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A una década de la muerte de Mariana Páez

Español
Autor: 
Gabriel Ángel

Diez años atrás, marchábamos con Mauricio Jaramillo en la compañía que él comandaba y que llamaba Martín Martínez. Tras evadir un apretado cerco que nos había tenido recostados al río Guayabero, marchamos hacia la región del Lozada. Fue entonces cuando comenzamos a oír por la radio las noticias sobre el asalto al Frente Antonio Nariño en el páramo de Sumapaz. Los datos sobre bajas y capturas nos sobrecogieron.

En cuanto Mauricio escuchó de la muerte de una mujer que al parecer se llamaba Marina y que tenía aproximadamente 45 años, se dirigió a mí y me dijo que en su parecer, por esas referencias, aquella mujer reportada como muerta en combate no podía ser otra sino Mariana. Todo coincidía. También había caído Gaitán Gutiérrez, el comandante del Frente, y entre otros capturados figuraba el Negro Antonio, el reemplazante de Gaitán, un viejo guerrillero proveniente de Arauca.

Todo aquello significaba una auténtica desgracia, un golpe contundente recibido por las FARC en su nuevo intento de operar en Cundinamarca. Seis años atrás, en la llamada Operación Libertad, varios frentes habían sido aniquilados en ese departamento. Y en adelante, cada intento realizado por el Bloque Oriental para fortalecerse allí, había terminado en tragedia. La expedición de Gaitán había sido la más  reciente, un nuevo fracaso que nos dolía profundamente a todos.

Días después recibimos la confirmación de toda la información noticiosa. Si bien en la guerrilla se sufren todos los golpes en contra, éste tenía la particularidad de herirnos mucho más hondo. Todas las vidas perdidas duelen, pero es que entre ellas se encontraba la de Mariana Páez, Marianita, quien se había llegado a convertir en un símbolo de la mujer revolucionaria y combatiente durante los diálogos de paz celebrados en el Caguán. 

De ese equipo de los diálogos habían sido ya atrapados de uno u otro modo varios de sus integrantes. Simón Trinidad, el primero, Raúl Reyes e Iván Ríos después, Felipe Rincón unos meses antes, y ahora Mariana. Era cierto, la guerra segaba vidas y libertades sin piedad. La muerte nos rondaba. En todo ese equipo de los diálogos del Caguán, integrado por 5 voceros y 10 miembros de la comisión temática, había solamente una mujer, Mariana, y acababan de quitárnosla.

Recuerdo con claridad nuestro último encuentro. Marchaba yo de unidad en unidad con destino al río Papamene, donde se encontraban las compañías de Manuel Marulanda y el Mono, convocado por éste último, cuando el par de guías me condujeron hasta la compañía que comandaba Liliana Castellanos. Ella se encargaría de ponerme en otra unidad, en la cadena de compañías que operaban por el área del Guayabero enfrentando la operación militar en curso. 

Debía ser el mes de julio de 2007. Tras tomar el baño de la tarde y dirigirme al casino en busca de un café para calentarme, me sorprendí con el repentino encuentro con Mariana. Los dos nos sorprendimos por la inesperada ocasión. Me contó que llevaba varios meses en esa compañía, ayudando en la educación política. Se llevaba muy bien con Liliana y era una gran experiencia para ella estar haciendo parte de una compañía de orden público. 

Aquella noche conversamos hasta bien tarde, rememorando tiempos viejos y compartiendo las novedades de la vida de cada uno. Desde el año 2005, en que estuve unos meses en el Frente Antonio Nariño, no habíamos vuelto a vernos. Así sucedía en la guerra con frecuencia. A momentos de enorme intensidad, seguían largos tramos en los que hasta la mínima noticia del otro desaparecía. En la mañana, yo tenía que partir y volvimos a despedirnos con afecto.

Ninguno de los dos imaginamos que sería nuestro último abrazo. Uno nunca piensa en eso, pese a que vive entre bombardeos, morteros y disparos. Cree neciamente que la vida se prolongará indefinidamente y sin alteraciones, y que siempre habrá una nueva oportunidad para compartir con los otros. Ahora que lo pienso, caigo en cuenta de que aquella marcha tenía carácter de despedida, sin que uno se enterara de lo que estaba por suceder.

Al salir del Frente 40, por los lados de la quebrada La Reserva, me despachó el Negro Antonio, quien recibió la orden del Mono de que me enviara donde él. Y tras aquel encuentro fugaz con Mariana, cuando subía el largo filo en cuyo lado opuesto encontraría al Papamene, me encontré a Gaitán con la columna que comandaba, y quien se hallaba a la espera de cualquier aparición del Ejército por aquella zona. Los tres caerían tiempo después en la operación del Sumapaz.

En la recomposición que El Mono hizo del Frente Antonio Nariño, el Negro Antonio y Mariana fueron nuevamente trasladados allá. Recuerdo haberme encontrado con Liliana en marzo de 2008, y que ella me dijo que El Mono le había dado la orden de enviar a Mariana donde él. Ella sospechó que la iban a enviar de nuevo a su Frente y partió llorando. Estaba muy contenta en esa compañía, y algo le decía que en el Nariño las cosas no iban a ir bien.

Y no lo fueron. No porque hubiera sido el Frente Antonio Nariño, sino porque si somos sinceros, las cosas ya no iban tan bien para las FARC como antaño. La táctica enemiga del bombardeo aéreo comenzaba a producir devastadores efectos en nuestra fuerza. Uno a uno caían importantes mandos y las unidades bombardeadas y asaltadas sumaban una cuenta incesante. La guerra adquiría visos nunca vividos por nosotros. 

Pienso que fue ese viraje, que llegaría a cobrarnos la vida de cuadros como el propio Mono y luego el mismo Alfonso Cano, eventos nunca imaginados por nosotros, el que se tragó a Mariana también una década atrás, cuando la brutalidad del imperialismo y la oligarquía colombiana se expresó en todo su furor, llegando incluso a sorprendernos. La confrontación ascendió entonces a niveles que no calculamos. Se requerirá mucho tiempo para remplazar hombres y mujeres así.

¿Quién va a devolvernos la risa y los ojos brillantes con los que Mariana nos animaba siempre a continuar? Nos queda el recuerdo de su inteligente rebeldía, de su agudeza argumental, de su firmeza ante el enemigo en toda circunstancia, de su ejemplar batallar como mujer, de su amor por el pueblo colombiano, por su madre, por su hija, por la causa comunista y de las FARC. ¡Cuánto hubiera brillado Nana en las conversaciones de paz de La Habana!

Es por eso también que esta paz tiene sabor amargo. Porque tenemos que luchar por la implementación de todo lo acordado, sin la compañía de seres como Mariana. Porque para llegar a un Acuerdo tuvimos que ofrendar vidas tan valiosas y hermosas como la suya. Porque la guerra que nos privó de ella, trata de ser continuada desde el poder por los violentos de siempre. Porque ahora nos hace más falta que nunca su talento de mujer rebelde.

Te extrañaremos siempre, Mariana. Aunque tengas tu lugar al lado de las grandes. Aunque seas un ejemplo a seguir por las jóvenes de nuestro país. Aunque tu estrella ilumine nuestro camino.

27 de febrero de 2019

 

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