Escrito por  Gabriel Angel

De la boca de los fusiles guerrilleros no solamente brotan disparos. También salen discursos, de justicia, de libertad, de verdad.

A la memoria de Duque y otros héroes caídos en combate en las vegas del Río Cimitarra

Desde la última parte del año anterior se libran fuertes combates en el sur de Bolívar y en general en todo el Magdalena Medio. La gran prensa, de quien no se puede pensar en la hora presente que ignora las realidades del conflicto armado que estremece al país, presenta no obstante los hechos tan desprovistos de su contenido real, que no puede concluirse nada distinto a la complicidad de sus propietarios y directores con los desarrollos de una estrategia criminal diseñada en los más altos escalones del Estado.

Y decir más altos escalones no significa necesariamente la Presidencia de la República. Aún pueden existir vestigios en nuestro país de la vieja distinción entre el poder formal y el poder real. De hecho está visto que las decisiones del primer magistrado de la nación no poseen por sí mismas la fuerza para ser ejecutadas, pese a que se trate de asuntos que se muevan en la órbita de su exclusiva competencia. Como en el caso de la paz. O como  en el caso de la guerra. Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, no parece tener la capacidad de hacerse obedecer por sus subordinados.

La operación de exterminio en el sur de Bolívar se inicia con la intempestiva aparición de verdaderas hordas paramilitares en la zona rural de los municipios de San Pablo y Cantagallo. Su número era asombroso, grupos de trescientos y más hombres armados hasta los dientes, dedicados a torturar, asesinar, incendiar, robar, amenazar y desplazar población campesina. No puede admitirse que semejantes manadas de criminales hubieran burlado los rigurosos controles del Ejército y la Infantería de Marina, cuya presencia simultánea en la región era permanentemente ratificada por la alta cúpula militar. ¿Cómo es posible que semejante vandalismo careciera de relevancia para la prensa nacional?

A lo anterior se añadió el bloqueo económico. Todas las entradas terrestres y fluviales hacia el sur de Bolívar fueron flanqueadas por patrullas paramilitares a objeto de impedir el ingreso de comida a la zona. Y para cazar sorpresivamente a sus víctimas. A pocos metros de los retenes de las fuerzas armadas regulares que afirmaban no haber visto ni oído nada. Como una especie de cerco estratégico, las operaciones paramilitares se extendieron también desde los municipios de Remedios, Segovia, Yondó y Puerto Berrío, es decir por todo el límite del nordeste de Antioquia con el sur de Bolívar. Solamente las guerrillas de las FARC-EP y el ELN, operando de común acuerdo, salieron al paso de los bárbaros.

Tres meses continuos de peleas diarias hasta lograr las guerrillas hacer recular a los asesinos. Los evidentes vínculos de las fuerzas armadas con los grupos paramilitares fueron denunciados hasta por las Naciones Unidas. Pero la gran prensa soslayaba el asunto y se limitaba a hablar de disputas entre paramilitares y guerrilla por los cultivos de coca, y a presentar a la población civil, en la realidad objetivo directo de la agresión paramilitar, como un tercero al margen del conflicto, afectado por el fuego cruzado de los dos bandos. El eco de los disparos y los bombazos en el Valle del Río Cimitarra se escuchaba durante horas hasta más allá de Barrancabermeja y al otro lado del Río Opón. Así se enteraba el pueblo agredido en todo el Magdalena Medio, del accionar corajudo y digno de sus hijos alzados en armas en las entrañas de la montaña.

Tras el asalto final de las fuerzas guerrilleras a los cuarteles paramilitares ubicados en los corregimientos de El Cagüi y Cuatro Bocas, jurisdicciones de Cantagallo y Yondó respectivamente, verdaderas batallas que duraron más de un día, los asesinos se esfumaron de la misma manera como habían llegado. Justo entonces aparecieron los altos mandos militares en los medios para decir que el Ejército iniciaba una ofensiva frontal contra los grupos al margen de la ley en el sur de Bolívar. Inmediatamente fueron desembarcados en las mismas regiones más 3.000 hombres de las fuerzas armadas, integrantes de las fuerzas de rápido despliegue creadas por el Plan Colombia con el pretexto de combatir al narcotráfico. Sabían bien que no iban a encontrar paramilitares. Ya los habían evacuado sigilosamente. 

Los campesinos desplazados por la violencia del paramilitarismo, saben que abandonan un área que ellos mismos ayudaron a civilizar y colonizar, en la que poco a poco fueron hallando una forma de obtener su pobre sustento, en la que los pocos alcances del progreso obtenidos fueron conquistados a base de organización y lucha, para ir a meterse a la ciudad, con la respiración de la bestia en la nuca, en busca de un acomodo, así sea tan solo un rincón para mendigar. No quieren hablar duro pues saben bien que los asesinos merodean a su alrededor. Prefieren las evasivas, el silencio o las palabras que no comprometan. Hasta ellos, así, derrotados y humillados, llega entonces la gran prensa en busca de historietas para poder usar contra las guerrillas. Para en realidad reforzar su  interesada teoría.

El comportamiento del Ejército al relevar los paramilitares no ha sido muy diferente al de estos. Arbitrariedades a granel y bloqueo económico. Como para que no quede duda de que obran en ejecución del mismo y único designio criminal. Las guerrillas obran de nuevo en lo suyo. Enfrentarlo con sus armas y sus conciencias templadas al calor de los proyectiles enemigos. Señores de la gran prensa, ¿quieren saber quiénes son los guerrilleros? ¿Quieren saber cómo crece el número de combatientes revolucionarios? Pues son los hijos de los degollados, los hermanos de los tiroteados, los sobrevivientes de la tortura, los testigos oculares de tanta maldad cometida por los bandidos uniformados a nombre de la Constitución y la Ley. No se ganan un centavo por lo que hacen, pero dan la vida por lo que defienden. Porque es tanta la infamia contra el pueblo, y sólo por eso, aumenta incontenible la fuerza de la insurgencia armada.

La gran prensa escandaliza al unísono, horrorizada contra cualquier hecho que considera lesivo a su libertad para informar. Pero para informar lo que conviene a la estrategia criminal del Estado. Un verdugo inhumano al servicio de ella, llámese Martín Orlando Carreño o Carlos Castaño, cuenta con mucho más despliegue en sus espacios visuales, escritos o hablados que la voz de las miles y miles de víctimas aterrorizadas con sus depredaciones. La guerra que libran en el sur de Bolívar las guerrillas, va mucho más allá de un sinnúmero de enfrentamientos armados, es la guerra de un pueblo acosado, perseguido, levantado en armas contra la más grande empresa criminal que registre la historia. Y es además una guerra contra la mentira. Los fusiles de la guerrilla no solamente disparan proyectiles, también disparan discursos, de justicia, de libertad, de verdad. Que retumben, que se haga infinito su eco, que nada ni nadie pueda detenerlos.

19 de abril de 2001