Escrito por  Gabriel Angel

Por Gabriel Ángel

Carlos Marx y Federico Engels expusieron, entre otras, esta idea fundamental en el Manifiesto del Partido Comunista: “La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables”. En esta frase magistral se encuentra la clave de todas las contradicciones violentas del mundo contemporáneo. 

Quizás como nunca en la historia, los tiempos que corren son testigos del más alto grado del enfrentamiento de clases. 

Si la burguesía multinacional, el imperialismo, se construye un aparato militar de aplastamiento, capaz incluso de destruir más de mil veces el planeta tierra, si inventa audaces formas jurídicas de dominación política a fin de disfrazar su naturaleza fascista, si despliega por el inmenso firmamento el poder de sus fantásticos medios de comunicación para hacer ver como ciertas sus mentiras universales, si practica por todos los rincones de la tierra las más brutales guerras de exterminio contra los pueblos hambrientos que llama terroristas, es sólo porque el eco de las gargantas de miles de millones de seres humanos están anunciando con sus quejas, sus bramidos o gritos de combate el inminente derrumbamiento de las murallas infames de la explotación. 

A primero de Mayo de 2004 hallamos al imperio amenazando o agrediendo en su antípoda del Pacífico a Corea del Norte, en el Lejano Oriente a China, en África del Norte a Sudán y Libia, en el Occidente de Asia a Afganistán, Irak, Irán y Pakistán, en el Medio Oriente a Siria y Palestina, en el Caribe a Colombia, Cuba y Venezuela y en la América del Sur a Bolivia, Ecuador, Perú, Brasil y Argentina. A simple vista pareciera que salvo el caso de la América Latina nada en común tienen las víctimas de la agresión norteamericana y europea. Pero si se mira más al fondo se encontrará que por todas partes los parias de la tierra expresan su inconformidad con el mandato del capital y anhelan marchar en la dirección que les señala su conciencia. 

El miliciano iraquí, el guerrillero de las FARC-EP, el suicida palestino, el musulmán del Sahara, el indígena boliviano o el comunista cubano, para citar sólo algunas de las insurgencias de lesa majestad que pululan en los cinco continentes, son el producto destilado y súper reproducido de la avaricia del gran capital transnacional en sus países. Todos y cada uno de ellos, a su manera y en su propia versión, encarnan el hastío hacia la dominación imperial, hacia el saqueo de sus riquezas, hacia la imposición de los modos en que deben gobernarse, hacia el american way of life que se les quiere imponer.

No podía el imperio haber alcanzado tal grado de riqueza y de poder sin sembrar la semilla de la inconformidad que terminaría por derrumbarlo. Es que incluso el grito de rebeldía planetario resuena ahí, en su propio territorio, en sus miles de obreros despedidos de las fábricas que cierran diariamente, en su cancelación de los programas de seguridad social, en la miseria de los millones de inmigrantes extranjeros, en los negros de los barrios pobres de sus grandes ciudades, en la paulatina degeneración de su juventud endrogada.

No existe ningún aspecto de la vida propuesta por el Imperio a los pueblos del mundo que resulte siquiera tolerable para sus verdaderos intereses. Todos los hombres y mujeres de la tierra tienen derecho a comer lo suficiente para nutrir sus cuerpos adecuadamente, a vivir bajo un techo digno de su condición humana en pleno siglo veintiuno, a educarse y progresar material y espiritualmente, a contar con servicios sociales de salud, recreación, cultura, deporte. Sean cuales sean sus creencias religiosas o morales. Nosotros estamos convencidos en la teoría y en la práctica, de que tales derechos fundamentales jamás serán conseguidos bajo el sistema capitalista. Porque este ha demostrado de sobra su carácter discriminatorio y explotador, su talante criminal y violento. 

Estamos por el socialismo, por un tipo de formación social que destierre para siempre de la historia la injusticia de la explotación y la dominación de clases. Soñamos con un mundo hermoso, en paz, en el que la condición humana de los hombres y mujeres pueda desplegarse en toda su capacidad creativa, en el que los niños tengan de verdad futuro. Por creer en esto y porque nos duele en el alma la violencia despiadada que los capitalistas dueños del poder ejercen contra nuestro pueblo, y porque era la única forma de dejar germinar la esperanza de un cambio real antes de que fuera aplastada, estamos alzados en armas. Somos guerrilleros colombianos, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia Ejército del Pueblo.

Y este primero de mayo nos encontramos en las orillas de la selva amazónica, unidos y organizados bajo una férrea disciplina, recordando a Carlos Marx, Federico Engels, Vladimir Ilích Lenin, María Cano, Ignacio Torres Giraldo, Raúl Eduardo Mahecha, a Simón Bolívar, Jacobo Arenas, el Che Guevara, Jaime Pardo Leal, Gilberto Vieira, a Adán Izquierdo, Urías Rondón, a todos los grandes y pequeños luchadores que se alzaron contra el imperialismo y la oligarquía, que dieron su vida entera por la victoria del proletariado, del pueblo explotado.

Estamos haciendo parte hoy del histórico contingente llamado a echar por tierra la política de seguridad democrática de Uribe Vélez, a esa versión criolla de la llamada guerra antiterrorista de George Bush que debiera llamarse mejor la guerra imperialista universal. Contamos con el privilegio camaradas, y con grandioso honor de formar en las filas del ejército de Manuel Marulanda Vélez. 

Miles y miles de soldados contraguerrilleros entrenados por oficiales norteamericanos, dirigidos y animados desde el Pentágono, apoyados por las más modernas técnicas de inteligencia electrónica, aviones espías, bombarderos de todos los tipos, tanques de guerra y enorme cantidad de armamento se nos echan encima para cobrarnos la osadía de creer en el socialismo,  de ser proletarios en armas contra la oligarquía y el imperio. Una operación llamada  contradictoriamente Patriota pretende sepultarnos para siempre en la oscura espesura. 

Hoy primero de mayo de 2004 reiteramos nuestro juramento de vencer. No de vencer o morir, no, nuestro juramento de vencer, el único que debe alimentarnos. Durante siglos todos los hombres del mundo hablarán de la batalla de la Amazonía, de la victoria ejemplar de las fuerzas proletarias de ese país llamado Colombia en la América del Sur, que le abrió las puertas a la derrota definitiva del imperialismo norteamericano en el mundo. 

¡A CUARENTA AÑOS DE LUCHA… JURAMOS VENCER! ¡VIVA EL SOCIALISMO! ¡VIVA EL PRIMERO DE MAYO! ¡VIVAN LOS PROLETARIOS DE TODOS LOS PAÍSES!

1 de mayo de 2004.