fascista de Uribe, no podían dejarse arrinconar hacia la selva, en desbandada hacia los países vecinos de Brasil y Perú, como pretendió hacerlo creer el Ejército tras su penetración a los viejos campamentos que alguna vez ocupó el Secretariado Nacional de las FARC-EP. Los estrategas militares del Pentágono y el Ministerio de Defensa Nacional parecen haber olvidado, por lo que publica la gran prensa al servicio de su ofensiva terrorista, que en la guerra de guerrillas son siempre los alzados quienes eligen el escenario de los combates y la oportunidad de los mismos. Razones muy hondas tendrían los experimentados comandantes guerrilleros cuando decidieron que sus hombres  franquearan el paso a la selva. El triunfalismo de los generales carecía por tanto de sentido.

Un paquidérmico ejército contrainsurgente que introduce una parte considerable de sus fuerzas en la jungla, queda sujeto además de las hostiles condiciones del invierno amazónico con sus enfermedades y plagas, al golpeteo incesante de los comandos guerrilleros móviles que destrozan su moral ya vapuleada por el medio y preparan pacientemente su estocada final en un terreno que dominan a la perfección. Crece el número de oficiales, suboficiales y soldados que piden la baja, solicitan licencia para salir de la zona, desertan o simplemente se niegan a combatir. Al tiempo que el gobierno amenaza con consejos de guerra por cobardía contra ellos, la cúpula militar se ve en aprietos para completar los batallones que vengan a relevarlos. Las tropas que llegan, advertidas por los que salen del infierno al que se meten, hacen suya la consigna de que el salario les sirve mientras conserven la vida y se resisten a jugársela. La Operación Patriota comienza a despeñarse hacia una vergonzosa derrota.

La guerra continúa 

Entre tanto, la guerra de guerrillas continúa también en las afueras de la selva.  No transcurre una hora sin que en algún lugar de la antigua zona de despeje, comandos rebeldes causen bajas en forma sorpresiva a las tropas de la seguridad democrática. Las trampas, las minas, las rampas, el bombardeo con morteros y el fuego de los francotiradores o de los comandos emboscados, pone de presente la inquebrantable voluntad de enfrentar, asediar, no dar tregua y vencer al enemigo, aún a costa de la propia vida, como en forma lastimosa ocurre una vez que otra. 

Esos heroicos combatientes guerrilleros que se la juegan toda contra los avezados mercenarios del régimen y su aparato logístico de apoyo no son seres de otros mundos. Son muchachas y muchachos del pueblo colombiano que ingresaron a las FARC-EP para luchar por un futuro mejor para su patria. Hay que verlos cuando regresan de los combates. Jamás fanfarronean, hay que acosarlos para que cuenten cómo ocurrieron los hechos, son sencillos, modestos, nobles, en nada se parecen a los monstruos que pinta el régimen. Uno siente que un ejército compuesto por seres así tiene que ser invencible. Uribe Vélez nunca podrá entenderlo y su patrón George Bush menos aun todavía. La gente humilde de Colombia que los apoya y anima los comprende en cambio a la perfección. Son su misma raza, su misma sangre, sus mismos sueños, su misma historia. 

Selvas del Yarí, 20 de mayo de 2004.