Escrito por  Gabriel Angel

La guerra que se libra contra las FARC-EP y el pueblo de Colombia, hace parte de la agresión imperial contra todos los pueblos que se alzan por su liberación


Presentación

Con el mayor de los respetos hacia todos aquellos que piensan distinto, pero sobre todo compelido por el aun mayor respeto que me inspiran todos aquellos que piensan de manera semejante, me tomo la osadía de asumir la defensa de los revolucionarios y de la revolución, dos hermosas palabras que enaltecen la condición humana de quienes se identifican con ellas en el discurso y en los hechos, pese a la descomunal arremetida ideológica y militar inspirada y promovida desde los centros de poder del gran capital financiero internacional.

Desde ya me imagino los movimientos de desaprobación e incredulidad que harán con su cabeza los propagandistas y difusores del pensamiento único oficialmente admitido. Y sus sonrisas de hilaridad y desprecio. Y sus cochinos comentarios. Pero no voy a meterme con ellos. Me propuse escribir con el mayor de los respetos hacia quienes piensan distinto. Lo que no significa que no me inspire repugnancia constatar a diario que gente más o menos brillante, que se considera sin resquemor alguno decente, desempeñe de manera tan servil su papel de reproductor en masa de mentiras, en perjuicio de millones y millones de seres humanos, sólo porque un oficio tan vil les suministra unas cuantas monedas de más y ocasionalmente una palmadita en la espalda por parte del amo o un puesto en su mesa en alguna fortuita recepción.

La revolución, una cosa del pasado

Para la intelectualidad arrodillada de hoy y su equipo de comunicadores, aplicar el término revolución a las luchas sociales y políticas carece de sentido hoy. Se puede hablar de revolución en los campos de la informática, las telecomunicaciones, la ciencia, la tecnología, en los métodos de administración empresarial, en el ámbito de la educación y hasta en el tema de las costumbres sexuales, como la tan promocionada revolución gay. Pero en cuestiones del poder político del Estado, definitivamente no. Para ellos, los levantamientos de una o varias clases sociales oprimidas contra la clase social opresora en el poder, así como el proceso de radicales transformaciones subsiguientes a su derrocamiento, fueron una necesidad histórica que se agotó con la consolidación del capitalismo. Revoluciones fueron la inglesa, la norteamericana o la francesa de los siglos XVII y XVIII, que despejaron el camino hacia el desarrollo industrial y el imperio del capital. Como quien dice, la humanidad y los pueblos anduvieron de tumbo en tumbo, de revolución en revolución, hasta que descubrieron y consagraron en una forma de sociedad y Estado, los máximos principios del desarrollo histórico, la libertad de empresa y la libre competencia, reglas de oro rectoras de todo destino, llamadas a brindar bienestar y armonía al conjunto de los pobladores de la tierra.

El mundo de ensueño del gran capital

En ese orden de ideas, para los pensadores oficiales y los grandes medios de comunicación, las revoluciones se volvieron algo irrelevante. El género humano no puede aspirar a ningún otro escalón socioeconómico. Como prueba reina nos exhiben rebosantes de dicha, el hundimiento de las revoluciones socialistas de Europa oriental y el sospechoso viraje hacia prácticas capitalistas adoptado por los demás países que intentan la construcción del socialismo. Enrostran a los revolucionarios que su gastado discurso sobre explotadores y explotados está mandado a recoger. Afirman con pedantería que en capitalismo eso no existe, que existió en períodos históricos anteriores, pero en el siglo XXI ya no. Sostienen que propietarios y desposeídos, burgueses y proletarios, patronos y trabajadores, no son ni tienen por qué ser clases sociales antagónicas en pugna, que son dos caras de la misma moneda, o del mismo billete. Comparación feliz.

Concluyen que en vez de odiarse y enfrentarse, han de procurar colaborarse mutuamente, porque su objetivo es el mismo. Si aumenta la riqueza de la sociedad en su conjunto, esa riqueza terminará por alcanzar a todos. Lo único que tienen que entender los inconformes, y en ello insisten permanentemente, es que la riqueza de la sociedad sólo podrá crecer si se funda en el enriquecimiento de los empresarios, de los hombres de negocios, de los que saben cómo crear fortunas. El papel de los trabajadores y de los miserables consiste, a su juicio, en cooperar con aquellos y esperar paciente y sumisamente el día en que se elevará su nivel de vida. Ah, y desde luego, en aborrecer intensamente a esa gente anticuada y necia que les habla de revolución, darles por completo la espalda, sumarse a su ridiculización y, llegado el caso, a su persecución y exterminio.

Una sola política

Con fundamento en semejante timo, los dueños del poder, los grandes señores del capital y de la tierra, procedieron a fijar los marcos permitidos del ejercicio de la política. Y les endilgaron el nombre de democráticos. En adelante, en cualquier lugar del mundo, sólo serían legítimos, vale decir democráticos, los procedimientos y los contenidos conducentes a perpetuarlos a ellos al frente del poder del Estado. Todas las formas de actuación política y todos los discursos con aptitud de agrupar porciones considerables de la ciudadanía en torno a posturas opuestas a la permanencia de esa dominación, pasaron a ser considerados antidemocráticos y contrarios a la seguridad nacional. Se impuso un realinderamiento de las alternativas de gobierno. Hacia el futuro, las únicas voces públicamente admitidas en materia política, serían los diferentes matices dentro del espectro solitario del capitalismo galopante, el mayor o el menor énfasis en lo social, las diferencias puramente técnicas.

La disolución de los partidos

La consecuencia inmediata no podía ser otra que la trivialización del debate político. Las ideologías quedaron descartadas por completo. Los partidos políticos tradicionales, antiguos reflejos de las contradicciones de clase en cuanto al manejo económico del Estado, perdieron todo contenido programático y con ello se condenaron a perder también su forma. Empezaron a diluirse. Por la otra parte, atropellados por la avalancha triunfalista del gran capital y desubicados completamente por la hecatombe del modelo socialista dominante, multitud de movimientos revolucionarios de todo el orbe recogieron sus banderas de lucha y optaron por alinearse mansamente en el nuevo orden. Pocas veces en la historia se vio un tropel tan vergonzante de arrepentidos implorar perdón y ponerse al servicio de sus odiados contrincantes. Ahora su mayor satisfacción sería recibir el título de opositores democráticos, para obtener el cual no vacilarían en disputar con los propagandistas del sistema, el primer lugar en el reproche público a quienes persistieron en su empeño revolucionario.

La inconsistencia del discurso

Toda la palabrería seudo científica y desorientadora que integra el calculado lenguaje técnico neutral del discurso imperial, aparece viciada por la inconsistencia. No se requieren muchos dedos de frente para descubrir que es absolutamente contraria a la realidad del mundo material y social. Negar la existencia de las clases sociales, la permanente pugna de intereses entre ellas, el dominio explotador del capital sobre el trabajo, el sojuzgamiento de los países pobres por las grandes potencias, el antagonismo creciente entre los intereses de los gigantescos consorcios multinacionales del capital y la inmensa mayoría de la población mundial, equivale a pretender tapar el sol con un dedo. Las crisis recurrentes del capitalismo mundial y la temida recesión de la economía global no significan que cese, siquiera por un instante, el fabuloso flujo de ganancias hacia los centros de poder del capital financiero internacional, pero en cambio arrastran de manera acelerada a centenares y a miles de millones de seres humanos a una existencia cada vez más miserable y desesperada.

La mentira institucionalizada

Las estadísticas de cualquier agencia de las Naciones Unidas, de una sola de las entidades multilaterales de crédito, de cualquiera de los institutos oficiales que contabilizan las deficiencias en el nivel de vida de los habitantes de los países atrasados, bastan para probar hasta la saciedad la falsedad del discurso de las clases dominantes en cualquier lugar del mundo. Resulta verdaderamente asombroso que los mismos responsables de la creación de tan elevados niveles de injusticia y deshumanización, que los encargados con sus políticas y violencias de conducir la sociedad contemporánea hasta el escandaloso grado de desigualdad imperante, hayan logrado revestir de credibilidad tanta mentira. Sus propias oficinas de análisis y planeación demuestran todos los días que sus programas económicos acentúan y agravan la situación en lugar de aliviarla, pero la contundencia de esos datos es convertida, como por arte de magia, en el pretexto justo para insistir en la misma dirección, como si no fueran la demostración aplastante de la perversidad irremediable del capitalismo.

La empresa comercial global

El poder para presentar e imponer de manera general una visión alucinada y fantástica de la realidad, para alienar, adormecer, y aplastar a la inmensa mayoría de la población mundial, se hace comprensible cuando se piensa en la estructura global, en la red de intereses económicos, en la gigantesca trama de vínculos locales, nacionales e internaciones que precisa, para reproducirse y crecer, el circuito financiero del gran capital monopolista transnacional. No se trata de unos cuantos ogros multimillonarios que vivan en algún paraíso cibernético disfrutando de sus archijugosas ganancias, mientras que los seis mil millones restantes mueren de inanición y abandono. No. En cada ciudad, en cada comarca, en cada país, en cada continente, hay cientos, miles, centenares de miles y millones de personas, proporcionalmente a su población y riqueza general, que pueden contarse dentro de la gente más acaudalada. De una u otra forma, cada una constituye un eslabón en la cadena, una pieza más o menos importante en el engranaje universal de los negocios. De lo que se ha preocupado con esmero el poder central del capitalismo mundial, es de asegurar que los destinos de la respectiva comunidad estén determinados y regidos por los integrantes de esa corte de favoritos, tan interesados como él, en el perfecto funcionamiento de la empresa comercial global.

El esfuerzo por imponer su visión

De esa manera el gran capital tiene garantizada la unidad de propósito, la perspectiva unilateral y minoritaria, la cosmovisión elitista de la realidad. Lo que sigue para él, es el esfuerzo por generalizarla a todos los demás terrícolas. Lograr que ella sea apropiada por las masas, tan proclives en el pasado a los alzamientos de protesta y reclamo, sería equivalente a consolidar el estado general de paz, el sueño de todas las generaciones anteriores, la meta de la humanidad, el final de la historia, el y fueron muy felices. Bastaba con eso para solucionarlo todo. Pues bien, manos a la obra. Los dueños del mundo empeñaron todas las armas en ello, entre las cuales de manera particular quiero destacar solamente tres. El poder corruptor del dinero, basados en el principio mercantil de que todo hombre tiene su precio. La fuerza bruta, siempre tan útil por experiencia, para acallar toda oposición mediante la muerte y el miedo. Y el poder de los grandes medios de comunicación, capaces de transformar en verdad cualquier mentira con solo repetirla unas docenas de veces.

La compra de conciencias

Quizás haya un día quienes se dediquen a indagar la relación existente entre el aumento patrimonial individual de los dirigentes del proyecto soviético de socialismo y la paulatina distancia que fueron tomando de las posiciones revolucionarias y antiimperialistas. Lo que no requiere de investigaciones tan minuciosas, es la existencia de dicha relación en la mayoría de deserciones del movimiento revolucionario latinoamericano durante los últimos quince años.  Los dólares del Imperio, convertidos en moneda nacional y destinados a mejorar, en forma muy escogida, el nivel de vida de los líderes de la rebeldía organizada, así como los espacios intelectuales y sociales abiertos por las organizaciones no gubernamentales y el acomodamiento ofrecido por sus modernizantes proyectos de contestación financiados por el gran capital, minaron las últimas resistencias de un sinnúmero de dirigentes políticos, sindicales, populares y campesinos que alguna vez creyeron en la revolución. Los cargos públicos, el posicionamiento en cierto tipo de negocios  y la figuración personal, fueron también otros de los anzuelos con los que se compró la conciencia en provecho del pensamiento único. Aquellos lobos convertidos en ovejas y de regreso al redil, asumieron el nuevo rol asignado y se esforzaron sobremanera en idiotizar a las multitudes inconformes.

El papel del terror

Sería injusto sin embargo, achacar tan solo a la debilidad moral la renuncia a los principios, las ideas y las prácticas que antes defendieron con pasión los renegados. Al lado de la codicia, también el temor jugó su papel determinante en la traición. La brutalidad asesina del Imperio consumó durante las dos décadas anteriores a la de la defección masiva, las agresiones más brutales contra los pueblos del mundo. Donde quiera que lo creyó conveniente, intervino directamente con su maquinaria de muerte. Pero también auspició, patrocinó, respaldó y defendió el empleo de la más despiadada violencia contra los pueblos en pie de lucha, por parte de los gobiernos que representaban la identidad de intereses con el gran capital. Las múltiples y sucesivas versiones de Rambo no fueron tan sólo ficciones para el cine. Verdaderos monstruos con espíritu de nazis arrasaron de manera salvaje las aspiraciones populares en los países oprimidos.

La sangre y el terror que los Ejércitos entrenados en los métodos de la Seguridad Nacional, los organismos policiales y secretos de los Estados y los grupos paramilitares protegidos por todos ellos, hicieron correr en la América Latina, tuvo además del nefasto resultado en vidas y esperanzas truncadas, la siniestra virtud de sembrar el pánico a correr la misma suerte entre los dirigentes e intelectuales sobrevivientes. El ocaso del llamado socialismo real, terminó por provocar al fin su desbandada. Si existiendo el temible rival, el Imperio era capaz de tanta barbarie, hasta qué extremo se atrevería a llegar ahora que tenía las manos libres. Era mejor declararse derrotados y hacer acto de contrición. Un pequeño incentivo económico no estaría de más. Del ahogado el sombrero, dice un conocido refrán en Colombia.

El velo que recubre la violencia imperial

Correr el velo con el que el gobierno imperial y sus satrapías locales han cubierto y disimulado el empleo cotidiano de la fuerza bruta con el fin de garantizar su reinado absoluto, adquiere una importancia cardinal en el camino hacia la liberación de los pueblos sometidos. Una de las ideas proclamadas con mayor insistencia por los sabios oráculos del pensamiento único, es aquella según la cual las guerras de exterminio, las arremetidas por aire, tierra y agua emprendidas por las USA Army o las fuerzas de la OTAN, así como también el apoyo militar, técnico, financiero y logístico de las mismas a las operaciones de guerra abierta o sucia practicadas por los gobiernos títeres en Asia, Africa o América Latina contra las manifestaciones populares de resistencia o rebeldía, no son actos de violencia, no son acciones encaminadas a imponerse sin discusión mediante el empleo del terror. Los círculos centrales del gran capital y sus sucursales nacionales poseen el derecho inalienable de amenazar, agredir, asesinar, desaparecer, torturar y aterrorizar desde una hasta centenares de miles o millones de personas en el mundo, sin que ni uno solo de sus repudiables actos sea considerado inhumano o violento.

Es más, es como si esas acciones no existieran, como si nunca se dieran. En un curioso desdoblamiento, el recurso a la muerte, al horror y al miedo sólo deben captarlo como tales sus destinatarios, sus víctimas. Para los demás deben ser acciones normales, equiparables a un partido de fútbol o a un concierto de su estrella favorita. De otra manera no podría explicarse la pretensión de sostener, pese a toda la violencia actualmente desplegada desde sus oficinas, comandos y cuarteles, que la humanidad alcanzó ya un estado de civilización en el cual el uso de la fuerza carece de sentido. En un arranque de autismo aberrante, los ideólogos oficiales y sus publicistas, afirman y repiten hasta el cansancio que la era de las contradicciones y la confrontación fue superada definitivamente por la raza humana. Sus presupuestos y sus aparatos militares no obstante, se agigantan considerablemente en todos los rincones de la tierra. Por si acaso algún bruto dinosaurio resolviera armarse y atentar contra la armonía y la felicidad que ellos han logrado regalarle a esta ingrata especie.

Los medios a conveniencia del poder

El dominio del gran capital sobre los medios de comunicación en todo el mundo, ha puesto completamente a su servicio otra arma contundente. La propiedad sobre las imágenes, los sonidos y las palabras con que la gente del planeta tiene acceso al conocimiento de los hechos, permite a los monopolios informativos obrar como magos capaces de presentarnos como reales, una pila de fantasías creadas con fundamento en audaces trucos.  Miles de millones de personas creerán a pie juntillas lo que las agencias internacionales de prensa lleven a las pantallas de televisión cada noche. Y al interior de un país, sus habitantes asentirán con un mismo acto de fe, a las revelaciones provenientes de sus telediarios locales. Unos y otros ejercen la tarea de reproducir para el gran público, la versión de los acontecimientos que se acomoda de manera precisa a las conveniencias de los dueños del planeta y de ese Estado en particular.

Igual misión desempeñan las cadenas radiales y la prensa escrita. Esa trilogía todopoderosa fabrica y destruye héroes y villanos, prestigios y desprestigios, mentiras y verdades. Agiganta las bondades virtuales del sistema y envilece la nobleza humana y justiciera de sus detractores. Proclama con ardentía los sagrados derechos a la libertad de expresión, prensa e información, pero su interpretación práctica de los mismos conduce inexorablemente a la exclusión de sus espacios, de toda manifestación contraria a los intereses de sus propietarios y de sus agentes en los gobiernos.  Para no hablar del papel que desempeñan como difusores en masa de la alienante cultura del consumo, destinada a ocupar las mentes de mujeres y hombres del mundo entero en una gama infinita de puerilidades.

El carácter mercenario de la ideología oficial

El pacífico poder corruptor del dinero, el menos pacífico empleo de la violencia institucional y parainstitucional y el enajenante bombardeo mediático, son tan solo tres de los pilares en que se sostiene y refuerza diariamente el nuevo orden mundial que beneficia de manera exclusiva al pequeño circulo de privilegiados vinculados con el circuito global del gran capital.  Una breve mirada sobre todos los demás resultaría demasiado extensa para los propósitos de este trabajo. Pero basta con comprender el significado que poseen estos tres fundamentos para captar el sentido absurdo de la lógica con  la que se busca oscurecer el entendimiento del género humano a fin de esclavizarlo para siempre. 

Los planes de ajuste impuestos por las entidades multilaterales de crédito a los países objeto de las inversiones imperiales, están produciendo tal cúmulo de calamidades sociales, tal deterioro en el nivel de vida de la mayoría de sus habitantes, que para evitar los estallidos políticos, resulta indispensable corromper, aplastar, violentamente y engañar de mil maneras a los potenciales rebeldes. Ese y ningún otro es el propósito y el contenido de toda la verborrea profesoral y política de moda. Desenmascararla, ponerla en evidencia, desnudar totalmente su hipocresía, privarla de su aureola de infalibilidad, poner de presente su mediocre carácter de producción mercenaria, es una imperiosa obligación moral para toda persona que se percate de ello y posea sentido del decoro. Así resulte supremamente peligroso hacerlo.

La misión del revolucionario

Ponerse del lado de la inmensa mayoría de la población mundial, de los pobres y los miserables del tercer mundo, implica desde luego pasar a engrosar la cada día más amplia galería de parias elaborada por la arrogante intolerancia del sistema. Quien se decide a ello, comienza a recibir desde muy temprano las señales. A los sutiles y luego frontales intentos de cooptación, seguirán las primero sutiles y luego frontales amenazas. Después éstas se harán realidad. Si es del caso, los medios de comunicación harán añicos la imagen del atrevido, aunque también pueden ignorar por completo su suerte, reducirlo al anonimato, hacerlo desaparecer del entorno. Todo depende de las particularidades.

Es por eso que la pelea contra el monstruo no puede ser individual. Nadie tiene tanto poder para pulsearlo. Hay que unirse con otros, organizarse, saber actuar, ganar a cada instante una voluntad más para la lucha. Esa es precisamente la labor de los revolucionarios. Ir conformando el contingente humano, cada vez más consciente y preparado, para librar la batalla final contra el Imperio y derrotarlo definitivamente. Para los ideólogos al servicio del gran capital y sus propagandistas de la gran prensa reaccionaria, la sola idea de la revolución es una cosa de locos. Para los revolucionarios en cambio es una certeza inevitable. El Imperio caerá porque lo vamos a tumbar entre todos. Las mentiras virtuales tendrán que ceder ante la realidad. Los revolucionarios estamos con la realidad.

El inevitable triunfo de la revolución

La avalancha corruptora, militar e ideológica de los tiempos que corren, nos pone de presente que quien más seguridad tiene del levantamiento general de los pueblos del mundo es, paradójicamente, el pequeño círculo de amos del gran capital. De ninguna otra manera se explica su grandioso poderío militar. El Imperio tiene miedo. Se arma hasta las galaxias en preparación de la respuesta al alzamiento. Ha visto tantas películas de ciencia ficción que se imagina atacado según el guión de una de ellas. Se equivoca nuevamente. Los pueblos no son tan necios como para empeñarse en ello. En cambio, organizados, encontrarán el modo de vencerlo utilizando sus propios medios. Los globos que se inflan e inflan suelen reventarse solos. O por obra de la más insignificante espina.

Se va a necesitar mucho tacto, mucha paciencia, mucha disciplina para organizar la fuerza de los de abajo hasta el punto de hacerla invencible. Pero se logrará, no hay duda. No hay que olvidar que la revolución no parte de cero, que los revolucionarios de hoy son herederos de una experiencia de por lo menos siglo y medio de luchas. Esa experiencia es sumamente valiosa y aleccionadora. Basada en ella, la gente de nuestro planeta hallará el camino más justo para salir adelante. Una cosa está clara. Esa vía no será la de la conciliación y la derrota frente al gran capital. Así éste insista en  llamar como quiera, a quienes lo tienen  claro.

A manera de epílogo

Escribo este opúsculo durante un fuerte invierno en un lugar de las selvas del sur de mi país, Colombia. Soy guerrillero de las FARC-EP. Me siento orgulloso de ello, porque me veo integrando uno de esos contingentes que se van construyendo en el mundo para trabajar por la liberación de la humanidad entera. Esta mañana escuché por la radio unas declaraciones a la prensa concedidas por Otto Reich, Subsecretario de Estado para asuntos latinoamericanos del gobierno de George W. Bush, con motivo de su visita a este país para reunirse con el  Presidente de la República electo recientemente. Afirmaba Mister Reich, que el gobierno de los Estados Unidos continuará brindando todo su apoyo al de Colombia, en su propósito de convencer a los terroristas de que acepten que en los tiempos presentes su lucha no tiene sentido, y que lo que más les conviene es entregar sus armas, rendirse y negociar las condiciones de su reincorporación a la sociedad. En esas palabras está presente de cuerpo entero la pretensión imperial del pensamiento único. La ayuda americana consiste en miles de millones de dólares, armas, entrenamiento, inteligencia y accionar velado contra los grupos insurgentes, concretamente las FARC. Es decir, la fuerza bruta. Ni siquiera se disimula el carácter de soborno que tendría la eventual negociación. El título de terroristas hace parte de la campaña mundial de desprestigio por los grandes medios.

Por no haber aceptado nuestra organización una lógica semejante, el gobierno de Andrés Pastrana puso fin hace unos meses a las conversaciones que mantuvo durante tres años con nosotros. Siempre sostuvimos que el diálogo de paz no puede tener como propósito nuestra rendición, sino la extirpación de las causas que dieron origen al enfrentamiento, vale decir, de la intolerancia violenta por parte del Establecimiento hacia quienes plantean fórmulas de solución para nuestra pobreza y nuestro atraso, distintas a los recetarios dictados a la oligarquía colombiana desde Washington. Por Los Pozos, lugar donde se llevaron a cabo las conversaciones entre el gobierno y las FARC, pasaron miles y miles de colombianos del pueblo raso reconociendo sus identidades con nosotros. También embajadores y representantes de decenas de gobiernos de Europa y América, delegados del Santo Padre de Roma,  de las Naciones Unidas y el Parlamento Europeo. También voceros de importantes organizaciones privadas y públicas de carácter internacional, nacional y local. Hasta la reina de Jordania. Todas esas personas avalaron nuestra vocación de paz, escucharon atentos a nuestros voceros y a nuestro Comandante en Jefe Manuel Marulanda Vélez. En más de una ocasión aplaudieron emocionados sus palabras y lo abrazaron fuertemente en señal de aprobación.

Hoy el gobierno colombiano toca todas esas puertas y otras con miras o obtener una condena internacional en contra nuestra. Hay que recordar que sobre nuestras cabezas vuelan permanentemente, en el día y en la noche, aviones cazas y bombarderos, helicópteros artillados y de transporte de tropas, que al menor signo de nuestra presencia descargan desde las alturas bombas devastadoras, cohetes explosivos y ráfagas de ametralladora de calibre descomunal. Simultáneamente, miles y miles de soldados profesionales entrenados largamente en tácticas de guerra contrainsurgente diseñadas en el Pentágono, guiados por perros de presa y armados hasta los dientes, rastrillan metro a metro el territorio en que nos movemos. Estamos perfectamente claros de que ese es el precio que se paga por desafiar al Imperio. Y sentimos un inmenso honor combatiéndolo.

Ellos se llevan frecuentemente por vía aérea los cadáveres de sus soldados que caen bajo el sorpresivo fuego guerrillero. Y los mandos militares se quejan del riesgo que corren sus naves, muchas de ellas averiadas y una que otra derribada, por obra de los disparos de los fusiles insurgentes desde tierra. La prensa guarda un silencio absoluto acerca de los golpes constantes recibidos por las fuerzas del Estado en la que fuera hasta hace poco zona de despeje y en el resto del país. Está empeñada en consagrarnos como terroristas. Desde estas montañas enviamos un saludo y un abrazo muy grandes a todos nuestros amigos y a todo el pueblo colombiano, latinoamericano y del mundo. Y una invitación a sumarse decididamente a la lucha. Nosotros estamos  bien. Y seguiremos estándolo. No puedo evitar despedirme sin convidarlos a gritar con nosotros: ¡Viva la Revolución! ¡Vivan las FARC-EP!

Montañas de Colombia, 30 de mayo de 2002